"En la UCI miran pantallas, nosotros mirábamos pacientes"

A.G.
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Blowin in the wind. Conversaciones sobre Burgos IV Martín de Frutos, médico intensivista

"En la UCI miran pantallas, nosotros mirábamos pacientes" - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Nació en Madrid en 1943 y no puede negarlo porque es hoy el día en el que, a pesar de que lleva en Burgos más de 40 años, tiene el deje castizo y el ‘ejque’ como si acabara de llegar del mismísimo Lavapiés. Allí estudió la carrera de Medicina, hizo la especialidad de Anestesiología y Reanimación y más tarde la de Cuidados Intensivos. En 1968 ya era medico adjunto en el Hospital de La Paz; tres años más tarde, con 28, jefe de sección, pero... la capital de España se le hacía demasiado grande: "Me agobiaba un poco la ciudad, yo quería un sitio más pequeño y justo en esos años salieron a la vez oposiciones para plazas en Vitoria, Granada y Burgos de jefe de servicio de Medicina Intensiva, así que me planteé la posibilidad de presentarme a algunas de ellas. El primer examen que se celebró fue el de Burgos y como aprobé pues ya me quedé aquí, una ciudad en la que solo había estado anteriormente una vez y de paso, y de la que recuerdo que me llamó la atención ver por el Espolón a niñas con uniforme de colegio de monjas con la cara colorada por el aire que hacía y pensé ‘pues aquí sí que debe hacer frío’".
Antes de presentarse a la oposición -para la que pusieron, según recuerda, "un examen asesino" que él aprobó con largueza pues acababa de obtener el doctorado en la Universidad de Granada en el que se había familiarizado con conceptos de la medicina intensiva venidos de Estados Unidos que fueron los que cayeron en aquella prueba - se acercó al Hospital General Yagüe para ver cómo era el que se convertiría en poco tiempo en su lugar de trabajo: Nada. Cuatro paredes. No había Unidad de Cuidados Intensivos, así que el 13 de octubre de 1977 Martín de Frutos Herranz toma posesión de su plaza como jefe del servicio sin tener un servicio propiamente dicho.
Con el plan de montar la UCI del General Yagüe dejó sin demasiada pena La Paz, un hospital en el que había sido testigo -si bien de manera secundaria- de uno de los principales acontecimientos del siglo XX en España: la muerte del dictador: "Franco murió debajo de mí. Yo trabajaba en la planta 7ª y a él le colocaron algunas más abajo; mi mujer, que es enfermera, le preparaba la sangre que le transfundían, y sí, el yerno, el marqués de Villaverde, que era compañero mío, era tan gilipollas como parecía", afirma con su habitual retranca.
La primera imagen que tiene de las ‘300 camas’ es la de un lugar un poco oscuro: "Probablemente llegué en un día poco luminoso". Aquí le esperaba un desangelado habitáculo y un equipo disperso pues los dos intensivistas que ya estaban en Burgos trabajaban en otros servicios al no disponer aún de UVI: "Empezamos solicitando material, haciendo algunas remodelaciones en el espacio que nos habían concedido y formando a las enfermeras: fueron 16 pero en los cursillos previos que se dieron se apuntaron 120 -todas las que había en la residencia- por la novedad que suponían los cuidados intensivos". El día 10 de enero de 1978 llegaron los primeros tres pacientes.
Así era el hospital que le recibió. En la ciudad se encontró con lo que buscaba, mucha tranquilidad, pero se dio cuenta de que la gente era "de la que no se te ofrece" aunque con algún matiz: "Cuando llegas como jefe de servicio del hospital es otra historia, enseguida me dijeron que me hiciera socio del Soto porque a mí me lo permitían, pero no me interesó. Aquí me recibieron bien porque era jefe y porque en el hospital venía a solucionar muchos problemas que no tenía resueltos, como la anestesia en enfermos graves, que antes no se podía hacer porque no había quien cuidara a los pacientes en el post-operatorio o la neurocirugía y otras cirugías agresivas que dependían totalmente de nosotros", afirma el médico.
