«El componente quijotesco de Santa Teresa está muy presente en la novela»

I.L.H. / Burgos
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Juan Manuel de Prada • Escritor

«El componente quijotesco de Santa Teresa está muy presente en la novela»

Nació en Barakaldo en 1970 y creció en Zamora. Desde la publicación de Coños, en 1995, ha ido sumando premios como el Ojo Crítico de RNE por Las máscaras del héroe; Primavera y Nacional de Narrativa por La vida invisible, y Biblioteca Breve y Crítica de Castilla y León por El séptimo velo.

Juan Manuel de Prada compara a la de Ávila con Alonso de Quijano. Ambos, a una edad madura, decidieron salir a los caminos para luchar contra los elementos. Santa Teresa para fundar conventos y reformar la orden carmelita y don Quijote para actuar como caballero andante, luchar contra los malhechores y defender a los indefensos. Esa similitud está presente en El castillo de diamante (Grupo Planeta) la novela con el que el autor relata la tempestuosa relación que existió entre Teresa de Cepeda y Ahumada y Ana de Mendoza, la princesa de Éboli. Ambas se conocieron, se admiraron y al final acabaron enfrentadas. La de Éboli denunció a Santa Teresa a la Inquisición y, con ese pretexto, Juan Manuel de Prada perfila la biografía de dos mujeres extraordinarias. Esta tarde dará cuenta del libro en el Instituto de la Lengua, a partir de las 20 horas.
La novela coincide con el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa. ¿Ha sido un encargo o se lo propuso para el aniversario?
Es un libro que estuve a punto de escribir hace ocho años y que preparé y documenté, pero por circunstancias personales no me vi con fuelle para escribirlo y se quedó ahí. Hace año y pico, cuando acabé mi anterior novela, recuperé las anotaciones y me di cuenta que estaba ya muy trabajada. Luego me percaté que era el centenario. Pues mejor. Pero en realidad era la novela que quería escribir en este momento.
Dos mujeres de gran personalidad en la misma época. ¿No había sitio para las dos?
Su mala relación lo que prueba es que muchas veces las personas de relieve, cuando confluyen sus intereses, en vez de salir fortalecidos y llegar a resultados brillantes ocurre exactamente lo contrario y se anulan. Parecía que no podía existir una conjunción mejor que la de Santa Teresa y la princesa de Éboli; es difícil imaginar una alianza más atractiva. Pero eran demasiado parecidas... Santa Teresa tenía dotes políticas para convencer de las bondades de sus reformas y la princesa tenía una inquietud religiosa importante.
¿Dónde se conspiraba más en el siglo XVI: en los palacios o en las iglesias?
La verdad es que entonces el poder estaba más repartido que hoy. El rey estaba sometido, en primer lugar, a la ley divina, y por otra parte los nobles acumulaban mucho poder. Era una sociedad religiosa en la que todo poder político debía asumir la supremacía de la ley divina.
¿Es verdad, como cuenta en la novela, que la princesa de Éboli quiso ser como Santa Teresa?
No, en realidad no. Eso es cosecha del autor. La princesa tenía inquietudes religiosas, aparte de patrocinar dos conventos a Santa Teresa en Pastrana. Pero que quisiera ser como ella es fabulación.
Mientras documentaba la obra, ¿se llegó a plantear qué hubiera sido de estas dos mujeres como aliadas?
Sin duda hubiera sido mejor para ambas. Santa Teresa hubiera fundado más conventos y a la princesa, la amistad con la abulense le hubiera hecho mucho bien, sobre todo a raíz de enviudar porque ahí inició un proceso que le llevó a su perdición.
Quizá las ambiciones de ambas hubieran cambiado.
Habrían cambiado también, sí, por supuesto. Una sobre la otra hubiera tenido un efecto benéfico, pero fueron incapaces. Tampoco es una cuestión de buenos y malos. Cuando la nobleza patrocinaba un convento se sentía con la capacidad de mangonear y disponer del sitio a su antojo. Pero Santa Teresa choca porque, sí, está dispuesta a que la patrocinen, pero no a que intervengan en la vida del convento.
Aunque cada una tuvo su parcela de poder, ¿quién fue más poderosa?
A la larga Santa Teresa, aunque es evidente que el poder inmediato del momento lo tuvo la princesa. Aunque también es verdad que en el afán de Ana de Mendoza por acaparar poder hizo que el rey fuera contra ella. Al final fue víctima de su propia ambición.
Con todo esto del centenario se ha vuelto a reivindicar la figura de Teresa de Cepeda, más allá de la faceta religiosa. ¿Con Ana de Mendoza ocurrirá lo mismo?
Santa Teresa es la mujer de la que más se ha escrito en España. Y creo que lo merece porque es una figura excepcional. En el caso de la princesa creo que es una mujer menos valorada porque muere en condiciones adversas, habiéndose convertido en una apestada, por lo que nadie mantiene viva su memoria. Cela narra en El viaje a La Alcarria que en su visita a Pastrana a la princesa la conocen como ‘la puta’ cuatro siglos después. Se la ha presentado como un monstruo de maldad, intrigante, pérfida... Es un imagen un poco disparatada, sobre todo porque no hace justicia a lo que fue toda su vida. Y cuando surge la leyenda negra, se la reivindica pero no por sus valores, sino simplemente como excusa para mostrar a un Felipe II cruel. Y eso que fue una mujer extraordinariamente culta, con una de las mejores bibliotecas de la época, con iniciativa empresarial: tuvo la idea de fundar en Pastrana una industria textil desde el primer al último paso.
Comenta que es una novela de ‘caballería a lo divino’. ¿Lo consideramos un nuevo género?
Bueno... a finales de la Edad Media y en el Renacimiento se escribieron novelas de este tipo: las que van en busca del Santo Grial, por ejemplo, son aventuras que ocurren en un camino iniciático de tipo espiritual y religioso. Digamos que El castillo de diamante trata de rendir homenaje a la literatura de la época: la novela picaresca, la poesía de Garcilaso y Fray Luis de León, a El Quijote aunque es un poco posterior, a la literatura espiritual de Santa Teresa y a las novelas de caballería, de las que la de Ávila era lectora. Hay una cosa que siempre me ha llamado la atención y que emparenta a Santa Teresa con El Quijote. Ella es una mujer que tiene una vida mediocre de monja y con 47 años de la época decide reformar la orden carmelita y fundar conventos lanzándose a los caminos. Una mujer que era ya casi una anciana se pasa sus últimos 20 años a lomos de mulas, viajando en carros desvencijados, durmiendo en ventas y posadas, tratando con arrieros y regateando con ellos... Esto tiene mucho que ver con Alonso Quijano, un hombre mediocre que a los 50 años decide hacerse caballero andante y salir a los caminos. Hay un componente muy quijotesco en Santa Teresa y ese componente está muy presente en la novela.