Los días raros

SAMUEL GIL QUINTANA
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OPINIÓN | "Sin su gente, la grada de El Plantío luce tan vanguardista como vetusta en los días raros. La última vez que la vi estaba desnuda. No le dije nada porque lo último que se ha de decir en una despedida es aquello que ya se sabe"

El Plantío sin su gente. - Foto: Valdivielso

Sin su gente, la grada de El Plantío luce tan vanguardista como vetusta en los días raros. La última vez que la vi estaba desnuda. No le dije nada porque lo último que se ha de decir en una despedida es aquello que ya se sabe. Pero me quedé con las ganas.

Ocurrió hace un par de meses. Vacío, el coliseo blanquinegro había vomitado todas sus puertas y el domingo era solo uno más que arrojar al baúl de los recuerdos. No sé por qué, aguanté en mi butaca. Fuera, el motor de los coches arrancados y algunos pasos frenéticos de vuelta a casa. Dentro, yo. En medio de una prórroga que no existía. Como un verano que se resiste a marcharse. Como Guido y Dora en La vida es bella justo antes de decirse adiós.

Contemplar un estadio sin público es mirar al espejo de su historia. De entre sus asientos salen sonidos e imágenes que pueden ser colocadas de nuevo entre sus muros gracias a nuestra memoria. Pero no alcanza. Y es que solo se puede vivir de los recuerdos mientras se tenga esperanza. Si nos la quitamos, si no respetamos, si seguimos comprando egoísmo y vendiendo hipocresía, no tendremos nada.

Ahora que parece que es así como va a quedarse, me duele recordar el estadio vacío. Por eso, decepcionado como parte de una sociedad empeñada en ignorar sus propios límites, prefiero regresar a aquel domingo de postpartido en silencio y retroceder unos minutos. A cuando la grada estaba vestida. Al estadio lleno. Al sentimiento de un deporte que sin sus aficionados no es el mismo. Recuerdo como antídoto para soportar los días raros. A veces, basta con imaginar tu lugar favorito en el mundo para comprender que, si no estás en él, nada tiene sentido.