40 años después -reflexiona- ni la ciudad ni la medicina son las mismas que conoció a su llegada: "Lo que más le ha dado un vuelco a todas las especialidades, a la evolución de la Medicina, aparte de la farmacología, son las pruebas de imagen. En los años en los que llegué aquí había mucha cirugía que se hacía ‘a ver qué puedo hacer’, de eso que dicen ‘han abierto y han cerrado’, es decir, se conocía que el paciente tenía un tumor pero no se sabía nada más. Ahora, cuando van al quirófano, parece que han abierto al paciente antes porque las pruebas de imagen te dan una información como si tuvieras las vísceras en la mano y, aunque la sorpresa no la evitas nunca, puedes decidir previamente lo que vas a hacer".
Otro de los cambios sustanciales que él ha notado es que ahora se tiene menos contacto con el paciente: "Se habla poco con ellos y se les piden muchas pruebas, que son datos objetivos y que son muy útiles pero... Mira, cuando voy ahora a la UCI -suelo pasar por allí muchas veces- les pregunto ‘¿qué? ¿qué tal están hoy las pantallas?’ Porque todos están mirando una pantalla, viendo los datos de fulanito, las últimas imágenes que le han hecho a menganito, la evolución de la gráfica de zutanito... antes eso se hacía en la cabecera del enfermo, así que cuando les veo en la cabecera de alguno digo... ¡Este tiene que estar muy jodido porque estáis aquí dos!".
LA HUMANIZACIÓN. Traer una especialidad nueva al hospital y a la ciudad supuso, además, incorporar una forma nueva de hacer medicina. "Una parte muy importante del día la empleábamos en hablar con las familias de los enfermos y eso creo que nos hizo tomar una cierta buena fama porque no había costumbre de que el médico les hablase, y si lo hacía, era de pie en un pasillo mientras pasaban por las habitaciones, porque era individuos muy, muy superiores. Nosotros no. Nosotros nos sentábamos al lado de la familia y le contábamos la evolución del paciente intentando sintonizar con el nivel cultural de cada uno para que todo se entendiera perfectamente. Fuimos los pioneros en atender lo que nos parecía más adecuadamente a los familiares: A muchos les sorprendía tanta cercanía", señala el intensivista, haciendo referencia, sin nombrarlo de esa manera, al concepto de humanización de la sanidad sobre el que ahora se discute mucho y se trabaja para incorporarlo a la práctica asistencial.
Se refiere también Martín de Frutos a la consideración social que tenía el médico en los años 70 del siglo pasado, de la que dice que no era tan elevada como en años anteriores a que el hospital se organizara el trabajo de forma jerárquica aunque sí que le quedaban todavía algunos resabios clasistas: "Se nos consideraba por nuestros conocimientos pero ya no éramos ‘don’, aunque sí que notaba que por ser jefe de servicio del Yagüe me trataban de una forma distinta... y a mi mujer en las tiendas, también. Cuando sabían que eras el jefe de la UVI o la mujer del jefe, ya la cosa cambiaba porque eras ‘alguien’. Yo no era de Burgos, por lo tanto era un advenedizo, pero estaba en un nivel muy alto".
De los miles de pacientes que pasaron por sus manos en más de tres décadas de profesión, el intensivista recuerda a algunos como aquel que -aún estaba en La Paz- estuvo seis años en la UVI porque no tenía familia. También le tocó atender a políticos y a magistrados, lo que le ha demostrado ampliamente que en el trance de la enfermedad y el dolor todos los seres humanos se parecen mucho.
Pese a estar jubilado desde 2005 -no quiso prorrogar su vida laboral y se jubiló con 62- y haber cumplido ya 75 años, Martín de Frutos no se ha desvinculado nunca del hospital. De hecho, sigue presidiendo el Comité de Ética de la Investigación con Medicamentos de Área de Salud de Burgos y Soria, cuya sede está en el HUBU, y hasta que la Escuela de Enfermería pasó a formar parte de la Universidad de Burgos, él siguió dando clase a nuevas generaciones de enfermeras. Así que raro es el día que no pasa por el que llama, parafraseando al psiquiatra Juan Mons, "hospital cardiosaludable": "Juan lo llama así porque hay que ver lo que te hace pasear. Y en la UCI también, y en la Unidad de Investigación, que antes era apenas un cuartito y un quirófano y ahora te pierdes".
