"Siempre supe que las personas sordas eran capaces de todo"

A.G.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. María Luisa de Miguel es una de esas mujeres y esta es (parte de) su historia

María Luisa de Miguel fue una de las primeras mujeres en sacarse el carnet en Burgos. Más tarde, ella enseñaría a un grupo de sordos, en la primera experiencia de ese tipo que hubo en España. - Foto: Alberto Rodrigo

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado 7 de diciembre. 

Aunque está saliendo de una época "un poco flojilla", conserva intacto María Luisa de Miguel el aire de la mujer fuerte que siempre fue, de la pionera en la reivindicación de los derechos de las personas con discapacidad, que ha tenido muy claro en todo momento que lo mejor que se podía hacer por los demás era mejorar sus condiciones de vida sea cual fuera su dificultad. Y a ello se puso después de que la vida le diera un revés que quizás a otra persona le hubiera noqueado para siempre: Su hijo Sergio nació en 1960 con una sordera profunda y desde entonces María Luisa no ha parado de trabajar, y "de moverse" como dice ella, para conseguir que fuera un niño, un adolescente, un joven, un adulto, y ahora ya un jubilado, con los mismos derechos que los demás. Sergio ha sido siempre el motor de María Luisa (que tiene un hijo más, Iñaki, cinco nietos y un biznieto) y de ese camino que inició hace más de medio siglo se han beneficiado muchas personas con sordera, algo de lo que se siente muy orgullosa y sigue defendiendo con uñas y dientes y una energía impropia de sus 82 años.

Enseguida tuvo que ponerse esta mujer peleona a remar en favor de su hijo sordo ya que fue madre con apenas 21 años. Hasta entonces, su vida había transcurrido entre la calle San Francisco, donde nació en la casa de sus abuelos, una breve estancia en la calle Diego Laínez, y la Barriada San Juan Bautista (antes barriada Yagüe) lugar al que se mudaron sus padres, que habían protagonizado una bonita historia de amor. A él, topógrafo de profesión y miembro de una familia de posibles, le habían reservado una novia, también de alta alcurnia, pero vino a hacer la mili a Burgos -era madrileño de origen vasco- y se enamoró de la madre de María Luisa, de tal manera que se creó un ‘cisma’ que hizo que nuestra protagonista no conociera a su familia paterna hasta un poco antes de casarse.

En Burgos, el topógrafo Luis, hijo de un joyero y propietario de varias tiendas de moda, encontró trabajo en la Fábrica de Seda, donde estuvo bastantes años para mantener a su prole ya que a María Luisa, la mayor, se le unirían otros cuatro hermanos más. No tiene buen recuerdo De Miguel de la vivienda que ocuparon en la barriada que promovió el general Juan Yagüe: "Nos dieron una casa que daba al río, con el suelo de cemento y una humedad terrible. Mi madre cogió una ciática que tuvo que estar una temporada con muletas y una vez fuimos a retirar la cama de mis padres y había hongos".

Eran años muy duros, pura posguerra. No se olvida de las colas larguísimas que desde bien pequeña tuvo que hacer para conseguir carne, pescado y otros productos de primera necesidad a través de las cartillas de racionamiento: "A mí me encantaba no ir al colegio porque era zurda y las monjas me pegaban, me ataban la mano y consiguieron que escribiera y comiera con la derecha aunque todo lo demás lo hago con la izquierda". Tampoco le fue demasiado bien en el colegio de su nuevo barrio, que llevaba también el nombre del general cuya hija, por cierto, protagonizó esta misma sección la semana pasada: "Mi madre nos llevaba muy arregladas y almidonadas y con unos tirabuzones muy bonitos y yo creo que por eso no encajábamos, nos tiraban del pelo. Además, allí también me ataban la mano izquierda, nos pegaban, todo era a toque de silbato y nos hacían formar como si fuéramos soldados.

