Señor presidente

B.G.R.
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Señor presidente

Juan José Laborda es investido doctor honoris causa de la UBU. Nacido en Bilbao, el histórico dirigente del PSOE destaca por ser un «hombre de Estado». Disciplinado y dialogante, se considera un «periodista del pasado» que razona como historiador

Dejó de ser senador en 2008 pero cada vez que acude a la Cámara Alta quienes allí trabajan como funcionarios se dirigen a él como señor Presidente. Lo fue entre 1989 y 1996 pero el gesto denota el poso que deja por donde pisa. Las generaciones más jóvenes de su partido, el PSOE, y a las que hace tiempo dio el relevo, le siguen llamando para pedirle consejo, sabedores de estar ante un intelectual con «vocación política democrática» o un profesor que siempre ha hecho política de forma «didáctica y no dogmática», dicen quienes conocen bien a Juanjo Laborda. Tanto, como desde hace más de 4 décadas.
Esos mismos que definen al desde hoy doctor honoris causa por la Universidad de Burgos como «amigo de sus amigos», siempre a «disposición» de los socialistas burgaleses y al que el cargo (o mejor dicho los cargos) nunca le separó de la realidad. Disciplinado y abierto al diálogo, aunque sin dejar de expresar su opinión y de escuchar otras distintas a las suyas porque sigue convencido de que «en política nadie es poseedor de la verdad absoluta y todo el mundo aporta, salvo los extremos».

Si por algo le describen sus más allegados es por ser un «hombre de Estado». El primero al que muchos de su partido escucharon el concepto de «patriotismo constitucional» allá por el año 1998. Disciplinado, tenaz, correcto y sin estridencias, fruto de una capacidad intelectual que le lleva a analizar las cosas con «criterios objetivos». Lector empedernido, con autores de cabecera como Steiner y Tocqueville, pero también escritor, periodista y profesor de Historia.

Sus vocaciones se mezclan con sus aficiones, a las que añade su pasión por el mar (es capitán de barco) y también la de dibujar (hace caricaturas). Del terreno personal destacan su «vitalidad», demostrada más que de sobra después de que en 2004 un ictus le dejara una parte del cuerpo paralizada. Aprendió de nuevo a hablar y a caminar, sin ocultar el revés que la vida le había dado y «siendo un ejemplo de cómo superar la enfermedad», aseguran los más cercanos.

El sentido del humor siempre le acompaña. De hecho, dice que es «jovencísimo, un adolescente» después de «haber visto en vida lo que hubiera sido estando muerto». Lo dice porque lo primero que hizo tras el accidente cerebrovascular del 13 de octubre fue coger su agenda y comprobar cómo «iba aflojándose el número de citas» hasta que en el mes de enero habían desaparecido todos los compromisos.

Lo expresa con total naturalidad, con la misma con la que regresa a su infancia y extrae de entre sus muchos recuerdos su relación con la naturaleza, esa que le «transfigura» e incluso le «cura». «Era un niño urbano y cuando salía del asfalto para mí era como una especie de transformación», rememora de aquellos años en el corazón de Bilbao, donde nació en el año 1947.

El mayor de tres hermanos, pertenece a una familia de una «clase media» que le permitió estudiar su primera carrera, Periodismo, en una universidad privada, la de Navarra.  Su padre y su abuelo fueron agentes comerciales de maquinaria y herramienta. Republicanos, el primero católico y el segundo laico, que creían por encima de toda en la «democracia británica». Su madre, que tiene 96 años, resultó la «más izquierdista todos».

Cuando acabó la carrera enPamplona se trasladó a estudiar Historia a la Universidad de Valladolid, donde ya fue un «destacado dirigente en los movimientos de contestación estudiantil», manifiestan quienes allí le conocieron. Su vinculación con Burgos llegó a través de su mujer, Ana, que residía en la capital y con la que se casó en Covarrubias en 1972, y del entonces Colegio Universitario, en el que comenzó a impartir clase.

En 1974 se afilió al PSOE y a partir de ahí comenzó una fructífera carrera de la que destaca el «momento constituyente». «Para mí fue una transformación en mi manera de entender la política. Yo creía que en 1977 todavía era posible la revolución y cuando se aprobó la Constitución, que aceptamos de la A la Z, me transformé de republicano a ser un monárquico constitucional», sostiene. Dice que esa sensación que tuvo no hay cargo que la supla y que no le hubiera gustado ser ministro porque concibe el poder como una «criatura terrible que debe someterse a controles».

Su papel, al igual que el del entonces diputado y amigo Federico Sanz, resultaron claves clave en la creación de la UBU en 2004, aunque considera que «fueron muchos» los que tuvieron una labor importante, como el actual rector: «Lo hicimos de cine. Estoy muy orgulloso». Se siente un «militante» de la universidad como institución de libertad y libre pensamiento, al igual que un «periodista del pasado» que razona y entiende el mundo como un historiador.

Sus amigos no le ven defectos, aunque afirma tener muchos. A pesar de su tenacidad, «como un junco hueco que se pliega mucho pero aguanta todo», y paciencia, como buen marinero y pescador, esconde un punto de duda e inseguridad a la hora de tomar una decisión. Así es Laborda de cerca, apegado a su familia, lo «más importante de mi vida». Su mujer, sus hijos (Ana, Juanjo y Fernando, que ahora le convertido en abuelo) y que nacieron en Burgos, donde arraigó este «burgalés de Bilbao o bilbaíno de Burgos.