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«Los ingenieros paramos la autovía de ronda»

G. ARCE
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Javier Cobo Valeri es uno de esos hombres y esta es (parte de) su historia

Cobo Valeri posa en el que fue su despacho del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Burgos y Palencia junto a un retrato suyo, regalo de sus compañeros, que preside la estancia. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado lunes 5 de abril. 

Guarda como oro en paño la primera medalla de honor de la Ingeniería Industrial en España, otorgada por sus compañeros a finales de 2019 en agradecimiento y reconocimiento a toda una vida dedicada a una profesión sin la cual sería imposible entender la trayectoria vital y profesional de Javier Cobo Valeri. Porque este barcelonés del 45 (del 15 de diciembre, más exactamente) y burgalés de toda la vida posee dos familias: la más importante y querida, la que formó con su mujer Maite, sus hijos Maite, Soledad e Íñigo y sus 6 nietos; y la no menos importante, la de sus colegas, amigos, colaboradores, confidentes y hermanos de la ingeniería industrial, un selecto club de creadores, investigadores, constructores de ingenios, técnicos, directivos de multinacionales, empresarios... 

Javier Cobo Valeri no tiene el oído para la música que hizo de su padre, José María Cobo Bolívar, un reputado concertista de piano en el Palau de la Música y el Liceo barcelonés, actividad que compaginó con su trabajo en el Cuerpo de Ingenieros Industriales de Hacienda e intendente mercantil. Tal mezcla de saberes fue cosa de la abuela, Pilar Bolívar Brito, cubana de nacimiento, que impuso a su hijo la carrera ingeniería primero para luego cursar la que realmente quería, la de piano. A sus otros once hijos les puso la misma condición -primero el deber y luego la devoción- y todos acabaron como ingenieros, arquitectos, químicos... 

El pianista abandonó una Barcelona en estado de guerra civil en plena calle, atravesó Francia y llegó hasta Burgos para cumplir con la patria como alférez provisional. «Jamás vi a mi padre alzar la voz a nadie, siempre razonaba...». Su mujer, Josefina Valeri Marqués, fue maestra y madre de sus seis hijos, uno de los cuales, el segundo, es nuestro protagonista.

Javier Cobo Valeri aprendió sus primeras letras en Barcelona y luego pasó su juventud en Logroño y Valencia, siguiendo los pasos profesionales del padre. Vuelve a la capital catalana en 1962 para estudiar en la Escuela Técnica Superior, donde cursó la ingeniería que marcaría su vida y que culminaría en el año 69. Nada más salir del aula crea su primera empresa, Goyco, Gómez y Cobo Instalaciones, que aún está activa en manos de su socio. «La fundé porque llevaba 5 años de novio con Maite, quería opositar y, por si acaso no salía el tema, ya tenía una oficina propia de proyectos».

Hubo suerte, en 1971 logra superar las oposiciones de Ingeniero Industrial de Hacienda, que le habilitan para hacer valoraciones de obras, licencias fiscales, tráfico de empresa e incluso las gestiones con la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, Campsa y Tabacalera, monopolios del Estado.

Deja la empresa en Barcelona y se va a su primer destino:Palencia. «A los 3 meses me asignaron también las provincias de Valladolid y Burgos». Tres años después debe elegir entre una de las tres provincias y opta por Burgos, la más cercana a La Rioja, la tierra de su mujer y donde vivió durante 13 años.

El 1 de septiembre de 1973 toma destino en Burgos y cuatro días después conoce a Alberto Arroyo, catedrático de Física, quien le propone dar clases de programación de obras en la Escuela de Aparejadores, actividad que le ocupará hasta el 78, un año clave en su vida con muchos acontecimientos. 

