"El Espolón se está convirtiendo en una terraza continua"

R.P.B.
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Blowin'in the wind Conversaciones sobre Burgos (XXVI)Fernando Rivas, librero y exmarino mercante

Fernando Rivas, frente al escaparate de su librería. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

La fotografía que domina esta página sirve perfectamente para introducir al personaje, cuya vida tiene pasajes tan novelescos como algunos de los libros que se exhiben en el escaparate; capítulos emparentados más concretamente con una de las grandes obras de la literatura universal, nada menos. Así que imaginemos, tal cual parece en la foto, que existen dos Fernando Rivas: uno, el librero que contempla su negocio desde esta orilla del Espolón; otro, el que se refleja en el cristal y que se diría que nos mira desde dentro, como un espectro salido de El corazón de las tinieblas: no en vano hubo un Fernando Rivas marino mercante que, como el protagonista de la novela de Joseph Conrad, navegó por las entrañas de África con idéntica fascinación, con el mismo ahínco con el que lo hizo Marlow en busca del misterioso Kurtz.


Pero quizás haya que empezar por el principio. Y éste sitúa a Fernando Rivas en este mismo emplazamiento, en este mismo recodo del ilustrado paseo, porque el local que hoy regenta este burgalés nacido en 1956 ha pertenecido a su familia desde 1875 y se recuerda pasando muchas horas en él, a su regreso de las clases en las Damas Negras primero y en Jesuitas después. "El Espolón fue mi escenario de ocio y de juegos. Y en la tienda pasaba muchas horas", evoca. Ese establecimiento del que habla tenía entonces el sugerente nombre de ‘Almacén de Música’ y constituía para el pequeño Fernando un oasis repleto de abigarradas maravillas. "Pasaba mucho tiempo allí y a mí me gustaba, tenía mucho sabor. Era más pequeña que ahora, pero tenía sección de fotografía, instrumentos musicales, acordeón, bandurrias, laúdes y guitarras, que era lo que se vendía entonces; también había de viento, pero lo que se vendía era eso. Recuerdo perfectamente la imagen de las guitarras colgadas como jamones. También había una sección de discos, que tenía puntos de escucha que atendía un empleado".


Puesto en marcha por su bisabuela en el último cuarto del siglo XIX, fue sin embargo su abuela, Amanda Hidalgo, la que lo asentó. Un personaje, dice su nieto, fascinante, adelantado a su tiempo. "Fue la primera mujer en tener carné de conducir en Burgos. Y llegó a conducir un Austin descapotable (da fe de ello mostrando una fotografía en sepia en la que se ve a una señora elegante, tocada con un sombrero a la moda de la época, al volante de uno de aquellos elegantes automóviles británicos).
Fue, además, una empresaria audaz, que supo ver en la ciudad-jardín de La Castellana una oportunidad y adquirió varios chalets. Durante una época, el establecimiento a su cargo vendió instrumentos y antigüedades, hasta que Amanda Hidalgo decidió sustituir las últimas por artículos deportivos, cambiando con ello el nombre del negocio, conocido desde entonces como ‘Música y Deportes’. Desde entonces y hasta hoy; por más que se haya querido llamar de otra manera, en Burgos sigue conociéndose así, aunque ya no se vendan artículos deportivos. Fernando Rivas recuerda las colas que se formaban cuando comenzaba el curso escolar y media ciudad acudía allí a comprar los chándales para la chavalería. Eran los años 60. De su época escolar recuerda a compañeros como Álex Grijelmo o Juan Vicente Herrera, y con especial cariño a su profesor de Física, Martínez Adúriz, "un jesuita encantador".


Resulta curioso, pero en la casa de este librero no había libros, salvo los que, años después, quedaron como restos del naufragio de la antigüedades. Sin embargo, un día cayó en sus manos la colección de RTV espantosamente editada por Salvat. Y aquello, de alguna forma, le cambió la vida. "La lectura me atrajo siempre. Sobre todo después de leer a los autores del boom latinoamericano: García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Alejo Carpentier, Lezama Lima...". Así que Fernando Rivas, que sólo viajaba del centro de la ciudad a la Deportiva Militar (su padre era médico militar), comenzó a viajar en su imaginación, de Macondo a La Habana, de Buenos Aires a Lima. Sin saber que, algún día, cruzaría el Atlántico con la cotidianidad con que atravesaba de niño el Espolón.
Tras concluir el Bachillerato se fue a estudiar a Madrid. Medicina, nada menos. "Me dio por ahí, aunque tampoco es que me entusiasmase". Así que al tercer año entró en crisis. Lejos de disgustarse, su progenitor fue comprensivo. "Mi padre, que había sido un portento (estudió Medicina y Química) y era un hombre encantador, lo comprendió. Mi madre algo menos". Y Fernando Rivas se tomó un año sabático. Su destino fue París. Quería perfeccionar el francés que había estudiado. "En ese tiempo se murieron dos Papas, Pablo VI y Juan Pablo I, lo recordaré siempre. Fue en el año 1978". Disfrutó en la Ciudad de la Luz. Se pasaba las horas muertas en el Centro Pompidou, que estaba recién inaugurado. "Era un espacio cultural maravilloso. Me pasaba las horas allí, en la biblioteca o deambulando por el edificio. Aunque yo llegué procedente de Madrid, que no estaba mal, París era una ciudad muy atractiva".


