El primer Robinsón de la España desierta

R. Pérez Barredo
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Viajamos a Castil de Carrias, primer municipio del país en contar con un único habitante. Florentino González vivió 20 años solo en este pueblo. Su historia, que se hizo famosa en los 80, es hoy emblema y símbolo de la realidad de la Laponia española

En primer término, reportaje de El Caso con Florentino González posando con la iglesia al fondo, que en esta fotografía se ve desde la misma perspectiva. - Foto: Alberto Rodrigo

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Castil de Carrias, icono de la España vacía

Muchos años después, frente a la casa en la que apareció muerto Florentino González Sáez, último habitante de Castil de Carrias, Javier evoca la figura de aquel Robinsón del páramo que se obstinó en vivir en soledad durante cuatro lustros en el pueblo en el que nació y del que no se movió en toda su vida. "Era muy suyo. Le gustaba estar aquí. Labraba alguna tierra, tenía gallinas y era cazador con galgos, aunque no se llevaba con el guarda forestal", dice riendo entre dientes.

No hace un frío extremo en este despoblado de La Bureba ubicado entre Briviesca y Belorado gracias a que el viento, que suele enseñorearse por estos pagos con instinto criminal, no ha mostrado hoy sus dientes. Castil de Carrias se recorta a contra cielo, como si gravitara mágicamente sobre las lomas pardas y los sinuosos alcores que rodean el caserío. El silencio de sus ruinas sobrecoge. Desde algunas zonas, el aspecto del pueblo es fantasmagórico, espectral, cual si una hecatombe nuclear o un bombardeo masivo lo hubieran dejado así, desventrado, a merced de la maleza y del olvido.

Llegamos persiguiendo el rastro, la sombra de un fantasma del pasado, como aquel Juan Preciado que se acercó un día a Comala buscando a Pedro Páramo. Florentino González murió un mes de enero, tan desabrido o peor que éste. Fue en 1994. Un cazador halló su cuerpo delgado y sarmentoso sobre la escaleras de su última morada. Había vivido solo veinte años, desde aquel 1975 en que marcharon las dos últimas familias del pueblo, convocando un silencio casi definitivo en Castil de Carrias.

Regresamos hoy, un cuarto de siglo después de que quedara definitivamente abandonado, para señalar a Florentino González como un símbolo: fue el primer rostro de la hoy tan cacareada España vaciada y vacía al revelarse, durante las segundas elecciones municipales de la democracia (1983), que había un municipio en España que tenía únicamente un vecino. Aquel hecho que se antojaba a todas luces insólito provocó una gran reacción inmediata en medios de comunicación nacionales: periódicos como el diario El País -en el que Arsenio Escolar firmó un reportaje espléndido-, revistas, programas de radio e incluso televisión se hicieron eco de la historia del primer Robinsón de una España cuya desertización, iniciada tímidamente en la década de los 60, era ya entonces imparable.

Javier, cuyo tractor ha irrumpido en el silencio ominoso de Castil de Carrias, nos hace de cicerone por entre sus calles, citando recuerdos de infancia que cuesta imaginar ahora, con la visión de tantas casas hundidas y conquistadas por yedra y la maleza: él vivió en el pueblo cuando había cerca de cuarenta vecinos y hasta quince chavales en la escuela, cuyo edificio compartía con las dependencias consistoriales, como todavía puede leerse en sendas placas de cerámica. "El pueblo se vació por culpa del agua. La tenemos allá abajo. Había que subirla con baldes desde las fuentes de abajo del barranco por la cuesta del Pontón que llamamos, y encima no era un agua buena, era muy dura, con mucho yeso, de mala calidad".

"Sin agua aquí no se podía estar". Es la misma tesis que sostiene Andrés, otro agricultor con propiedades en el pueblo del que fue vecino y que nos ayuda a perfilar el pasado de este lugar. "Sin agua aquí no se podía estar. Y ahora que tenemos -señala un moderno depósito de color blanco, que se antoja una rareza entre la desolación de las casas- no vive nadie. Ni va a vivir nadie ya", subraya. 

Castil, como señala Elías Rubio en su imprescindible libro Los pueblos del silencio, llegó a tener hacia la mitad del siglo XX tres cantinas, una de las cuales hacía las veces también de tienda de ultramarinos. En una de estas permanecen, como mudos testigos de que una vez hubo vida, dos botellas de vino vacías, inertes sobre una barra adusta y humilde, cubierta de polvo. Se da la circunstancia de que en esa casa vivió duante años Florentino González, aunque nada queda ya de su presencia entre esas paredes. Ni de sus gallinas. Ni de su galga Culebra, con la que iba a cazar liebres.

"No hubo manera de convencerle para que se fuera a vivir a otro pueblo, a Briviesca o a Belorado. Era muy cabezota. Recuerdo que en aquellas elecciones en las que se hizo famoso le llevé yo a Belorado a votar", apostilla Javier, que sube casi a diario a Castil, donde posee una nave en la que guarda su maquinaria agrícola, con la que trabaja fincas de su propiedad repartidas por la comarca. "El invierno es duro y hay que guardar mucha leña para no congelarse. De gallinas, cuatro hay, las suficientes para comer algún huevo de vez en cuando. También tengo dos pollos que, más que nada, me sirven para despertarme", confesaba al plumilla de El Caso en 1985, publicación en la que predijo el futuro del pueblo: "Esto ya no tiene arreglo ninguno. Aquí no va a volver nadie". Acertó, claro: cierto es que de unos años a estar parte se ha recuperado una fiesta en septiembre en la que se reúnen numerosos castrillanos para tratar de mantener vivo el recuerdo del pueblo lomés, pero que también este ha sido escenario del rodaje de una serie de televisión: nada menos que para representar en la ficción a la localidad vizcaína de Guernica bombardeada por la Legión Cóndor en 1937.
De Florentino González queda la memoria: la de quienes le conocieron y trataron, como Javier y Andrés. O la que estamparon en los papeles periodistas como Delfín Rodríguez o Arsenio Escolar, que lo retrató como lo que fue: un personaje literario, casi exponente de un realismo mágico castellano; un ser al que la soledad y el silencio sumió en una suerte de irrealidad, un estado del alma en el que confundía (o jugaba a confundir) incluso su identidad: lo mismo decía llamarse Alberto que Florentino. Un hombre que no recordaba a ciencia cierta su edad y vagaba entre las calles y las casas vacías como un fantasma esquivo, acompañado por su galga y por un transistor que consideraba una modernidad, atormentado por el fuerte ulular del viento, por las nubes y el frío secular de la paramera.