Antes, en 1976, encauza sus inquietudes hacia la profesión asumiendo el cargo de vicedecano del Colegio de Ingenieros de Burgos, que estaba unido entonces con Cantabria y Palencia (con la que aún sigue). «Me metí en este proyecto porque tenía más tiempo que mis compañeros ingenieros, que entonces eran unos 300 solo en Burgos. Yo era funcionario y entendí que tenía hacer algo por ellos y en representación de ellos. En mi vida no he encontrado una profesión en la que haya tanta gente que no es envidiosa y que no sabe mentir, para mí dos de los principales problemas que tenemos los españoles».

En el 78 funda junto con Álvaro Renedo el Club Liberal de Burgos, un foro de debate e ideas impulsado a nivel nacional por Joaquín Garrigues Walker, diputado y ministro de la UCD. Participaron activamente en este proyecto Valentín Niño, quien luego llegaría a la Alcaldía, el médico José Luis Santamaría y el abogado Pedro García Romera, entre otros amigos de Cobo Valeri. «Recogimos la inquietud política del momento, con el conglomerado de gentes de la UCD, la irrupción del Partido Comunista y del PSOE... Nos reuníamos en el hotel Fernán González y en el Condestable y cada uno decía lo que le parecía con total libertad. Era fabuloso, aunque yo fui de los pocos que no entró en política...». 

El 78 también viene marcado por la aprobación de la Ley de Incompatibilidades, lo que le obliga a dejar sus clases en Aparejadores y, de alguna manera, le abre un conflicto personal y profesional con algunos compañeros de la función pública que también ha marcado su vida.

Un año después se acerca a la UNED y allí recurre a su título de economista por la Universidad del País Vasco, de la Facultad de Económicas de Sarriko, para impartir clases de análisis contable, contabilidad financiera y consolidación de balances. 

Cobo Valeri ya era entonces inspector de finanzas del Estado e incluso llega a inspector jefe de Hacienda, desde 1985 hasta 1993.

La Quinta. Sus responsabilidades al frente del Colegio de Ingenieros Industriales le permitieron canalizar muchos esfuerzos de este colectivo profesional en favor del desarrollo de Burgos.

En ese singular año 78, recuerda con orgullo, recibe la llamada de su amigo Javier Ahedo, el que fuera delegado de Industria de Burgos, quien le avisa de que han encalado los troncos de más de 300 árboles de La Quinta. La cal señalaba el trayecto por el que debería haber discurrido la autovía de ronda a lo largo de buena parte del paseo verde, hasta su salida hacia la carretera de Madrid por el camping de Fuentes Blancas. El proyecto municipal buscaba descongestionar la ciudad del intenso tráfico que padecía en aquel entonces, especialmente durante las operaciones de salida y regreso de vacaciones. 

«Reunimos a todos los colegios profesionales -a los médicos, a los arquitectos e incluso a los filósofos, que también había entonces- y les explicamos sobre una pizarra lo que querían hacer con La Quinta: literalmente, nos quedábamos sin parque... Todos firmaron a los cinco minutos un manifiesto en contra y al día siguiente salió en Diario de Burgos la denuncia de la barbaridad que se quería hacer. El proyecto se paralizó».

Se siente también muy orgulloso de la restauración en los 90 de la capilla de San José en la Catedral, costeada por los ingenieros. 

ITCL. Como decano de Burgos, Cobo Valeri participaba en las reuniones del Consejo de Ingenieros Industriales y fue en uno de estos encuentros, allá por el año 88, donde conoció el proyecto del Instituto Catalán de Ingeniería, que quebró y hoy ya no existe. «Expliqué aquel proyecto a mis compañeros de Burgos (José María Ruiz Santos, Juan Antonio Quintana, Ángel Zamarriego, Claudio Pérez y Fernando de Santiago) y les sugerí hacer aquí nuestro instituto tecnológico, antes de que copiasen la idea en Valladolid...», ironiza.

