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Editorial

Europa amenazada

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La crisis de los emigrantes en la frontera entre Bielorrusia y Polonia es el último episodio de acoso al proyecto europeo que sufre las embestidas de una guerra híbrida que se desarrolla en varios frentes: injerencias rusas en diversos procesos electorales, apoyo a movimientos desestabilizadores como el proceso independentista catalán o patrocinio de formaciones extremistas a lo largo y ancho del continente.

Esta agenda agresiva supone una amenaza para Europa y la pone en peligro, como señaló ayer el alto representante de Política Exterior de la UE, el español Josep Borrell. La pregunta que cabe hacerse es por qué es tan fácil -y barato- confrontar con los 27. Las respuestas son complejas pero todos los ataques aprovechan sus propias contradicciones internas y su debilidad permanente como actor en el tablero geopolítico mundial.

La acción política de la Unión Europea viene lastrada por los egoísmos nacionales, las necesidades económicas, el auge de los populismos y la ausencia de una planificación estratégica. En el ámbito exterior, las instituciones se muestran incapaces de hacer valer la fortaleza de un proyecto creíble. El mayor donante mundial de fondos para el desarrollo, políticamente es una hormiga. Baste recordar la humillación, sin consecuencias, de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, por parte del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, el pasado mes de abril.

Estas amenazas no sólo buscan dificultar la consolidación de Europa como un actor poderoso en las relaciones internacionales, sino también impedir que su modelo de bienestar, con sus deficiencias, flaquezas y debilidades, sea un espejo para sociedades que hoy están en manos de sátrapas, populistas y dictadores. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, no ha podido ser más claro: «el problema migratorio bielorruso -dice - es culpa de la UE porque durante años ha hecho propaganda de su estilo de vida», creando las condiciones «para que esta crisis estallara». 

La falta de ambición y rumbo del proyecto europeo aviva estas estrategias de desestabilización. Los valores asentados en el Viejo Continente después de la II Guerra Mundial no pueden ser una debilidad sino una fortaleza. Es preciso exigirlos de puertas para dentro y hacerlo valer fuera de sus fronteras. La Unión no puede ser únicamente un conglomerado de intereses a la carta o una eterna adolescente incapaz de asumir obligaciones. Reforzarse internamente es imprescindible para ser fuertes en el exterior, donde es preciso una mayor coordinación de los esfuerzos nacionales, solidaridad sin egoísmos y contundencia más allá de la retórica ante cualquier ataque. Europa tiene que ser creíble para ser poderosa. Hoy vuelve a estar amenazada y debe defenderse con inteligencia y medios.