La paz de un hombre en guerra

R.P.B.
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El estreno de la película de Amenábar 'Mientras dure la guerra' devuelve a la actualidad la figura de Miguel de Unamuno, gigante intelectual de atribulada existencia que siempre buscó refugio y sosiego tras los muros de Silos

Unamuno, en el jardín del claustro, entre el filólogo Pascual de Meneu y Ramiro de Pinedo, farmaceútico y más tarde monje.

Días antes de morir en su casa de Salamanca donde lo habían encerrado como a un delincuente o un apestado, un Miguel de Unamuno solo, deprimido y humillado escribió a su amigo Quintín de Torre, que residía en Espinosa de los Monteros, esta misiva: Aunque me adherí al movimiento militar no renuncié a mi deber -no ya derecho- de libre crítica y después de haber sido restituido -y con elogio- a mi rectorado por el gobierno de Bu rg os, rectorado de que me destituyó el de Madrid, en una fiesta universitar ia que presidí, con la representación del general Franco, dije toda la verdad, que vencer no es convencer ni conquistar es conver tir, que no se oyen sino voces de odio y ninguna de compasión. Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco h istrión que es Millán Astray. Resolución: que se me destituyó del rectorado y se me tiene en rehén.

El bilbaíno hacía referencia al episodio sobre el que gravita la recién estrenada película de Alejandro Amenábar, ‘Mientras dure la guerra’: el encontronazo que tuvo el gran pensador vasco con el orate legionario Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, Día de la Raza. Allí, Unamuno demostró valentía y dignidad al enfrentarse a un auditorio hostil, en el que la violencia se espesaba, jaleado por aquel iracundo animal que pronució para la posteridad un grito que no fue sino un acertado autorretrato -¡Muera la inteligencia!- tras la cabal intervención del pensador vasco, que salió de allí encimado por un vehemente y ominoso bosque de brazos a la romana y expresiones de odio.

El que fue uno de los más importantes intelectuales de su época, un hombre profundamente sabio, genial, contradictorio e independiente, batallador hasta la extenuación, también necesitó de paz en muchas ocasiones. Jamás encontró tanta como un el monasterio de Santo Domingo de Silos, con el que mantuvo una relación muy especial siempre. El rector de la Universidad de Salamanca visitó por primera vez el cenobio silense en el año 1914, y aquella experiencia resultó esencial en su vida. Unamuno, en permanente crisis espiritual, se encerró en una celda como un monje más durante días para rematar uno de sus libros más espirituales, El Cristo de Velázquez, en el que trabajó durante siete años. No es una obra cualquier en la extensa biografía del escritor y filósofo: es considerada una de sus cimas, una obra de pensamiento místico en la que volcó, en forma poética, sus obsesiones e inquietudes, los temas que marcaron su vida y su proyección literaria.

Constituida en cuatro partes, consta de un total de 2.538 versos endecasílabos; es su obra poética de madurez, donde el tema medular es Dios como vencedor de la  muerte y sentido último de toda la creación. El silencio de Silos fue clave para el filósofo, como lo demuestra el testimonio escrito que dejó antes de abandonar la abadía el 12 abril en el libro de visitas del templo benedictino: Conchas mar inas de los siglos muertos/ repercuten los claustros los cantares/ que, olas murientes en la eterna costa,/ desde el destierro de la tierra se alzan/bregando por su paz las almas trémulas. Escritos estos versos para mi poema ‘El Cristo de Velázquez’ durante mi estancia, en la Semana Santa de 1914, en esta abadía de Santo Domingo de Silos a donde vine, hombre de guerra, a disfrutar de unos días de paz para tornar a la batalla que es mi vida.

Miguel deUnamuno regresó dos veces más a Silos; una, en 1931, al poco de la proclamación de la II República; la última, en 1933. De ésta dejó de nuevo su estampa en el libro de visitas del monasterio: Unamuno, que ya abjuraba de la República y que se había erigido en uno de sus principales críticos, dejó anotado: Casi veinte años después vuelvo a visitar, en rápida visita, este monasterio de Silos. En este tiempo España ha dado muchas más vueltas que años han pasado. Y si entonces dije que venía a disfrutar unos días de paz yo, hombre de guerra, hoy digo que no he de encontrarla -la paz- sino cuando se me acabe la vida. Pues militia est vita hominis super terram. A la lucha, pues, que es la vida.