La Guerra ha terminado

R. Pérez Barredo
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El dictador, en Burgos, tras ser nombrado Generalísimo. - Foto: FEDE

1 de abril de 1939. Palacio de la Isla de Burgos. Franco firma con pulso tembloroso, debido a la gripe que le ha tenido en la cama los últimos días, el último parte de guerra. Le siguieron cuatro décadas de dictadura

Mil días y más de medio millón de muertos después, la guerra llegó a su fin con la victoria de los sublevados. Franco, aquejado de una gripe que le había tenido varios días postrado en la cama, firmó con pulso tembloroso, tras varios tachones, el último parte de guerra. En la tarde del día anterior, uno de sus ayudantes le había informado de que las tropas nacionales habían alcanzado sus últimos objetivos. Sin levantar la vista de la mesa, el caudillo había respondido a la noticia con un lacónico «muy bien, gracias» revelador de su carácter frío y aséptico. En su residencia-cuartel general del Palacio de la Isla, acompañado por el ministro de Gobernación, Ramón Serrano Suñer, Franco estampó su firma. Horas después, desde los micrófonos de Radio Nacional de España, el actor Fernando Fernández de Córdoba transmitió el mensaje a todo el país; el Generalísimo lo escuchó junto a su mujer y a su hija. Desde Roma, el Papa Pío XII se aprestó a felicitar al caudillo mediante telegrama por «la deseada victoria católica de España».

Tras 28 meses de resistencia, Madrid había cedido tres días antes, provocando el definitivo desmoronamiento d e las cercadas zonas republicanas de Levante, que siguieron sus pasos en los días siguientes. Tan importante fue la entrada de las tropas franquistas en Madrid que fue ese día, 28 de marzo, tras el discurso emitido por Serrano Suñer desde el Palacio de la Isla en el que equiparaba el triunfo a la conquista de Granada por los Reyes Católicos, cuando se celebró por todo lo alto la victoria. Miles de burgaleses se echaron ese día a la calle, recorriendo en masa un itinerario que les llevó desde Gobernación hasta el Palacio de la Isla pasando por Capitanía. Serrano Suñer enardeció a la multitud con sus palabras.

El 2 de abril, domingo de Ramos, Franco emitió un breve mensaje dirigido a las tropas de tierra, mar y aire. «En los momentos en que con la victoria final recogemos los frutos de tanto sacrificio y heroísmo, mi corazón está con los combatientes de España y mi recuerdo con los caídos para siempre en su servicio». Que las primeras palabras del Generalísimo fueran para el estamento militar decía mucho d e sus intenciones futuras. La actividad militar predominó durante unos cuantos años más, impidiendo a la sociedad civil tomar las riendas del poder político y social del país.

En días sucesivos, Franco tomó desde Burgos varias decisiones trascendentes. Se decidió que el 18 de mayo se celebrara el `Día de la Victoria’; en junio inauguró en Alcocero el monumento a Mola, quedando vinculado el apellido del general estrellado a la toponimia del lugar; y en agosto, formó nuevo Gobierno. El 26 de septiembre se celebró en Las Huelgas el II Consejo Nacional del Movimiento y el 1 de octubre, la `Fiesta del Caudillo’. Sin embargo, no hubo aquel año manifestación más espectacular en Burgos que la registrada el día 18 con motivo del adiós de Franco a su `Capital de la Cruzada’.

El Generalísimo se dirigió así a los burgaleses: «Vinimos a Burgos en los momentos de mayor peligro de la patria; he pasado en este despacho los días más decisivos de la Historia de España. (...) Ahora, de momento, sufriréis las consecuencias de la resaca producida por la marcha de los organismos oficiales que aquí se instalaron durante la guerra y en los primeros momentos de la paz (...) Tenéis que prepararos y trabajar para que Burgos prospere todo lo posible y que tenga no sólo la vida provincial sino también la vida industrial propia».

