Septiembre de 1957 - La oscura pasión del 'pelirrojo'

R.P.B.
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Movido por la envidia de no ser respetado en su pueblo, Villamayor de Treviño, Elicio Rojo sembró de pánico y muerte esta localidad. Mató a tres personas e hirió a otras dos. El cineasta Paco Lucio narró esta cruel historia en 'Teo el pelirrojo'

Imagen del paraje cercano al pueblo de Amaya en el que apareció el cuerpo sin vida de Elicio Rojo, tras más de un mes huido. - Foto: DB

LOS MUERTOS: El veterinario Domingo Chomón, de 34 años de edad; el herrero, Gregorio Villaescusa, de 52 años y Prosidio Revilla, de 55 años.

EL AUTOR: Elicio Rojo Serna, de 35 años de edad. Soltero, huraño y violento, era de complexión fuerte. Tenía el cabello pelirrojo. Mató e hirió a sus vecinos por envidia.

Se acercaba la hora de comer cuando el perro del pastor Marcial Lastra, luego de un rato olisqueando entre las abruptas peñas del paraje conocido como ‘La loma’, cerca del pueblo de Amaya, llamó a su dueño con fuertes y sonoros ladridos. El zagal, extrañado ante la insistencia del can, se acercó hasta él y topó con el motivo de su alarma. Casi descompuesto, con la cara destrozada y rastros de sangre entre las piedras se encontraba el cuerpo sin vida de Elicio Rojo Serna. Era el 13 de octubre de 1957. El hallazgo de este cadáver cerraba uno de los capítulos más oscuros de la crónica negra de la provincia en todo el siglo XX, y que posteriormente se llevaría a la gran pantalla.

Todo había comenzado unmes antes en la localidad de Villamayor de Treviño, de apenas un centenar de habitantes, en la tarde del sábado 7 de septiembre. Elicio Rojo Serna, de 35 años de edad y soltero, hombre huraño, corpulento y pelirrojo, regresaba de cazar junto a un vecino de Padilla de Arriba, Francisco Amo, más conocido como ‘El Hazañas’. Eran cerca de las seis de la tarde cuando Elicio invitó a Francisco a merendar en su bodega deVillamayor.

Según relataría más tarde éste último a la Guardia Civil, durante el transcurso de aquel tentempié Elicio le contó su escabroso plan, que ejecutaría instantes después. No en vano, sin mediar palabra, Elicio se levantó, salió de la bodega y entró en una contigua. Pocos segundos después dos disparos sacudirían la tarde: los que sirvieron para acabar con la vida de Gregorio Villescusa, el herrero, de 52 años, casado y con seis hijos, que se encontraba en la bodega de su propiedad, contigua a la de su asesino.

Aquello fue sólo el comienzo. El pelirrojo se dirigió al pueblo, ebrio de sangre y odio. El labrador Anselmo Bustamante, de 68 años de edad, que a esa hora se encontraba limpiando la era, recibió otros dos disparos. Por la espalda y a quemarropa, quedando malherido. Apenas unos pocos minutos, ya en el centro del pueblo, Elicio buscó y encontró al veterinario, Domingo Chomón, de 34 años de edad, casado y con dos hijos. Le disparó a bocajarro en el rostro, dejándole muerto en el acto. Pero la escalada de horror no se quedó ahí. Otro labrador, Prosidio Revilla, de 55 años, que también se encontraba limpiando su era, fue igualmente objetivo de la ira de Elicio: dos disparos acabaron con su vida.

Elicio Rojo Serna había sembrado de sangre y muerte todo el pequeño pueblo. Y de pánico. Ante este desolador panorama sólo tenía una alternativa: escapar. Antes de hacerlo, aún tuvo tiempo de coger un puñado de dinero y alguno enseres, y de bramar que había matado a cuatro personas - según el testimonio de un vecinoy que aún le quedaban otras tantas... Después se echó al monte. Huyó en dirección a las localidades de Villahizán y a Villanueva de Odra.

 

RASTREO Y BÚSQUEDA.

Horas después ya se había puesto en marcha un enorme dispositivo de rastreo y búsqueda. Guardias civiles de los puesto de Villasandino, Sasamón, Villadiego y Melgar de Fernamental salieron a capturar a Elicio. Pero no fue fácil. Según confesó ‘El Hazañas’, el fugitivo le había manifestado su intención de escapar por la Peña Amaya para después alcanzar la cordillera cantábrica, con el objetivo de unirse a un grupo de bandoleros. Y no había descartado la posibilidad de huir después a Francia. Luego la captura no iba a ser fácil. Tampoco facilitó las cosas la meteorología: la lluvia hizo su aparición, entorpeciendo todas las labores de rastreo. Durante varaias días nada se supo de Elicio Rojo, que en el momento de su huida vestía una chaqueta de pana y un pantalón azul.

Exactamente un mes y una semana después, cuando se barajaba la posibilidad de que hubiera logrado alcanzar su objetivo, ya que parecía imposible que en ese tiempo no hubiera aparecido o no se le hubiera visto merodear por ninguna localidad buscan alimento, el pastor Marcial Lastra encontró su cadáver a poco más de un kilómetro del pueblo de Amaya, entre las abruptas rocas de una loma.

Junto al cuerpo sin vida del asesino había dos cartuchos. Uno de ellos vacío: el que le había servido para destrozarse de un solo disparo la cara. Y para acabar con su vida. Para ello empleó la misma escopeta con la que cometió sus horrendos crímenes.

*Este artículo fue publicado en la edición impresa el 1 de febrero de 2004