Los que vuelven a descubrir Rioseco

A.C.
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Los voluntarios despejan de maleza de la torre del Abad y el palacio renacentista para que se pueda redactar su proyecto de restauración

Ascen, de 85 años, a la izquierda, con su nuera Marta y su nieta Carolina, en una prospección arqueológica. - Foto: Ana Castellanos DB

La pandemia se deja notar en el número de voluntarios que esta semana trabajan en el monasterio de Santa María de Rioseco, pero los más fieles han regresado a redescubrir sus entrañas, devoradas por la maleza o los escombros, y a disfrutar viendo el renacer que cada verano vive el cenobio cisterciense gracias a su inagotable generosidad. A ellos también se han unido algunas caras nuevas. Rioseco tiene un magnetismo a prueba de virus.
Las historias de sus voluntarios, que ayer se acercaban a 40, siempre son especiales. Ascen, la más longeva con 85 años, se convirtió en aprendiz de arqueóloga. Trataba de buscar lo que queda de la que posiblemente fue la cocina del refectorio o comedor del monasterio con su nuera Marta y su nieta de 18 años, Carolina. Su hijo Carlos, con quien veranea en Quintana de Valdivielso, estaba enfrascado en otras labores. Ascen, de pocas palabras, demostraba con su actividad física que aún podía aportar mucho, pero no dejó pasar la oportunidad para protestar por lo mucho que le había costado que la dejarán volver a Rioseco. Mujer de campo, que trabajó en la granja familiar ubicada en el Hospital del Rey, recordó también como sus abuelos trabajaban las tierras de la entonces condesa de Castilfalé.
Desde Girona volvió Francisco Barranquero por séptimo año consecutivo, esta vez con su pareja Yaneth. «El año ya no está completo, si no vengo a Rioseco en vacaciones», aseguraba este catalán que conoció Rioseco mientras leía Diario de Burgos en unas vacaciones en la ciudad. Cada año que pasa se alegra viendo los avances y admite que, «si se reconstruyen la torre del Abad y el palacio renacentista, será el sumun del sumun». Sus palabras se basan en una esperanza, dado que la ahora Fundación Santa María de Rioseco ha apostado por este proyecto y tratará de convertirlo en realidad con apoyo de las administraciones o del mecenazgo.
Estos días, los voluntarios se esfuerzan en despejar la selva que rodea la parte trasera de lo que queda de ambos edificios. La finalidad es que el arquitecto Félix Escribano pueda tomar medidas para redactar el anteproyecto de consolidación de sus maltrechos muros. La meta es evitar que se desmorone lo que queda. Con la miniexcavadora y el dumper, Manu (profesional de la construcción jubilado)y Gonzalo (ingeniero en ciernes) retiran toneladas de escombro de lo que ya cayó al suelo.
Al suelo, pero de la iglesia, también cayó una de sus claves. Eso llevó al párroco y ahora presidente de la fundación, Juan Miguel Gutiérrez, a decidir retirar las que aún permanecían adosadas a las bóvedas. Estos días, los jóvenes restauradores Lara y Alejandro, formados en la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Madrid, han vuelto por segundo año y acompañados de otros colegas, Alejandro y Sonia, esta última de la escuela de Valladolid. Con el tratamiento que están aplicando a las claves del Renacimiento tardío se podrán conservar por mucho más tiempo.
Otros voluntarios investigan en el subsuelo para hallar los muros de lo que pudo ser el antiguo Refectorio bajo la dirección de la arqueóloga Silvia Pascual. Apenas han pasado dos jornadas de la Semana del Voluntariado y los resultados llaman la atención. El domingo, quienes acudan a la misa (12 h.)y el concierto de Mariano Mangas y Hosman (13 h.), seguro que se volverán a sorprender.