Confinada en el HUBU por amor

GADEA G. UBIERNA
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Concepción Valdivielso está aislada en la misma habitación del Hospital Universitario de Burgos en la que su marido, ciego, recupera fuerzas tras dos meses en la UCI por el coronavirus

Concepción Valdivielso y Ricardo Álvarez, en la habitación del HUBUen la que esperan que él reciba el alta. - Foto: DB

Concepción Valdivielso lleva tres meses sometida a una presión difícil de aguantar. Primero fueron los temores por el posible contagio de su marido, Ricardo Álvarez, del SARS-CoV-2; sospecha que se confirmó el 26 de marzo con una indicación de ingreso inmediato en el HUBU. A la semana hubo que trasladarlo a la UCI y, después de 60 días críticos, una traqueotomía y la superación de otra infección por una bacteria hospitalaria, Álvarez subió a planta de nuevo. Pero esta vez allí lo esperaba Valdivielso -Conchi para la familia-, dispuesta a no salir de la habitación en la que Álvarez, ciego desde hace 13 años por una enfermedad genética y en tratamiento oncológico desde hace 4 por un melanoma en la pierna, recupera las fuerzas. Ganas no le faltan y apoyo tampoco. 

«Todo el mundo se ha portado de maravilla con él, médicos, enfermeras... Estamos muy agradecidos, pero yo he venido para subirle la moral un poquito», dice la mujer, que cuando supo que subía otra vez a planta decidió encerrarse con él. «Es muy duro, porque una vez que entras, no puedes salir. En principio me dijeron que ni al pasillo, pero este lunes ya me autorizaron a bajar a la calle, dentro de recinto, para que me dé un poco el aire», explica Conchi, sin necesidad de detallar que necesita liberar tensión. «Han sido tres meses tremendos, con muchas cosas en muy poco tiempo», admite, en conversación telefónica.

Álvarez se pone enseguida para relatar por sí mismo que los primeros síntomas de la infección por coronavirus los notó el fin de semana en el que se decretó el estado de alarma. Con voz firme, señal de mejoría, recuerda que «empecé notar fiebre, temblores, perdí el sentido del gusto...». Unos días después, cuando ya se había aislado en un dormitorio de casa, perdió el conocimiento «y en el 1-1-2 me dijeron que eso era una bajada de tensión y que no tenía que ver con el coronavirus, supongo que porque estaban saturados». Pero cinco días después, en Urgencias del HUBUconfirmaron sus dudas y decidieron el ingreso, que no ha acabado. «Son muchos días, pero tengo que agradecer el servicio que me han prestado. A la doble neumonía y la traqueotomía, hay que añadir que cogí una bacteria en el quirófano y que tuve que empezar de nuevo;estoy vivo de milagro», cuenta.

Pero los 63 años de Ricardo son un ejemplo en sí mismos de superación y de ganas de vivir. Siendo veinteañero le diagnosticaron una retinosis pigmentaria, un conjunto de lesiones de los ojos que conllevan la pérdida de la vista. En su caso, a los 50 años la ceguera ya era total. Pero no se queja, como tampoco lo hizo cuando le detectaron un melanoma «de grado 5 en la pierna». Su oncólogo le propuso un tratamiento nuevo, a base de inmunoterapia -«me va bastante bien, los tumores han desaparecido»- que ahora ha tenido que interrumpir para poder centrarse en dejar atrás la enfermedad del coronavirus, la covid-19. «Esto ha sido, y es, muy duro. Tras tanto tiempo en la UCI uno al menos es consciente de que está vivo, pero ahora viene la segunda parte: la rehabilitación, porque no me tengo de pie».

Tanto Ricardo como Conchi explican que tiene unos temblores en las piernas que no le permiten sostenerse, pero ha empezado a recibir algo de fisioterapia y confían en que en unos días lo deriven a San Juan de Dios para un tratamiento más completo. «No peleo con la vida, me ha tocado lo que me ha tocado y lo que quiero es vivir. Y lucharé para ello todo lo que sea necesario», señala, ahora con Conchi a su lado y ya centrados en la siguiente etapa de su recuperación. Física, mental y emocional.