En 1989 se funda el Instituto Tecnológico de Castilla y León, el ITCL,  que en la celebración del 30 aniversario en 2019 recibió la visita y todos los parabienes del presidente Pedro Sánchez. «Hoy tiene más de 70 trabajadores en plantilla y yo sigo siendo su presidente, aunque nunca he cobrado un céntimo por esta responsabilidad. El Instituto Catalán quebró justo por lo contrario, todos cobraban...».

La idea cuaja y en 1992 recibe la llamada de los arquitectos y aparejadores invitando a los ingenieros industriales a participar en la constitución del Instituto de la Construcción de Castilla y León, del que ha sido interventor y miembro de la junta directiva hasta hace 2 años.

En el 88 también constituye con su compañero Enrique Lacave el Colegio Oficial de Economistas de Burgos y poco después, con la aprobación de la Ley de Auditoría,  impulsa con su amigo el catedrático Luis Castrillo un curso de auditoría que ha permitido que hoy haya 30 auditores en activo. Con el dinero obtenido con aquel curso se compró la primera sede del Colegio de Economistas, ubicada en la calle Vitoria, frente a la antigua sede del Banco de España.

En 1995 le llama otro amigo, José María Yartu, uno de los impulsores de Campofrío y presidente de la Cámara de Comercio, quien le plantea la creación de un centro de pequeñas empresas en los antiguos edificios de la MAU en Villafría. «Presidí el CEEI los ocho primeros años y tuve que luchar mucho en los tiempos de Tomás Villanueva [consejero de Economía de la Junta] para que nos diesen las mismas ayudas públicas que a Valladolid y a León, máxime cuando la fundación de estos CEEI fue posterior».

«Dejé la presidencia porque no me gusta pedir y depender continuamente de la caridad pública. Las instituciones tienen que funcionar por sí mismas y no ser un saco sin fondo...», reflexiona.    

También participó en el Plan Estratégico de Burgos en sus arranques, con Ángel Olivares como presidente, y en el Consejo Económico de Castilla y León.    

Expediente. Recuerda con pesar cuando dejó de ser funcionario de Hacienda, una salida traumática de la que aprendió amargas lecciones. Fue en el año 96, tras la apertura de un expediente disciplinario motivado, explica, por ser presidente del ITCL y decano del Colegio de Ingenieros. Finalmente se resolvió a su favor. «Mis jefes me decían que cómo tenía tiempo para hacer tantas cosas y yo les contestaba que cómo iba mi trabajo, que si no estaba a la cabeza de Castilla y León... ¿Qué más daba lo que yo hacía por la tarde...?». 

El expediente, recuerda, obligó a revisar las cuentas del ITCL y del Colegio, que confirmaron que no había pagos extra al funcionario. «Gané, me pagaron el tiempo que estuve expedientado, pero no quise regresar a Hacienda con quienes que me trataron así. Me fui a la calle...».

El mal trago no le impidió seguir al frente del Colegio e incluso llegar a la presidencia del Consejo de la Ingenieros Industriales de España, de 2004 hasta 2012. Fueron 8 años de mandato que estuvieron marcados por la liberalización de los colegios en 2010. «La recaudación por la firma obligatoria de proyectos se desplomó a tan solo una quinta parte de lo que fue. Hicimos un plan de reestructuración y buscamos nuevos ingresos. El Colegio quedó saneado en 2019 y decidí que alguien tomase el relevo como decano tras más de 40 años».

Con la perspectiva del tiempo le duele la situación por la que atraviesa la profesión. «De tres escuelas universitarias hemos pasado a 48 y el título de ingeniero no se regala porque lo único que se consigue es mediocridad».

En todos estos años, rememora, ha conocido «a lo mejor de Burgos», grandes empresarios como los hermanos Antolín, Tomás Pascual, Antonio Méndez Pozo, José María Yartu, entre otros, «gente preocupada por su empresa y por  Burgos, gente extraordinaria bajo cuya sombra prosperan empresarios medianos muy buenos a los que tenemos que ayudar y atender».