El alcalde que plantó cara a los franceses

S.F.L.
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Damián López Calzada, regidor de Briviesca desde 1803 a 1815, demostró un gran afecto a su ciudad y vecinos con sus heroicas acciones

La sede del Ayuntamiento se ubicó en la sacristía de la iglesia Santa María. - Foto: DB

La capital burebana ha dado a lo largo de la historia personajes insignes como la poeta Francisca de Briviesca, el descubridor Alonso de Bañuelos o Francisco de Soto Guzmán, conocido popularmente como el Marqués de Torresoto. 
Pero si destaca un político por su coraje, este fue Damián López Calzada, alcalde de Briviesca durante los años 1803 a 1815, entre los cuales tuvo lugar la despiadada ocupación de las tropas francesa en la guerra de la Independencia española. Los documentos de la época hablan del regidor como un hombre «valiente» que realizó heroicas acciones a favor de su ciudad y sus vecinos.
Según consta en actas del Archivo Municipal del Ayuntamiento briviescano, la ciudad la invadieron dos batallones -durante los años 1807 hasta 1813- de la tercera división del Cuerpo del Océano al mando del Comandante Lecrerc. También se instaló un hospital de sangre y un importante centro logístico. Estos asentamientos trajeron consigo a más de 2.500 soldados franceses, cifra que en aquellos años superaba a la población de la localidad, que alcanzaba los 2.200 habitantes repartidos en 505 familias.
En el edificio consistorial, que por aquel entonces se ubicaba en la sacristía de la iglesia Santa María, en la actual calle Pasaje de Santa Fe, se establecieron los altos mandos francos y desde entonces exigieron a López Calzada una contribución económica mensual y todos tipo de artículos para su manutención, como pan, carne y vino. En los escritos a los que el aficionado a la historia de la capital burebana, José María Ortiz, ha podido investigar, aparecen redactadas las cantidades de producto que los franceses exigían: 300 fanegas de trigo y 600 de cebada. 
En esas fechas el municipio contaba con pocos recursos para atender a las fuerzas, lo que provocó consecuencias terribles para algunos vecinos. Para evitar asesinatos y saqueos por parte de los soldados galos y así atender a sus demandas, el alcalde tuvo que enajenar varias tierras y bienes municipales. En un documento del Archivo se puede leer como vendió seis eras de trillas, seis suertes de huertas y otros tatos bienes comunales como cuadras y bodegas. «Así se lo planteó en un concejo abierto a sus concejales Joaquín Santaolalla, Manuel Barriocanal, Juan Sagrado y Ramón Ortega», afirma Ortiz.
Igualmente se preocupó por el patrimonio artístico. La iglesia Santa Clara fue utilizada como depósito de prisioneros y establo. El retablo fue sometido a mutilaciones y daños que incluso pueden apreciarse hoy en día. Para eludir su mal trato, Damián, acompañado de su fiel amigo, Miguel de Medinabeitia, tuvo el valor suficiente para solicitar una reunión con el comandante de la plaza, el capitán Bellatón, que accedió a poner una guardia permanente para preservarlo.
Si hay una fecha señalada dentro de la guerra de la Independencia en Briviesca, esta coincide con el 9 de noviembre de 1808, día en que Napoleón Bonaparte pernoctó en la ciudad. Fijó su cuartel general en las afueras y según las declaraciones de un testigo de la época, «muchos de los habitantes huyeron a las montañas por miedo a la temible guardia imperial», expone el aficionado historiador. Los días, meses y años pasaban y las arcas municipales se vaciaron. La población se arruinó al tener que entregar lo poco que tenían al ejército invasor y muchas de las viviendas quedaron ocupadas. 
Ante dicha situación, algunos briviescanos reaccionaron constituyendo su propia guerrilla encabezada por el fraile cartujo, Fray Francisco Echevarria de Briviesca, y por el cura Francisco Antonio Salazar, natural de Vileña, quienes organizaron una partida de 80 jinetes y 120 infantes que trajeron en jaque a las tropas francesas desde Cubo de Bureba hasta Monasterio de Rodilla.
Como represalia ante el movimiento social, los franceses amenazaron al primer edil con quemar la localidad y con saquear todo en cuanto se encontrasen a su paso. Este tomo una vital determinación y se dirigió a Miranda, donde se ubicaba el cuartel general de la división, y fue entonces cuando los franceses dejaron de acometer excesos en Briviesca.
Existe una carta fechada el 7 de julio de 1811 donde Damián López Calzada agradece al comandante Joüan de Miranda la protección que este dispensó al pueblo y al vecindario briviescano. El escrito va firmado también por personas notables Alejandro Arce, Francisco de Soto, Manuel Angulo y Juan del Val.
El 16 de junio de 1813 los franceses abandonan Briviesca. Una hilera de carros de más de una legua cargados con obras de arte robadas y con algunos españoles afrancesados se dirigieron a Vitoria. Una vez que la ciudad quedó liberada, ordenó echar un bando en el que la Constitución -proclamada un año antes en Cádiz- fue leída en iglesias y plazas. Asimismo, mandó engalanar las calles, hubo bailes y repique de campanas.
Al mismo tiempo y para evitar el pillaje y la rapiña en las casas abandonadas, creó la «Comisión de la Tranquilidad Pública», que atribuía a un clérigo y a un seglar a vigilar todas las calles. Su misión consistía en cuidar los bienes comunes y privados y hacer respetar el orden público.