Palabra de superviviente

Angélica González
-

Treinta y cuatro años después de que se le diagnosticara el VIH/sida, Juanjo Bellanco está estupendamente y tiene la intención de donarsu cuerpo a la ciencia. Es uno de los que resistieron a los peores momentos de la enfermedad

En primer plano, Juanjo Bellanco, al que observan el médico Juan Francisco Lorenzo y el presidente del Comité Anti-Sida de Burgos, José Antonio Noguero. Al fondo, Antonio y Miguel, también supervivientes, que no quisieron salir en la foto. - Foto: Alberto Rodrigo

Fue el mismo año en el que falleció Rock Hudson de sida, sacando del armario a nivel mundial no solo su condición sexual, que durante décadas había escondido en un Hollywood puritano y homófobo, sino, además, una enfermedad terrible de la que se hablaba en voz baja. Era 1985 y no hacía mucho tiempo que se había empezado a tener noticia de un virus que se cebaba en algunos colectivos, que se conocía poquísimo y que daba un miedo horrible porque mataba mucho. Eran los tiempos en los que cundió la paranoia porque no se sabía la forma que tenía de transmitirse y en los que en varios colegios españoles se acosó a niños en edad preescolar hasta expulsarles por tener anticuerpos de VIH. En este contexto, en el Hospital General Yagüe a un joven heroinómano de 21 años, Juanjo Bellanco, de Gamonal de toda la vida y que había ingresado por una neumonía, le diagnostican sida, con lo que tenía todas las papeletas para fallecer en apenas un par de años -tres o cuatro como mucho-, como le pasó a toda aquella generación. Pero contra todo pronóstico Bellanco ha cumplido los 55, está como una rosa y tiene toda la intención de donar su cuerpo a la ciencia.
Hay una explicación desde el punto de vista científico de por qué Juanjo no se ha muerto. La da el que fue su médico durante muchísimos años, Juan Francisco Lorenzo, internista e histórico miembro del Comité Ciudadano Anti-Sida, quien sonríe cuando escucha los planes que Bellanco tiene de que su cuerpo sirva para la investigación cuando fallezca, y recuerda que la cascada de muertes que se produjeron en Burgos comenzaron apenas un poco después del año de su diagnóstico: «En el sida se produce una lucha biológica entre el sistema inmunológico y la población viral que uno tiene. Hay personas, a las que hemos llamado supervivientes, con un sistema inmunológico muy competente, que funciona muy bien, y si a eso se une que tienen el VIH pero no mucha población viral o no es muy agresiva, el sistema inmunológico es capaz de mantener al virus a raya sin que éste llegue a producir una inmunodepresión muy severa y que acabe muriendo de una infección oportunista. Solo estas personas consiguieron aguantar, trampeando durante aquellos años, porque nunca llegaron a estar excelentemente bien hasta que aparecieron los fármacos poderosos, los inhibidores de la proteasa, que supusieron un punto de inflexión y eso no fue hasta 1996».
Juanjo ha sido uno de estos afortunados pero jamás lo hubiera pensado aquel día en el que temblando y con una fiebre de 40 grados decidió que era el momento de ir al hospital: «Estaba en un bar con unos colegas y me sentía fatal, no podía más y les dije que me llevaran a Urgencias. Allí me ingresaron, enseguida vieron que tenía neumonía pero tardaron muchos días en decirme lo del VIH porque antes no era tan rápido como ahora. Y me dijeron que era seropositivo pero no lo encajé ni bien ni mal. No lo di importancia porque mi vida en aquellos años era solo chutarme y buscarme la vida para ir a pillar». Tenía 21 años y no había oído hablar del sida.
De lo que sí tenía plena conciencia era de la presencia de la heroína en su vida, a la que llevaba enganchado tres o cuatro años y que empezó esnifando: «Te ponías pedo y te alejabas de todo, muchos nos pasábamos todo el día en la calle, robando y sin ir al colegio y eso que éramos de una época a la que a los niños no nos faltó de nada. Bueno, una cosa sí que nos faltó: información. Nadie nos dijo nunca que eso que hacíamos nos podía enfermar y matar. Nosotros lo que hicimos fue buscarnos la vida». Es la definición perfecta de una generación, la nacida entre finales de los 50 y principios de los 60, que fue brutalmente diezmada por las drogas y el sida.