 

POSGUERRA Y MEMORIA
Con el país destrozado, sembrado de muertos; con centenares de miles de personas en el exilio y con las cárceles a rebosar, España entró de lleno en una época durísima marcada por la carestía y el hambre. Burgos registró un bajón brutal en su censo (de sobrepasar los 100.000 habitantes a no llegar a los 60.000) a la par que emigraban a Madrid los centros oficiales. El racionamiento se prolongó hasta el verano del 52, afectando a alimentos de primera necesidad -pan, aceite, azúcar, legumbres...-; el índice de precios subió anualmente ante la congelación de los salarios. Burgos registró un retroceso en todos los sentidos: durante años no hubo desarrollo industrial; el paro se incrementó notablemente; la miseria era bien visible; además, la tasa de mortalidad infantil sufrió un incremento escalofriante hasta alcanzar el 20 por ciento hacia el año 1941. Por otro lado, la renombrada paz sólo lo fue para los vencedores: durante los 40 años de dictadura que siguieron a aquel 1 de abril de 1939 no hubo hueco -ni compasión, ni perdón- en la sociedad, en la historia e incluso en la memoria para los perdedores. Este es el argumento de quienes abogaban, setenta años después de la contienda fratricida, por la necesidad de una Ley de la Memoria Histórica, promulgada finalmente en 2006 y pendiente de su plena ejecución, que pretende dar respuesta a una cuestión que venía centrando la atención de un amplio sector de la sociedad en los últimos años por haber quedado aplazado el debate durante la Transición.

Sin embargo, no han sido pocas las posturas contrarias a este hecho, argumentadas en que se trata de algo históricamente superado que no puede sino alterar la convivencia y que incluso viene avalado por un rencoroso afán revanchista. Esta situación no revela sino la ausencia de una política de la memoria en la España contemporánea que la citada ley aspira a construir aunque no desde el consenso. Uno de los capítulos más importantes -y polémicos- de este proceso abierto es la exhumación de fosas comunes.

Mientras los detractores consideran improductiva e innecesaria la búsqueda de restos pasado tanto tiempo, los defensores se aferran a ello como la única manera de restituir la dignidad y la memoria de sus familiares muertos. En este sentido, en su estudio Exorcizando la mala suerte. Esquelas y duelos inconclusos de 1936, el antropólogo y profesor de la Universidad de Burgos Ignacio Fernández de Mata señala la importancia que esto tiene para los familiares. «Un duelo inconcluso impide la partida del difunto. En lugar de ubicarlo en el espacio que le corresponde, desde donde forme parte del conjunto socio-simbólico del grupo, su ausencia de extiende en el tiempo y en el espacio: los deudos no tienen dónde, ni cuándo, visitarlo, honrarlo, recordarlo, por lo que se ven obligados a cargar siempre con él. (...) Sin restos mortales debidamente honrados sobre los que elaborar un duelo y renovar su sentido de pertenencia al grupo por la vía de los antepasados, los deudos simbólicamente cargan con el alma pesada a través del recuerdo y el deber, vagando también ellos por fuera de su comunidad. La autorrecriminación lo hace presencia constante, ancla a la gente en el dolor, en la desazón de su inconclusión ritual, perpetuando sine die su sentido de pérdida y desajuste».

A este respecto, la coordinadora provincial de la Asociación para la Recuperación d e la Memoria Histórica (ARMH) lleva años trabajando en ello con éxito. El colectivo posee una lista de 1.700 víctimas -con sus nombres y apellidos- muertas por sacas, paseos, consejos de guerra o inanición en la cárcel, aunque calcula que este número no debió ser inferior a los 2.500, cifra difícilmente cotejable por cuanto existen numerosas lagunas en aquellas zonas de la provincia en las que la represión fue mayor, caso de Miranda de Ebro o de Las Merindades.

*Este artículo fue publicado en Diario de Burgos el 1 de abril de 2009