Pronto conoció la vida laboral: "Dejé que estudiar cuando era muy pequeña y bien que lo siento, primero porque me pegaban en el colegio y luego por la idea que había entonces de que los que tenían que estudiar eran los hombres". En su casa empezó con apenas doce años ayudando a su madre de hacer bolsas para la fábrica Cellophane junto con sus hermanos Azucena y Luis: "¡Había que hacer mil para que nos pagaran ocho o nueve pesetas! Siempre viví carencias materiales en casa pero tuvimos mucho cariño por parte de nuestros padres". Con 16 años entró en la Fábrica de la Moneda y casi a la vez conoció al que luego fue su marido, Emilio, amigo del novio de una compañera y una década mayor que ella. Cuatro años después se casaba y, por tanto, abandonaba su puesto de trabajo, como era preceptivo para las mujeres.

A los diez meses nace Sergio, un bebé precioso de 5 kilos, tras un embarazo normal en el que María Luisa fue medicada contra una gripe asiática muy fuerte que sufrió: "Éramos autónomos y no teníamos más que igualas y un médico me recetó unas inyecciones de terramicina. Por lo que me dijeron luego en Barcelona, en una de las muchas consultas que visité con el niño, esta medicación que se me puso cuando se estaba formando la cabeza del niño paralizó totalmente sus centros auditivos".

Un día, intentando espabilar al crío para darle de comer a base de apretar uno de esos muñecos de goma con un pito dentro se dio cuenta de que algo pasaba porque a pesar del ruido que hacía el juguete, Sergio se quedó plácidamente dormido: "Hasta entonces no habíamos sospechado nada porque era muy expresivo, muy movido. Cuando comenté con mis padres y mi marido que yo creía que al niño le pasaba algo me llamaron exagerada, así que me fui por mi cuenta al médico, que me dijo que Sergio era mudo, que es como se decía entonces, estando yo sola. Aún me acuerdo de volver por la calle Madrid llorando, hasta la gente se me quedaba mirando. En ese momento empezó la lucha".

María Luisa tuvo que enfrentarse, en un principio, a la nada. Porque nada había para cubrir las necesidades de un niño sordo en aquel Burgos de iniciada la década de los sesenta. Lo que sí tenía era la firme decisión de que no iba a admitir que se hicieran distingos con él: "Yo siempre quise que se criara como un niño normal, porque lo era. Primero estuvo en un colegio de la calle San Pablo que tenía un aula para sordos donde le enseñaban la lengua de signos nada más pero donde a los padres no nos formaban. Yo me comunicaba con él por señas, haciendo gestos, él me llevaba de la mano adonde quería... -era muy listo, los sordos son muy listos- y así nos íbamos apañando y puedo decir que mi hijo siempre ha sido un sordo feliz, todo el mundo le quiere".

Más adelante, Sergio fue escolarizado en un colegio ubicado en lo que había sido el hospicio, mientras su madre no paraba de buscar recursos y soluciones. Para conseguir una mayor independencia se sacó el carnet de conducir en 1961 -fue una de las primera mujeres en hacerlo en Burgos, lo que le acarreó incontables comentarios machistas- con el que recorrió muchas ciudades españolas buscando remedios para su hijo y la forma de que recuperara algo la audición, algo que nunca consiguió. Finalmente, decidió escolarizarlo en un colegio especializado que había en Valladolid donde el niño estaba de lunes a viernes: "Me hubiera gustado que se quedara cerca de mí pero quería que fuera independiente y que no estuviera todo el tiempo colgado de mí".

Ocho años estuvo allí y al volver a Burgos, siendo ya un adolescente, se ponen en contacto con él desde la asociación Fray Pedro Ponce de León, que organizaba actividades de ocio para las personas sordas a partir de esas edades pero donde las familias no estaban implicadas. María Luisa se ofreció para cualquier cosa y le pidieron que si podía mediar para que se sacaran el carnet de conducir. "No me podían pedir eso porque casi ninguno tenía un certificado de estudios, los jóvenes no tenían trabajo -mi hijo sí, en el negocio familiar- y los que trabajaban lo hacían en los peores puestos, así que les dije que primero los estudios y que luego ya veríamos. Y así lo hicieron varios de ellos, que luego hicieron una formación profesional de ayudantes de laboratorio".