Eran tales los excesos de la época que Juanjo -quien perdió a su hermana mayor también por el VIH- no tiene empacho en admitir que llegó a pincharse «con una chuta que tenía sangre de otro y, además, con caballo dentro porque la otra persona ya no se encontraba las venas y dejaba las chutas enteras». Reconoce que había quien era muy estricto y no compartía el material pero que no era su caso: «A nosotros nos daba igual, llegabas con el mono y te ponías en cualquier parte porque había heroína en cualquier parte: Fernán González, Bakimet y otros barrios por donde se movían los camellos, que, por cierto, casi todos, por no decir todos, están muertos».
No tiene empacho en enseñar las huellas de las agujas en su antebrazo de la misma manera que cuenta con toda la naturalidad que se quitó de la heroína en Proyecto Hombre, que recayó en la cocaína, que salió de ella a pelo y que hizo sufrir muchísimo a su familia: «A pesar de todo, mis padres siempre estuvieron ahí, sacándome de todos los líos en los que me metía, que tampoco fueron muy gordos porque yo era cagoncillo y no hice como otros, que atracaban para conseguir la droga: al que está enganchado todo le da lo mismo».
Es en el momento en el que se ve limpio de toda droga cuando empieza a ser consciente de que tiene una enfermedad crónica que, además, supone un enorme estigma social: «Lo del estigma ya me llegó estando en el hospital porque aunque no tenía ni idea de lo que era el VIH sí vi que los platos y los vasos que me daban a mí eran desechables y que se ponían mascarillas y guantes para tocarme todos los profesionales que no eran de Medicina Interna, que nunca nos discriminaron y tengo que decir que las enfermeras que estuvieron con nosotros eran magníficas».
Vivir con sida no es sencillo para Juanjo. Lo sabe su familia, un círculo pequeño de amigos -«ahora, cuando me vean en el periódico, lo van a saber más»- e intenta no dar explicaciones, sobre todo en el ámbito laboral. «Tengo una minusvalía y no pocas veces me han preguntado que por qué, algo que no es legal. Hace no mucho me pasó otra vez y contesté: tengo sida. La persona se quedó congelada».
Ahora su situación es muy estable y tiene una carga viral indetectable lo que significa, explica Lorenzo, que no puede transmitir el sida «porque si no hay VIH en sangre no lo hay en ningún fluido orgánico y, por tanto, es intransmisible». «Aún así, da igual -se lamenta Juanjo-, la discriminación seguirá existiendo porque la gente somos muy catetos y muy miedosos». El internista confirma esa percepción aunque lo dice de otra manera: «Vivimos en una sociedad que está en una adolescencia intelectual y cognitiva con respecto al sida, que no ha evolucionado y a la que le da igual que se lleven más de treinta años de campañas informativas porque en este, como en todos los ámbitos de la vida, las evidencias no modifican las creencias. Es cierto que la gente ya no se muere de sida porque con tratamiento estable viven lo mismo que el resto y al oír esto alguien, sobre todo los jóvenes, podría decir que ya está, que no pasa nada. Pero sí pasa porque esta enfermedad tiene mucho que ver con las relaciones humanas, familiares, sexuales, emocionales, con muchas cosas muy importantes en la vida. Hay que decirles a los jóvenes que no pueden perder el respeto a la enfermedad porque aunque no se mueran les va a condicionar toda su vida».
Mientras Juanjo y Lorenzo hablan les escuchan Antonio y Miguel, también supervivientes como él pero que no se han atrevido a salir en la foto. El primero vive en un pueblo pequeño, está buscando  trabajo y cree que aún existe el estigma suficiente como para que aparecer en el periódico sea una sentencia civil que le condene a seguir en el paro los 5 años de vida laborable que le quedan «aunque yo no perdí el empleo por la enfermedad sino por la crisis». Tiene 60 y un aspecto impecable a pesar de haber contraído el VIH también en los años 80 «no sé de qué, podría ser de la droga porque me chutaba muchísimo pero igual fue de algún polvo». Tampoco él pensaba que iba a sobrevivir tanto y se apunta a la explicación del médico mientras bromea: «Quizás la leche que yo mamé estaba muy buena». Miguel es más callado. También más joven que sus dos compañeros y, por tanto, no vivió aquella época tremenda pero, al igual que ellos, viene de la droga -con 15 años ya consumía porque su hermano era traficante- y de mucho sufrimiento y soledad y estigma. Es el único de los tres que tiene pareja, una mujer también seropositiva con la que convive.  
Tanto Miguel como Juanjo aseguran que piensan mucho en la muerte: «A veces -confiesa Juanjo- oigo hablar de la muerte en la tele y pienso en mis hijas y prefiero no hablar de ello o me como mucho la cabeza sobre si mañana no abriré el ojo. Pero otros días me levanto y dijo ‘qué de puta madre, otro día que estoy aquí’».