La infinita Memoria de la melancolía

R. PÉREZ BARREDO
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La Editorial Renacimiento reedita el gran libro autobiográfico de la escritora burgalesa María Teresa León, una de las mejores obras literarias del exilio español

La burgalesa, entre Alberti y Luis Buñuel.

Nunca faltan flores en la tumba número 488 del cementerio de Majadahonda, en Madrid. Bajo el nombre de quien yace en esa sepultura hay esculpido un verso a modo de epitafio: Esta mañana, amor, tenemos veinte años. Estas palabras de Rafael Alberti no son las únicas que pueden leerse en la lápida: en una placa al pie de la misma existe esta otra inscripción, que se ha ido desgastando con el tiempo: Vivir no es tan importante como recordar. La frase es de quien allí está enterrada. De ella. De la cola del cometa. De María Teresa León, para quien la memoria siempre fue trascendental, hasta el punto de que su mejor libro es una oda al recuerdo, a la evocación de lo vivido y vuelto a pasar por el corazón: Memoria de la melancolía, cima de la literatura española del exilio que acaba de volver a reeditar con exquisito gusto la editorial Renacimiento. Quiso el malhadado destino que la gran escritora burgalesa terminara sus días sumida en el laberinto de la desmemoria, perdida en los oscuros corredores de sí misma por culpa del alzheimer. Así que este libro se antoja esencial: es un artefacto eterno con el que no dejará nunca de saldar cuentas con el olvido.

"Memoria de la melancolía es una autobiografía, pero no sólo eso. Para empezar, su escritura es un verdadero alarde literario, un ejemplo de prosa bella, sofisticada, envolvente y en algunos momentos hipnótica, que a menudo roza los límites de la poesía", escribe el escritor Benjamín Prado, que frecuentó mucho al matrimonio Alberti-León, el del prólogo de esta nueva edición. Abunda en la obra asegurando que "no es un ensayo, pero como testimonio histórico, también es una delicia que nos habla al oído y de primera mano del sueño de la República; la modernización sin precedentes de aquella España que puso la cultura en el centro de la acción de Gobierno; la conjura siniestra de los sublevados; la Guerra Civil, las actividades de la Alianza de Intelectuales Antifascistas o la evacuación de algunos de los cuadros míticos del Museo del Prado", subraya en alusión a que la intelectua burgalesa fue una de las encargadas de poner a salvo de los bombardeos faccioso obras de la pinacoteca madrileña.

Para Prado es, "además de muy bello, un libro muy profundo, tiene una capacidad de reflexión y un rango filosófico, que definen el nivel de pensamiento de su autora y su capacidad para el análisis de los acontecimientos históricos que le tocó vivir y quiso protagonizar; y en ese sentido ofrece una intensa meditación sobre asuntos como la ideología, la violencia, la capacidad reparadora de las palabras o el drama del exilio, que representa con unos trazos magistrales: toda la nostalgia de los distantes, la tristeza de la separación, la pérdida de las raíces o el peso insufrible de los recuerdos de quien ha sido expulsado de su paraíso en la tierra, están en esta especie de tratado de la pérdida".

María Teresa León, hacia 1928.María Teresa León, hacia 1928.

En Memoria de la melancolía María Teresa León volcó su corazón y su alma: por sus páginas desfila el Burgos de su niñez y primera juventud; los pensamientos y reflexiones de una muchacha culta, audaz, inteligente y bella a la casan a los 17 años; la escritora que pugna por hacerse un hueco en un mundo de hombres y que publica sus primeros escritos en Diario de Burgos bajo el seudónimo de Isabel Inghirami antes de que el sello Santiago Rodríguez publicara su primer libro, Cuentos para soñar; la mujer que, contra toda corriente, roto su matrimonio, se lanza a vivir y a protagonizar junto a Rafael Alberti algunos de los episodios nucleares de la historia de España: con el autor de Marinero en tierra vivirá no sólo una historia de amor, ya que ambos consagraron su unión con la pasión por la literatura a través de un compromiso político que les acabaría expulsando a un interminable exilio: Argentina primero y, finalmente, Roma. Me duelen las sienes. Ante mis ojos, los techos de Roma. No sé si debo tenderme en estas tierras. Debe ser incómodo que nuestros pobres huesos sientan tantas civilizaciones, pinchándoles. Prefiero que me dejen tenderme en la pobreza de Castilla, sobre el poco humus de aquellos campos oscuros donde apenas nace el trigo, escribió León.

Memoria de la melancolía se editó por primera vez en 1970 en la editorial Losada y hoy es considerado, con toda justicia, uno de los mejores libros de memorias del exilio español. Sentada en esta tierra de nadie que es el destierro, veo a veces alrededor mío un charco de sangre. No puedo incorporar de nuevo a mis venas la que voy perdiendo. Ya la imaginación no trabaja bastante y la memoria olvida. El 27 de abril de 1977 la pareja regresó, por fin, a España. Su sueño, anhelado durante cuatro décadas, llegó tarde para ella, que ya había empezado a estar aquejada por la terrible enfermedad de Alzhemier. Puede que esté inventando, o que pinte sin saberlo y con ansia un muro, como hacen los niños de las calles de Roma donde dejan manos sueltas o bocas o caras espantadas o mensajes de amor entre estrellas. Su luminosa memoria andaba ya entre nieblas. Estoy cansada de no saber dónde morirme. Ésa es la mayor tristeza del emigrado (...) Estoy cansada de hilarme hacia la muerte. Y sin embargo, ¿tenemos derecho a morir sin concluir la historia que empezamos? ¿Cuántas veces hemos repetido las mismas palabras, aceptando la esperanza, llamándola, suplicándola para que no nos abandonase? Así, el día del regreso no pudo ser consciente de aquellas palabras que había escrito con tanta melancolía como esperanza: Un día se asombrarán de que lleguemos, de que regresemos con las ideas altas como palmas para el domingo de los ramos alegres. Nosotros, los del paraíso perdido.

 

Recién llegada a Madrid tras cuatro décadas de exilio (1977). Recién llegada a Madrid tras cuatro décadas de exilio (1977).