scorecardresearch

Atalaya de leyenda e inexpugnable caliza

J.Á.G.
-

HEMEROTECA| Los senderos de la peña Amaya y su rocosa lora atesoran mucha historia y prometen también aventura, disfrutar de la naturaleza y de magníficas vistas.

Peña Amaya, Atalaya de leyenda e inexpugnable caliza. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Agua pasada no mueve molino en una provincia como la burgalesa inserta en esa España vaciada, pero sí invita a disfrutar de su rico patrimonio cultural y natural, que seguirá ahí para cuando acaben pandemias y confinamientos. No se pierdan este viaje a esta icónica lora por que el aire puro -incluso el cierzo que sopla a menudo en sus alturas- es medicina también de la buena para el espíritu y la relajación. En Amaya, como en otros pueblos de esta comarca rayana con Palencia y Cantabria, no se pierde la esperanza en que, cuando menos, su glorioso pasado y su enorme atractivo paisajístico sume y ayude a fijar el medio centenar de habitantes censados, que aún dan calor humano a un caserío en el que, por desgracia, hay cada vez más puertas cerradas y ventanas entornadas.

Los fines de semana y las vacaciones son otra cosa y el silencio del crudo invierno se rompe temporalmente. Sus calles y plazas -la de la iglesia presume de fuente de Salaguti-, toman vida y dinamismo con la presencia también de senderistas y cicloturistas en busca de esa atractiva aventura que es, sin duda, ascender a pie a la peña Amaya, una muela cargada de belleza y de historia, una suerte de titanic calizo que parece navegar con rumbo firme sobre los verdes y aún romos trigales.

Es esa sensación del viaje al pasado la que anima también a encaramarse a esta enorme y escarpada lora -de 1.371 metros de altura, nada menos- que cose geológicamente Cantabria a Castilla y que es atalaya desde la que disfrutar de unas magníficas vistas y bellas panorámicas. La estratégica situación geográfica y su inaccesibilidad de sus escarpado farallones facilitaron los asentamientos prehistóricos desde la misma Edad del Hierro. El castro de Ulaña y otros yacimientos son prueba de ello. Amaya fue capital 'madre' de los belicosos cántabros. Los riscos y cortados han sido testigos mudos de mil y una batallas, razias y matanzas con los romanos, visigodos, árabes y cristianos, quienes, tras la Reconquista, asentaron sus reales, convirtiendo la antigua ciudad en capital primero de ducado y después de condado. Nucleó también primigenios impulsos del incipiente reino de Castilla e incluso fue efímera sede episcopal. "Harta era Castilla, menguado mojón/ Amaya era corte e Hitero mojón", cuenta Teófilo López Mata en su Geografía del Condado de Castilla. También ha inspirado varias novelas históricas como Peña Amaya, en la que Pedro Santamaría relata el asalto de Amaya por los godos en el 574. Hijos de un rey godo, de María Gudín, es otra de las obras.

Historias y leyendas a parte, la peña Amaya es también milagrera. Cuenta que llevaron a presencia de san Millán de la Cogolla a una mujer de tierras de Amaya, baldada y muy afligida por la parálisis y la oración del santo le restituyó la salud. Un noble se rió y san Millán, molesto, avisó de que Amaya sería invadida y destruida por los musulmanes y así fue. Otra historia, en este caso pura crónica negra, se remonta a 1957 y vincula estos parajes con Elicio Rojo, que después de sus triple asesinato en Villamayor de Treviño se escondió de la Guardia Civil entre estos cantiles antes de ahorcase, junto al camino que va de Amaya a Villamartín, un despoblado cercano que tiene además su propia ruta para andarines. En la película Teo, el pelirrojo el cineasta melgarense Paco Lucio cuenta el trágico suceso y plasma esta lora.

Paseo de altura. Para el viaje a esta enorme y emblemática peña Amaya y su entorno nunca está de más empaparse de su historia, pero también proveerse de una guía y planos detallados así como una buena mochila, ropa de abrigo, agua y algún refrigerio, porque en el pueblo no hay bar donde reponer fuerzas. Nicolás Gallego, geólogo y miembro de Argeol, asociación que ha impulsado la creación del geoparque de las Loras, conoce al dedillo -también José Luis, un pastor que desde hace cinco años conduce un rebaño de churras por estas laderas- este sinclinal cretácico conformado hace millones de años a base de arenas silíceas, margas y bandas intercaladas de dura caliza. Casi todos los caminos conducen a Peña Amaya, incluso desde la vecina Villamartín, pero la ruta más habitual y segura para no perderse es la que marca el sendero de pequeño recorrido PCR-BU-200, que diseña un atractivo periplo circular de unos 12 kilómetros y una duración de poco más de tres horas, aunque este tiempo se antoja insuficiente. Bien se puede echar, como apunta Gallego, toda una mañana para disfrutar de las magníficas vistas que aguardan a lo largo de ascenso y en la planicie que corona la peña.

