Olor textil que nunca se fue

J.J. Martín / Pradoluengo
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Vista de los arcos que soportan el techo del tinte, bien conservados. - Foto: J.J.M.

La familia Zaldo Alonso pone en valor el tinte del siglo XIX. Tras un lavado de cara del inmueble, de 200 años de historia, se pueden volver a ver las máquinas y los útiles necesarios para realizar esta actividad tan local

Impresionante y único. Estos pueden ser los calificativos que definen uno de los espacios industriales más genuinos en pie, no sólo de la provincia de Burgos, sino de la extensa comunidad de Castilla y León. Así es el antiguo tinte de los hermanos Vicente y Mercedes Zaldo Alonso, situado a escasos metros del Teatro Cinema Glorieta, en pleno centro de la Villa Textil. Impresionante, porque su tamaño, sus grandes arcadas de sillarejo, sus hornales revestidos del negro humo de las cenizas de escobas y leña de la Sierra, las vetustas calderas y cestos para la lana, los cauces de agua sobre losas de piedra o la antigua maquinaria que servía para hilar y fabricar boinas y bayetas que encierran este edificio harían las delicias de todos aquellos amantes de la arqueología industrial y de la historia de la industria textil española.
Y único, porque, si bien en el pasado existieron varias decenas de tintes, batanes e hilaturas a lo largo del río de Pradoluengo y en el propio casco urbano, éste es el único que mantiene la estructura intacta y, prácticamente, los mismos aromas y funciones que hicieron de Pradoluengo el centro lanero más importante del norte peninsular junto a la localidad salmantina de Béjar.
Los hermanos Zaldo, ayudados por el marido de Merche, Antonio Sáez Escolar, y por el que fuera alcalde de Pradoluengo, Miguel Ángel Echavarría, han echado muchas horas para que este antiguo establecimiento no se pierda definitivamente. Para Sáez Escolar, a pesar de los sudores que le ha llevado limpiar y echar la solera que hoy luce el tinte, esta labor de recuperación de elementos industriales y antropológicos de su pueblo es un auténtico hobby.
Según Antonio «lo ideal sería que todo Pradoluengo contase con un proyecto que recuperase para el futuro nuestra verdadera seña de identidad, que no es otra que la industria textil». Su idea, predicada hasta la saciedad en los foros públicos y privados en los que se ha expresado, pasa porque, tanto éste, como otros espacios fabriles se remodelen progresivamente a través de un plan director integral, que ponga en valor la enorme riqueza patrimonial con la que cuenta la villa y que, si no cuenta con un respaldo decidido por parte de las administraciones provincial y regional, es una joya que se puede perder para siempre. «Debemos preservar esta riqueza, no sólo por lo que supuso, sino por lo que puede suponer a nivel económico para Pradoluengo», señala Sáez Escolar.    
Para este impulsor de la Asociación Selfactina, que pretende reunir a todos aquellos fabricantes y trabajadores de Pradoluengo que aún dispongan de telares, mecheras, cardadoras u otros materiales industriales, se debe ordenar este ingente patrimonio y, a partir de una catalogación o inventario adecuados iniciar la puesta en valor por fases, de los distintos edificios, batanes, fábricas, obradores y demás espacios, que se relacionaron y aún se relacionan en la actualidad, con esta genuina dedicación económica.

 

Puertas abiertas

Por su parte, aunque no va a tener un horario específico de apertura, esta familia se ofrece a abrir las puertas de su tinte a todo aquel que quiera visitarlo. No en vano, su domicilio se encuentra adosado al propio establecimiento desde hace generaciones y forma parte fundamental de sus vidas, ya que, a pocos metros, aún suena el bisbiseo de los ‘Linares’ de Vicente Zaldo, antiguos telares de calcetines de lana.
«Aunque no podemos dedicarnos a hacer visitas guiadas todos los días, aquellos interesados en ver nuestro tinte, pueden hacerlo sin ningún problema, vivimos pared con pared», señalan.