Dio por concluido el año sabático y volvió a Madrid a buscar trabajo. El primero que tuvo fue en una pequeña librería ubicada en la calle Princesa propiedad de un arquitecto amigo de mi familia. "Me gustó la experiencia, porque además podía leer". Pero también se cansó de aquello y  un día se presentó, a instancias de su padre, en el despacho de un tío que trabajaba en la secretaría de la marina mercante. El tío Peri le buscó rápido una ocupación. "Y me dijo: ‘si quieres conocer mundo, embárcate’". Y Fernando Rivas se embarcó. "Fui marino mercante durante tres años, uno de Burgos", cuenta entre risas. "Como entré ‘enchufado’ trabajé en la mejor naviera nacional, que entonces era la Compañía Trasatlántica Española. Y vaya si conocí mundo. Con la primera compañía, que había heredado las rutas de los barcos correo, navegaba desde España, Italia o Portugal hasta Estados Unidos, México y Centroamérica -Nicaragua, Honduras, El Salvador, Costa Rica, Guatemala, Panamá- en buques con mercancías. Fueron buenos años", evoca. 
No ha olvidado momentos mágicos, como unas heladoras Navidades en Baltimore o cuando atracaron en el puerto de Managua, en plena revolución sandinista, donde les recibió "el Che Guevara. Vamos, muchos guerrilleros con la misma estética del Che, armados hasta los dientes", o cuando atravesó el canal de Panamá, "que es una experiencia única; es acojonante". El regreso a España lo hacían cargados con balas de algodón, café y cubas de ron, "que iba en la cubierta, y para movernos teníamos que ir sobre ellas". Pirata del Caribe, Fernando. Dice que casi veinte días de travesía por el Atlántico dan para pensar y leer mucho. Y para dejarse la paga jugando a las cartas, ya fuera al póker o al hijoputa. "Es poco más se podía hacer, ya me contarás". De una novia en cada puerto no dice nada. Una tumba al respecto.


Al cabo, cambió de naviera. Y de rutas. La siguiente experiencia fue aún mejor: África, los países del golfo de Guinea. Ahí es donde se sintió como Marlow en El corazón de las tinieblas. Y como Tintín. "Fue impresionante. África es fascinante". Permanece grabada en su memoria una imagen de Liberia (que había sido colonia de Estados Unidos). "Había claramente dos tipos de negros, los nativos y los que habían llegado procedentes de Estados Unidos, ya mezclados. La diferencia era enorme". 
fin de trayecto. Fueron tres años como marino mercante, pero Fernando seguía siendo marinero en tierra. Así que echó el ancla. "Decidí volver a España, hice unos cursos de fotografía e incluso trabajé como fotógrafo". En la BBC, esto es, bodas, bautizos y comuniones. En Santander, donde conoció a su mujer, vivió unos años, hasta que un día su madre le reclamó. Y regresó a Burgos en 1987. "Trabajé con mi madre y con mi hermano en la tienda hasta 1996, año en el que ella murió". Entonces los hermanos pusieron la tienda en liquidación. E hicieron una reforma en el local. "El Espolón es un paseo. Y siempre tuve claro que un comercio normal no tiene un buen encaje. Ya lo estamos viendo. Se está convirtiendo, y se va a convertir seguro con más locales de hostelería, en una terraza continua. Por eso mi hermano y yo decidimos cerrar el negocio anterior y hacer algo para poder vender los sábados y los domingos. ¿Y qué se vende esos días? Prensa. Y libros. En estos años me he dado cuenta de que es la clientela la que te hace el negocio, la que te va pidiendo una serie de cosas. Yo a los clientes les he ayudado trayéndoles libros y ellos me han ayudado a montar la librería". 


paraíso libresco. Fernando Rivas, además de lector, tenía experiencia como librero y devoción por el libro como objeto, así que todo fue más o menos rodado. "La gente fue pidiendo cada vez más libros... Y aquí estamos". Y es feliz. Y disfruta con lo que hace, rodeado de empleados de los que habla maravillas. "Para mí es importante que sepan de lo que hablan, que tengan conocimiento de lo que venden; que puedan ayudar al cliente a encontrar lo que busca. Esta es una librería de autor, pero también es una librería de cliente. Me siento librero, aunque creo que podría vender otra cosa. Pero me gustan vender libros porque creo que la lectura ayuda a la gente".


La crisis, admite, ha sido muy dura. "Al libro llegó más tarde, pero llegó. Hemos pasado unos años malos. Lo bueno es que el papel ha sobrevivido: lo sé porque se vende más y porque te lo cuenta la propia clientela. Hay una cosa clara: la gente que lee, y que lee en papel, es fiel, es leal. Y gracias a Dios la gente cada vez vive más. Yo tengo clientes de 90 años que son lectores voraces. Y a la gente joven la enganchas por los cómics".
Fernando Rivas se asoma al privilegiado escaparate que es el Espolón y piensa que Burgos es una ciudad maravillosa para vivir, una ciudad "a la que sólo le falta el mar. O un río caudaloso, algo así como el Sena". ¿Añoranza de su época de marino? ¿Sentimiento de marinero en tierra? "Tiene el tamaño adecuado, se puede recorrer en bicicleta, pasear...". Lo dice alguien que ha recorrido medio mundo, a través de libros y los océanos. Alguien que ha encontrado su lugar en el mundo entre novelas, asomado a un Espolón que parece soñado al otro lado del cristal. Como si afuera estuviera rugiendo el mar.