No presume de ello pero de la construcción de este hospital en el que las distancias son kilométricas tuvo mucho que ver el empeño de Martín de Frutos, uno de los miembros más conspicuos de lo que se dio en llamar Plataforma por un Nuevo Hospital, un colectivo que nació en el verano de 1999 para oponerse de forma radical a la reforma que el Insalud preparaba para el viejo Hospital General Yagüe y exigir la construcción de un nuevo centro sanitario que diera respuesta a las necesidades de una ciudad que entraba en el siglo XXI con un hospital de principios del XX.
¿Era éste el edificio en el que pensaba cuando se manifestaba, cuando iba a ver a los representantes públicos o cuando -al igual que muchísimos compañeros- se puso un casco para denunciar las precarias condiciones en las que trabajaban en las viejas 300 camas? No. Lo tiene muy claro: "A mí me parece que está muy bien, está francamente bien, pero yo no pensaba que iba a ser así. Lo que he dicho después es que nos hicieron un hospital cuando éramos ricos que tenemos que pagar cuando nos han dicho que ya no somos ricos. Me parece que en una edificación como ésta no hacen falta esos patios tan grandes para tener luz y sin ellos se hubiera quitado metros de pasillo y dinero de pagar el mantenimiento y la limpieza. Hay, además, una enorme cantidad de superficie acristalada que se gasta en calentar... es un hospital carísimo pero, claro, se hizo en unos años en el que el dinero venía del cielo".
De aquella marea que comenzó con los médicos del hospital y terminó arrastrando -y de qué manera- a toda la población van a cumplirse dentro de unos meses 20 años: "Hay que ver cuántas cosas hicimos en ese verano, qué actividad tuvimos, nos reunimos con todo el mundo, de todas las ideologías, a la vez que hacíamos nuestro trabajo asistencial... Yo no tuve ninguna duda a la hora de sumarme a la Plataforma porque el Yagüe estaba en una situación muy mala, con pocas camas y en la UCI,

aunque ampliamos a 16 las plazas, la situación que teníamos a mí me producía problemas de conciencia: Si un día estaba planificado que iban a operar a tres personas, tenían que tener un hueco en la UCI para ellas porque no podía ser que se suspendieran las operaciones porque no hubiera camas; por eso había que dar de alta a enfermos para que hubiera espacio y dimos algunas en el límite de lo permisible".
La lucha de los médicos dentro de la Plataforma que ellos mismos crearon duró seis años. En 2005, cuando se anunció la construcción del hospital, ellos se retiraron y nunca entraron de forma conjunta en el debate sobre el modelo de gestión. ¿Por qué se tardó tanto en obtener un compromiso por parte de la Administración si era tan evidente que el Yagüe no daba más de sí? "No era tan evidente porque habían conseguido financiación europea para hacer ese bodrio que hubiera sido inmanejable, era una idea descabellada".
Aún así da por buenos esos seis años de reivindicaciones en los que se sentaron en mesas de negociación con ministras, directores generales, consejeros de Sanidad y el presidente de la Junta en varias ocasiones, "Los más duros de roer fueron los que más cerca estaban y tenían la capacidad de decisión. Creo que la barrera estuvo en Valladolid", rememora, a la vez que pone en valor el hecho de que todos los facultativos fueron a una a pesar de lo heterogéneo del grupo, en el que había médicos con una activa militancia conocida en diferentes partidos: "Ahí no hubo colores, todos teníamos el mismo objetivo y éramos muy libres, había una convocatoria para hacer algo y el que podía iba y allí nos encontrábamos todos. Fue una gran experiencia".