Marzo de 1924 - Doble asesinato en Sasamón

R.B.
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El tristemente famoso lema 'la maté porque era mía' ha dejado en toda la provincia burgalesa un reguero de sangre. El asesinato el 7 de marzo de Lorenza Simón y de su hija Teodora Herrera a manos del marido de la última fue un escalofriante ejemplo

La tradición oral ha transmitido de padres a hijos el terrible suceso que conmovió a la localidad de Sasamón en el año 1924 - Foto: Luis López Araico

VÍCTIMAS: Lorenza Simón y Teodora Herrera, madre e hija.

AUTOR: Un vecino de Castellanos de Castro, conocido por todos como Mínguez, y que había estado casado con Teodora

MOVIL: Los celos y el despecho

Ninguna de las personas que aquel 7 de marzo de 1924 se dirigían a Herrera de Pisuerga sospechaban las negras intenciones que albergaba en su cabeza uno de los pasajeros, el mismo que iba a apearse del autobús en el parador de Olmillos. Minutos después, aquel sujeto, conocido en aquellos contornos como Mínguez, iba a asesinar a dos mujeres a plena luz del día y sin otra razón aparente que el de los celos y el despecho.

El prólogo de este asesinato comenzó a escribirse años antes, cuando su autor, natural de Castellanos de Castro, contrajo matrimonio con Teodora Herrera, que vivía en la cercana localidad de Sasamón. Las dificultades económicas y las costumbres de la época hicieron que ambos compartieran vivienda con los padres de ella, donde pronto comenzaron a hacerse evidentes las disputas en el joven matrimonio.

Las desaveniencias fueron tales que acabaron con la separación de la pareja. Desde ese mismo momento, el rencor que el marido guardaba hacia la que había sido su mujer no hizo sino acrecentarse por momentos, hasta que por fin estalló una fría mañana del mes de marzo. Aquel día, con tanta premeditación como sangre fría, Mínguez se trasladó hasta la capital burgalesa con la intención de comprar el cuchillo que pondría fin a sus oscuras obsesiones.

Ya de vuelta con el arma en su poder y nada más descender del autobús en Olmillos, se fue directo al que había sido su domicilio conyugal. Las crónicas de la época y la tradición oral coinciden al señalar que realizó este trayecto «por las afueras del pueblo», queriendo evitar a toda costa que le viera alguno de los vecinos de la localidad.

Lo primero que hizo Mínguez al llegar a aquella casa fue preguntar por su suegro. «Está trabajando en las arenas», le contestaron desde el interior. Acto seguido, intentó penetrar en la vivienda, pero algo debieron de notar las que habían sido su mujer y su suegra que le impidieron el paso. «Se produjo un forcejeo, con él empujando la puerta y ellas tratando de impedírselo», relata un vecino de la localidad que, aunque nació apenas cuatro días después del suceso, ha oído mil veces como sus mayores describían los hechos con gran profusión de detalles.

La fuerza del varón acabó imponiéndose a la maña de las dos mujeres y, una vez franqueada la puerta, clavó el flamante puñal en el costado izquierdo de Teodora, quien cayó al suelo fulminada. Al verlo, su madre, Lorenza Simón, acudió presta a buscar auxilio entre los vecinos del municipio, pero antes de llegar donde uno de ello fue alcanzada por el asesino, quien también la acuchilló hasta matarla. La nieta, que también se encontraba en casa en ese momento, se escondió dentro de la casa «y así pudo salvar su vida de los feroces instintos de aquel malvado».

El autor de ambos crímenes, ciego de ira y odio, fue entonces en busca de su suegro, rodeado por un grupo de niños que no paraba de increparle con términos como «asesino» o «matador», según asegura el cronista de aquel suceso. Mientras tanto, y por otro lado, los señores Rilova y Atienza «dueños de automóviles de carreras» salieron acompañados de los somatenes (cuerpo de gente armada no perteneciente al Ejército) Jerónimo y Julio Martín. Este grupo llegó antes que Mínguez donde se encontraba el marido y padre de las víctimas, por lo que pudo llevarle sano y salvo al pueblo, donde observó el horrible panorama.

Al conocer los hechos, y la forma en la que se habían producido, la mayoría de los vecinos de Sasamón salieron de sus casas armados con todo tipo de herramientas «en persecución del criminal y con el propósito decidido de lincharlo». A la vista del evidente peligro que corría, el asesino cogió otro camino, el de la huida, yendo a esconderse a Olmillos, precisamente donde había comenzado su macabra aventura. Allí, se metió en la cuadra de una venta cercana a la carretera, cerrándose a cal y canto en su interior para evitar que la turbamulta entrara para acabar con su vida.

Esa artimaña no le sirvió, sin embargo, para burlar a la Guardia Civil, que le capturó y le puso a disposición de la Justicia. La tradición oral ha guardado desde entonces uno de los momentos más macabros. Y es que, según aseguran los más viejos del lugar, en el momento de ponerse manos arriba, el cuchillo se le quedó pegado a una de las palmas, dada la gran cantidad de sangre que habían derramado sus víctimas.

La cárcel fue el destino que aguardó a Mínguez quien, no obstante, logró salir de aquel recinto pasados los años, a tenor de lo que atestiguan algunos vecinos de la zona. Al parecer, volvió a su pueblo natal, Castellanos de Castro, aunque nadie se molestó en seguir su pista después.

* Este artículo fue publicado en la edición impresa el 15 de febrero de 2004