Pero para ello hay que recorrer primeros los kilómetros que separan la lora de la propia población de Amaya. Por el amplio camino de concentración que sale del pueblo se llega -también en coche- al aparcamiento dispuesto por la propia Junta de Castilla y León, que protege y vigila este espacio natural, que es también sitio arqueológico, por cierto, bastante saqueado. Desde este paraje y después de atravesar una pétrea trinchera ya se comienza a disfrutar de magníficas vistas al valle de Valdeamaya y de la cercana peña de Albacastro además de la llanada de Villadiego. La peña del Castillo -vestigios de la fortaleza roquera que la guardó y ahora da acceso a la escarpada planicie de la lora de Amaya-, se dibuja al fondo, amenazante y casi inexpugnable. El camino se bifurca y hay que tomar la senda de la derecha, que atraviesa los restos del antiguo castro. Hay que bordear por la falda la peña del Castillo en dirección a las Escoladeras para llegar al valle de la Hongarrera, donde se sitúa el acuífero utilizado a principios del siglo pasado para suministrar agua una minicentral eléctrica diseñada, según cuentan, por un ingeniero de Rioparaíso y que abasteció de luz en 1930 a Amaya, Peones y Puentes de Amaya. Fueron los tres primeros pueblos de la provincia burgalesa en disponer de energía eléctrica.

En las proximidades, una fuente con el mismo nombre anima a hacer un descanso para refrescarse y beber. Verano o primavera, las dos épocas más propicias para hacer esta ruta, aunque durante el otoño y el invierno tiene su aquel, especialmente para montañeros y belenistas de asociaciones de Villadiego, Melgar y Amaya que todos los años colocan el misterio navideño, llueva, nieve o haga sol.

Profundas panorámicas. A partir aquí, la ruta se complica algo por los cantiles para atacar en ladera y por canchales acceder ya a la plataforma de la peña Amaya siguiendo las marcas de pintura y los montoncitos de piedras. Una estrecha canal de piedra entre farallones deja expedito el acceso a la parte superior de esta muela de rala vegetación, dolinas y mucha piedra, la misma que utilizaron los esos trashumantes pastores para construir unos pequeños chozos o casetos para cobijarse de los frecuentes y fuertes vientos que azotan esta peña en los fríos otoños e inviernos. De momento hay hierba fresca en las faldas y José Luis, junto al que permanece vigilante Firme -uno de sus perros pastores-, no tiene pensado ascender más arriba con sus ovejas. Cada día tiene que sacar a pastar a su rebaño. Su única distracción mientras los animales están 'careados' en las faldas de la pena Amaya y de la del Castillo es la radio a través de la que sigue la actualidad. Ocasionalmente, no ahora que hay orden de confinamiento, hace de informador y guía para excursionistas 'despistados' o que no acaban de interpretar los mapas. Un enorme cartel expositor que anuncia la ruta sirve de 'brújula'. Las cueva de los Muertos y la del Castillo, arriba en la muela, están también referenciadas en la cartografía pero poco hay que ver, más allá de algunas trazas.

El esfuerzo merece la pena, sin duda, por las asombrosas vistas de los verdes trigales y los pardos barbechos de comarca de Villadiego. De proa a popa poco a poco se alcanza el vértice geodésico donde se sitúa la cumbre de la Peña Amaya y el 'buzón' colocado de la Asociación de Montañeros Mirandeses. Desde aquí las vistas también son espectaculares, divisándose el valle de Humada, las peñas 'hermanas' de Ulaña y Albacastro. Sobresalen en la lontananza la forma piramidal del Espigüete o el magnífico Curavacas, ya en Palencia.

Los riscos y cortados han sido testigos mudos de mil y una batallas, razias y matanzas

*Este reportaje se publicó en el suplemento Maneras de Vivir del 28 de marzo de 2020.