El papel protagonista de los eternos secundarios

ALMUDENA SANZ
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La etiqueta 'Sin técnicos no hay cultura' enciende el foco sobre los profesionales que trabajan entre cajas, pero ni José Antonio Pereda 'Bixvy' ni Jairo Fuentes ven necesarias más reivindicaciones que las propias del sector de las artes escénicas

José Antonio Pereda 'Bixvy' y Jairo Fuentes. - Foto: Luis López Araico

Sin técnicos no hay cultura. Artistas, grupos musicales, compañías de teatro y de danza y otros agentes se han pegado esta etiqueta para encender los focos sobre la importancia de los profesionales que trabajan entre cajas para que un espectáculo salga redondo. ¿Es necesario llamar la atención sobre estos creadores más allá de las reivindicaciones del sector de las artes escénicas? José Antonio Pereda Bixvy y Jairo Fuentes coinciden en que no. Ambos técnicos se consideran parte de este amplio colectivo y se colocan detrás de la pancarta a la misma altura que el resto de oficios.

Y no. Durante esta crisis, no se han sentido ni mejor ni peor tratados que quienes dan la cara ante los espectadores. Insisten: son uno más. 

«Yo no salgo en escena, pero estoy ahí y me considero tratado igual que cualquier miembro de las artes escénicas. Soy una parte más del espectáculo. No me veo como un grupo aparte de los actores, figurinistas de vestuario, escenógrafos... Somos una mesa con veinte patas. Nosotros somos una más y no la veo como un ente autónomo con una reivindicación específica. Somos parte de un todo», detalla Bixvy, con 30 años en un ámbito que ha visto cambiar y evolucionar al ritmo de los avances en tecnología y en el que, sobre todo, se dedica a la iluminación, aunque también hace sonido, maquinaria e incluso toca algo de escenografía, sobre todo con compañías locales. 

Algo más de diez años lleva Jairo Fuentes en este mundo y su percepción es calcada a la de su colega. Él también se siente parte de un todo. «Sin técnicos no hay cultura, sin actores no hay cultura... Somos una parte importante del teatro. Sin nosotros se quedaría en nada. Todos sumamos. No puede haber lo uno sin lo otro. Ni un actor ni un director puede ser más importante que un escenógrafo o un iluminador. Los técnicos vivimos a la sombra, pero sabemos que cuando una obra brilla y la gente disfruta con ella te va a llegar ese reconocimiento», enfatiza este técnico que empezó en 2007 a construir escenografías para Cal y Canto y ahora suma a esta las labores de sonido, iluminación o regiduría.

Autónomo desde hace cuatro años, trabaja para grupos locales y para empresas como Producciones Salas y Mimar. «Yo creo que la gente cada vez más va al teatro sabiendo que las cosas no funcionan por arte de magia. Es consciente de que no das un botón y todo sale. Conoce de nuestra existencia», añade. 

Ahí difiere su compañero. Bixvy sí cree que su oficio es invisible, que el público general no ve más allá de lo que aparece sobre las tablas. 

«Mucha gente no se plantea lo que hay detrás del escenario. Está en bambalinas y como no se ve, parece que no es, a no ser que seas una persona de este mundo y sepas lo que conlleva un espectáculo, pero en general la gente no se hace a la idea de que hay técnicos y sí está bien verse apoyado», se explaya el veterano al tiempo que, para subrayar esta percepción, observa que la televisión solo da noticias sobre ellos cuando tienen problemas laborales como el plante de los montadores de instalaciones en el último Primavera Sound o un accidente por falta de medidas de seguridad en la Expo de Zaragoza. 

«El resto del tiempo estamos ahí, pero no afloramos como los actores. Somos desconocidos y, por eso, estamos olvidadillos», concluye.

Bixvy, además, juega con la baza de haber sido cocinero antes que fraile. Hizo sus pinitos en la interpretación y compaginó su presencia en el escenario y entre cajas durante muchos años, desde que empezó en la Escuela Municipal de Teatro a finales de los ochenta (forma parte de la primera promoción) hasta los años 2000-2002. «Dejé la parte actoral porque no daba tanto dinero como la técnica y en los grupos había distintos intereses, unos querían ser profesionales y otros, no y la cosa se diluyó». 

