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Fiasco y lecciones de la experiencia piloto

H.J
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El quinto depósito se implantó en los barrios del G-3 y Cellophane en el año 2015 a modo de prueba, pero la falta de concienciación sobre su uso ha acabado privándolo de sentido

Contenedor en el G-3 - Foto: Christian Castrillo

Josué Temiño no duda en describir como un fracaso el proyecto piloto iniciado hace dos mandatos municipales porque «esta recogida de materia orgánica en los dos barrios apenas se conoce, no ha conseguido los resultados esperados y no hay diferencia significativa con el depósito que hacen los ciudadanos en el contenedor de resto, el gris».

De ahí que de cara al futuro el Consistorio tenga por delante «una gran tarea de concienciación y una labor enorme de educación», que además llegará acompañada de cambios físicos en estos contenedores, porque pasarán de ser de plástico a ser metálicos y a contar con un pedal. Todo ello en el marco del nuevo contrato, el mayor de todos los que dependen del Ayuntamiento, con un valor de casi 160 millones de euros a lo largo de la próxima década.

Tal y como recuerda Temiño, la iniciativa del quinto contenedor arrancó hace seis años y medio. Por aquel entonces la empresa adjudicataria ya era Semat, que todavía seguirá prestando el servicio durante unos meses hasta que se complete el traspaso hacia la recién elegida como nueva concesionaria, Urbaser. Estaba obligada cada año de contrato a la reposición de 50 contenedores anuales.

En 2015, con la implantación del quinto contenedor en estos dos barrios se realizó el gasto de compra de los contenedores que quedaban de contrato, 150 contenedores para los años 2016, 2017 y 2018. Y aquello «fue una decisión errónea, además de una mala gestión, la de gastar los medios del contrato en vigor de esa forma y la compra de un modelo de contenedor que no era el acertado».

Los contenedores marrones, que son de plástico, «producen mayor suciedad y estéticamente así se puede observar, más actos vandálicos, roturas, quema por incendios, no tienen mecanismo de pedal para que el ciudadano pueda abrirlo… En fin, una decisión que no comparto en absoluto», apunta Temiño. A su juicio, hubiera sido más conveniente buscar otra partida presupuestaria  y «no consumir los medios del contrato vigente y licitar un contrato con garantías, con las necesidades reales en ese momento para la compra de esos contenedores».

De hecho, añade el concejal, entre los años 2018 y 2020, cuando han estado en vigor sendas prórrogas del contrato de prestación del servicio de limpieza y recogida de basuras, «la empresa no procedía a la reposición, y desde la finalización del contrato en enero de 2020 hasta la nueva adjudicación no podemos cambiar ningún contenedor», apuntan desde el Ayuntamiento.

Esto ha provocado quejas vecinales constantes por el mal estado de los depósitos «y lo único que está en mis manos es encargar a Semat con una elevada periodicidad que realice campañas de actuaciones de mejora como soldaduras, pintura, y arreglos en pedales rotos…», añade el responsable de Medio Ambiente.

La consecuencia es que han pasado años sin reposición de los contenedores «por un gasto anticipado y un proyecto piloto, que años después se ve que no fue muy reflexionado ni suficientemente dimensionado».

El resultado es que hay muchos contenedores marrones que han desaparecido, o han acabado reemplazados por depósitos metálicos repintados que apenas se distinguen de los grises que están a su lado, y todo ello provoca que el ciudadano no se moleste en reciclar la fracción orgánica o simplemente desconozca el sentido y la utilidad de estos container. En ellos solo deberían acabar los restos de alimentos como pieles y restos de frutas y verduras crudas o cocinadas, así como carne, de pescados y mariscos, de pastas y arroces, cascaras de huevos, posos de café y té, bolsitas de infusiones, pan, palillos, hierbas o plantas. Cualquiera que se asome a ellos podrá ver de todo y se dará cuenta enseguida que aquello no tiene aprovechamiento.