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Samuel Gil Quintana

Libre de marca

Samuel Gil Quintana


Euforia

08/12/2020

En el fútbol, como en la vida, los que triunfan son a menudo los más osados. Ocurrió ayer en El Plantío, cuando un toledano de 21 años se atrevió a acariciar un balón en medio de una pandemia y eso que no lo conocía porque, con tan poco tiempo sobre el césped, no lo había podido tocar. 
En esos tres segundos largos en los que las rodillas de Javi Gómez se clavaron, heroicas, sobre la hierba, estábamos todos menos ellos: los que dijeron adiós a la temporada en noviembre, los de que no jugábamos a nada, los que afilaron el cuchillo de la pobre imagen porque no tenían otro cuchillo que afilar.
Hay quien dirá que la definición del 12 –que además de un dorsal es una condición aceptada con profesionalismo– no debe disfrazar lo más importante: que el Burgos tiene mucho margen de mejora, que aún no hemos hecho nada, que todo esto puede cambiar. Y es cierto. Pero es que eso ya lo sabíamos. Menuda novedad.
Burgos y Numancia ofrecieron un partido que, en vivo y en directo, no defraudó. Los dos tuvieron oportunidades claras. Al Numancia, incluso, le anularon un gol. Los blanquinegros se quedaron sin fuerzas y aguantaron el tipo. Entonces, Unai Elgezabal imaginó un pase imposible; eterno, medido y curvado hacia dentro para evitar la llegada de Lillo. Así es el fútbol. Tan mágico como que, en el descanso, alguien había alabado desde la tribuna las virtudes del central vasco para los desplazamientos en largo. Tan valioso como que cada segundo cuenta y no conviene hablar hasta que no se acaba el juego. 
Por eso me pregunto cómo sería la vida si los goles no pudieran marcarse en el último minuto. Sin esa sensación de euforia salvaje que explota siempre en el instante más bonito: cuando el tiempo se agota y la victoria ya no se puede escapar.