La cuarentena que devuelve la vida

S.F.L.
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Javier Samaniego lleva confinado y usando mascarilla siete meses desde que su mujer, Consuelo García, le donara un riñón en vivo. Tras una época complicada el paciente logra ver la luz al final del túnel

El matrimonio formado por Consuelo García y Javier Samaniego el duro golpe con el que les azotó la vida. - Foto: S.F.L.

Compartir el apagón progresivo de la persona con la que se comparte todo desde hace más de 25 años no es sencillo. Tampoco permitir que tu amor comience un tratamiento de diálisis sin fecha de final mientras espera cada día recibir ese ansiado riñón que tanto necesita. «La vida nos cambió tanto a él como al resto de familiares cuando nos anunciaron la terrible noticia: padece una insuficiencia renal», manifiesta Consuelo García.
Estas situaciones generan tomar decisiones rápidas y estar preparado para casi todo. Cuando a la mujer la propusieron ser la donante de su marido la boca anduvo más rápida que el cerebro. «Sí», contesto al segundo. Tras más preguntas por parte de facultativos, charlas con especialistas y un proceso para conocer si el órgano del matrimonio era compatible, el 16 de julio de 2019 la vida le volvió a sonreír a Javier Samaniego.
«Es lo más grande que han hecho por mí después de nacer. Mi madre me dio la vida hace 58 años y mi mujer con 57», declara emocionado el paciente. El hombre comenzó a sentir un año antes de la operación un agotamiento físico anormal provocado por  la bajada del rendimiento de sus dos riñones. Que su esposa tomara la decisión de entregarle parte de ella para su recuperación generó que no fuera necesario recibir diálisis, algo que le benefició de cara al trasplante.
Ambos recuerdan como el momento más duro la despedida de su hijo, que junto a la hermana de Consuelo, esperaba fuera de la zona de operaciones a que un facultativo le diera buenas noticias. «No tiene que ser fácil ver entrar a tus padres a un quirófano casi a la vez. Ha sido muy fuerte y nos ha ayudado y atendido con mucho cariño», exponen. Una vez salieron del complejo asistencial Universitario de Salamanca, único en el que se llevan a cabo trasplantes renales en vivo de Castilla y León, establecieron su hogar en la ciudad durante mes y medio por el elevado número de consultas que tenían. A partir de entonces, se trasladaron a Cantabrana, donde residen de manera constante los padres de ella. «Vivimos en Briviesca pero preferimos venirnos al pueblo para que estar mejor atendidos», explica la donante.
El ‘afortunado’ -como a sí mismo se describe- conoce de primera mano lo que significa estar confinado. La mascarilla forma parte de un complemento más de su atuendo y ya son siete los meses en los que han compartido experiencias. «Mi cuarentena se inició hace más de medio año, cuando nadie había conocía a este bicho malo que mantiene en jaque al mundo», afirma. Desde entonces permanece prácticamente incomunicado, manteniendo las distancias de seguridad todo el tiempo y desconectado de la vida social ante el miedo de que cualquier tipo de virus le pusiera la zancadilla.
Pese a que el procedimiento por el que han pasado ha resultado muy duro para los dos, tanto mental como físicamente, Consuelo  quiere que las personas pierdan el miedo a la donación en vivo. «Podemos hacer vida totalmente con un solo riñón y mejorar la de otro para siempre», asegura.