Mirar para contarlo

A.G.
-

El fotoperiodista Diego Herrera acompañó durante 20 días a un grupo de refugiados en su periplo por Grecia, Bosnia y Sarajevo. Las imágenes resultantes de ese viaje se exponen en el Foro Solidario hasta el 30 de enero

Buena parte de los refugiados son hombres jóvenes que escapan de entornos de guerra y ataque a los derechos humanos. - Foto: Diego Herrera Carcedo

No todo está perdido -ni para la profesión ni para la sociedad en general- cuando un joven fotoperiodista de 28 años decide que el mejor sitio para ejercer la profesión es la calle. Pero no la de aquí, que está llena de restaurantes acogedores, árboles y niños que juegan, y donde lo más incómodo que pasa son las bicis y los patinetes, sino las de Grecia, Bosnia y Sarajevo. Las calles donde duermen las personas refugiadas, llenas de barro y sin nada que poder echarse a la boca y que forman parte de la ruta que hacen, muchas veces dejándose la vida, hasta la Europa rica, aquella en la que han puesto sus esperanzas  en un futuro mejor para sus hijos. El burgalés Diego Herrera, que ha apostado ya hace tiempo por un periodismo que cuente la vida de la gente que peor lo está pasando, acompañó a un grupo de refugiados el pasado mes de abril en este recorrido y lo que se trajo en el objetivo es un puñado de realistas imágenes que nos interpelan directamente a todos. Se pueden obviar, claro, pero para eso es mejor que no se vean. 
Quién quiera mirarlas y reflexionar sobre el hecho de que este desastre esté ocurriendo a menos de dos horas de avión, puede pasarse por el Foro Solidario (Anna Huntington, 3). Allí están expuestas hasta el próximo 30 de enero bajo el título Refugiados: Un camino. ¿Un futuro? . "Lo que a mí me gusta es cubrir este tipo de conflictos sociales, me interesa el periodismo por y para las personas y me pareció que este tema está muy olvidado -de hecho, la situación no para de empeorar y siguen llegando personas desde Turquía- y creo que había que contarlo. La primera vez que fui en Lesbos había 9.000 personas, ahora son 15.000 y con el cambio de Gobierno se han endurecido sus condiciones de vida".
Herrera estuvo una veintena de días recorriendo diferentes puntos de esta ruta: Atenas, el campo de Malakasa y la ciudad portuaria de Patras, "donde los refugiados se saltan las vallas para meterse en los bajos de los camiones que se suben al ferry para ir a Italia" fueron las primeras estaciones para él. La gran mayoría de las personas con las que compartió tiempo proceden de Siria, Afganistán, Irán, Palestina y Pakistán: "En Grecia lo que hay son, sobre todo, familias, pero cuando vas avanzando hacia Bosnia y Serbia la cosa cambia y son sobre todo hombres jóvenes los que te encuentras cruzando los bosques de noche, ocultándose de la policía, que no les trata demasiado bien. En general, todas son bastante duras pero sobre todo la croata, que al cruzar a ese país desde Bosnia y Serbia les pega, les quita el dinero, les rompe el móvil cuando no se lo roba y luego les devuelven al punto de partida. Quieren laminarles psicológica y económicamente".
Diego ha visto no solo las inhumanas condiciones en las que viven estas personas sino cómo también se juega con sus esperanzas cuando se lanzan bulos: "Cuando llegué hubo un rumor que decía que se abrían las fronteras, lo que hizo que mucha gente se desplazara a un campo del norte de Grecia para cruzarlas pero allí solo estaba la policía que cargó duramente contra ellos". 
La experiencia personal ha sido tremenda, asegura, y aún tiene ratos en los que sigue asimilando todo lo que vio. Le rompió el alma especialmente un joven palestino, cree que con alguna discapacidad, que malvivía en una estación de tren de Belgrado con otros dos chavales de origen egipcio: "Era muy abierto, muy simpático, conecté mucho con él y había otros que no le trataban bien del todo porque era un buenazo y me sentí como muy cercano a él". Todas estas vivencias las fue incorporando Diego a las crónicas que  envió a diario pero no a un medio convencional sino vía Whastapp.

Diego Herrera quiere  aprovechar la exposición del Foro para poner en la agenda esta situación inhumana y va a apoyar esta divulgación con la realización de varias charlas a cargo del español Bruno Álvarez, presidente de la ONG No Name Kitchen, una entidad sin ánimo de lucro que trabaja en Patras (Grecia), en la localidad serbia de Sid y en Velika Kladusa (Bosnia), ubicadas a 5 y 2 kilómetros, respectivamente, de la frontera con Croacia. 
En esos tres puntos sus voluntarios proveen de alimentos, agua, higiene, atención médica, energía eléctrica y asesoramiento legal a los miles de refugiados que se quedan atrapados por el cierre de fronteras o en laberintos burocráticos interminables. Desde su creación en 2017 han protegido a miles de personas con esta labor de su voluntariado. Álvarez explicará todo esto en dos charlas en la Universidad de Burgos hoy martes y mañana miércoles, 23, en la sede de la Asociación Ábrego (Rey Don Pedro, 60) a las 19.30 horas, después de una visita guiada a la exposición que tendrá lugar a las 18.30.