Cada uno de estos pasos costó mucho, reconoce, porque todo el mundo desconfiaba de las capacidades las personas sordas, "y no nos encontrábamos más que zancadillas aunque yo insistía e insistía". Con esa tenacidad consiguió que 37 personas se sacaran el ansiado carnet de conducir en la autoescuela Arsenio, que les prestó las instalaciones los sábados y los domingos, donde la profesora era... la propia María Luisa. Fue la primera experiencia que se hizo en España: "Ellos leían el código de circulación y lo que no entendían yo se lo explicaba con signos. Nos costó muchísimo todo, convencer a los responsables de Tráfico, vencer el miedo de los padres a que les pudiera pasar algo... y nunca ha habido un accidente con muertos. Yo les repetía que podían hacer cualquier cosa, que eran capaces de todo, igual o mejor que los demás pero les tenían que dejar demostrarlo. Eso siempre lo tuve clarísimo".

Fue en ese momento cuando se puso sobre la mesa la creación de una asociación de padres de niños sordos para ofrecer servicios educativos y, como señala De Miguel "para que ningún niño se tuviera que ir de Burgos y separarse de su familia como le pasó a mi hijo". Recuerda con mucho afecto que una de las primeras ayudas la recibieron de la Diputación gracias a la abogada y entonces política Carmen Santos de Quevedo, con quien después formaría parte de las fundadoras de la Asociación para la Defensa de la Mujer La Rueda, de la que recuerda con mucho cariño la primera casa de acogida que se montó casi sin medios y con el menaje que aportaron las propias socias. También fue crucial para que la asociación contara con su actual sede, la residencia María Cristina, el papel que jugaron tanto el exconcejal Luis Escribano como la recordada Rosa Manzano.

"Con aquella primera ayuda económica de la Diputación alquilamos un piso donde se alojaban niños de la provincia para venir al colegio y eran cuidados por dos personas. También conseguimos dos aulas en el colegio Antonio Machado donde, por fin, nuestros niños estuvieron integrados. Este fue el germen de lo que hoy que hoy es Arans-Bur". Era 1977 y María Luisa de Miguel presidiría la asociación hasta 1983 cuando entró a formar parte del Ayuntamiento de Burgos como concejala del PSOE, partido en el que siempre participó como independiente.

Durante sus años de edil -dos legislaturas -se dedicó a trabajar en el área de servicios sociales: "La experiencia fue muy buena y me di cuenta de cuántas cosas se pueden hacer por las personas. Fue mucho trabajo pero también me vi recompensada porque conocí otras realidades ya que yo había estado volcada siempre en la educación de mi hijo. Estuve muy contenta aquellos ocho años".

Para entonces, Sergio, integradísimo, ya se había casado con una chica, también sorda. Ambos querían tener hijos pero no llegaban y María Luisa les acompañó en el peregrinar de todas las parejas que buscan descendencia, que es muy duro. Hasta que se plantearon la adopción y -una vez más- aparecieron inconvenientes y pegas por todas partes, que no eran otra cosa "que una discriminación como la copa de un pino".

"Tres años pasamos llenos de lloros y de peleas. Le pedí a Octavio Granado que si podía ponerme en contacto con la ministra de Servicios Sociales, Matilde Fernández, para contarle lo que nos estaba pasando. Me recibió y cuando le conté lo que nos decían en Valladolid, que unos sordos no podían criar a un hijo, me dijo que era anticonstitucional y se ocupó de que les incluyeran en el proceso como a una pareja más. Cuando llegó Aída, que tenía mes y medio, fue la felicidad más grande del mundo. Once años después se les planteó otra adopción de una niña de la que les dijeron que era sorda pero que solo tenía un tapón y así Patricia entró en nuestras vidas". Como ya había ocurrido con el carnet de conducir, y de la misma mano de María Luisa, Burgos fue la primera provincia en la que una pareja sorda ejerció el derecho a la adopción.