Los dos son autónomos y cobran la ayuda del Gobierno por cese de actividad. En ese sentido, nada que objetar. Tampoco hablan con dramatismos sobre la situación que atraviesa la cultura a causa de la covid-19, pero no ocultan su preocupación por su incierto futuro. Hace tiempo que están resignados a que tardarán en volver a pisar un teatro. Son conscientes desde que vieron caer bolos de su agenda sin poder frenar el golpe. 

Bixvy hizo sus tres últimas funciones con Bambalúa Teatro en una campaña escolar en Torrevieja la misma semana del decreto del estado de alarma. «Aunque ya desde principios de marzo veías que era una nube negra que se iba acercando», ilustra. En la localidad alicantina ya le empezaron a llegar mensajes de una suspensión, y otra, y otra... Ha visto como se esfumaban un marzo y un abril «muy buenos». Desde entonces, solo le queda esperar: «Estoy parado al cien por cien. Qué te voy a decir. No puedo ser más claro».

En vísperas de un estreno, Amigo Félix, de Atópico Teatro, le pilló a Fuentes el decreto. Lo veían venir, pero cada día superado era una pequeña victoria. Al final perdieron. Dijo adiós a ese bolo y a los que le esperaban en marzo, abril y mayo, todos cancelados o aplazados sine die. «Tenía ocupados hasta julio todos los fines de semana y alguna semana completa». Cruza los dedos para que aguanten las funciones de julio y agosto. 

Sí, quiere volver a trabajar cuanto antes, pero no a cualquier precio. Prefiere la prudencia, a lamentarse después. «Para volver tiene que haber total seguridad para que la gente se atreva a meterse a un teatro o a una carpa y que la cultura siga funcionando. Yo no quiero vivir de las ayudas, pero es necesario ser responsable en todos los aspectos. Lo tiene que ser el público y los gobernantes. Hay que ser muy exigentes», zanja y confiesa que le inquietan los posibles rebrotes si se abren los espacios culturales antes de tiempo.

Ni uno ni otro es optimista sobre una temprana vuelta a una normalidad aceptable en los teatros. 

Bixvy calcula que pasarán dos años hasta que se repita la imagen anterior al 14 de marzo. E incluso firmaría por ello. «Tenemos que hablar de una normalidad sanitaria y otra económica, y ver un montaje de interior como antes lo veo difícil hasta que no saquen la vacuna y el virus esté controlado al cien por cien», señala para, acto seguido, dirigir su mirada a los bolsillos de los ciudadanos. «Los picapedreros de la cultura y las artes sufren los recortes económicos de la gente. Esta no se gasta el dinero en ir al teatro si lo necesita para comer. Hay que tenerlo en cuenta», reflexiona al tiempo que deja claro que los teatreros están acostumbrados a un modo de vida en el que la incertidumbre es fiel compañera. 
No fía tan lejos Fuentes, pero insiste en que dependerá de la responsabilidad de las administraciones y los demás programadores en la implantación de medidas de seguridad: «Llevamos tres meses viendo series y Netflix y necesitamos algo más real. La gente tiene ganas de volver al teatro, pero sí no se siente protegida y va a entrar con miedo no va a ser posible», sostiene y admite que ve más negro el panorama a partir de 2021 cuando haya que elaborar nuevos presupuestos -«volverán a tirar de la cultura, el sector más débil, como ha ocurrido en anteriores crisis»- que en lo que resta de año, «que tendrán que gastarse las partidas ya aprobadas para este ejercicio». 

Otra vez la incertidumbre. Ninguno tiene una bola de cristal que los muestre qué ocurrirá. Ambos confían en que el teatro de calle resurja antes por la mayor facilidad para mantener la distancia de seguridad, pero auguran que el telón permanecerá bajado más tiempo en las salas. Lo que está claro, deja caer Bixvy, es que en algún momento alguien debe dar el primer paso. Esperan que no sea en falso.