Sonriendo a la vida desde 1919

S.F.L.
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Valentín Cuesta sopla hoy 100 velas rodeado de su familia. Cree que su longevidad se debe a que ha comido y bebido lo que ha podido

Actualmente vive en una residencia y sale varias veces a la semana de paseo por Briviesca acompañado de un nieto. - Foto: S.F.L.

Valentín Cuesta no tiene un secreto en concreto de longevidad: posee una mente sana, ha tenido buenas compañías, se ha tomado la vida con humor pese a las duras vivencias que ha pasado, hasta hace poco ha disfrutado de la comida y la bebida que le apetecía, y durante un siglo de vida se ha mantenido ocupado... Mientras la ciencia se empeña en buscar fórmulas para alargar la existencias, él llega hoy a los cien años empujado por el optimismo. 
Utiliza los recuerdos como un estímulo y no como la frustración de lo que fue y ya no puede ser. Es testigo de una época que cambió el transporte en burro por la velocidad de las autopistas, el boca a boca por el teléfono móvil, las verbenas en las plazas de los pueblos por las macrodiscotecas… Por vivir un siglo lleno de aventuras, unas buenas y otras no tanto, Valentín celebra su centenario rodeado por parte de su familia. Para festejar tan importante evento, un amigo de la familia tocará a las 14:00 horas en la Plaza Mayor de Briviesca unas jotas con la dulzaina en su honor. 
El ‘abuelo’, así es como le llaman sus allegados, nació en Galbarros de Bureba un 19 de julio de 1919 en el seno de una familia humilde. Sus padres, Casimiro y Tomasa, tuvieron otros 5 hijos más. Pese a la memoria de elefante que conserva el único varón censado en Briviesca con un siglo de edad, no recuerda con cuantos años comenzó a ir a la escuela, pero sí a su maestra Mariví. Aunque fue «vago y un poco torpe», aprendió a leer, escribir y hacer cuentas.
Con sólo 17 años abandonó obligado su vida en el pueblo y se fue a combatir a la Guerra Civil. «Si te negabas a ir te fusilaban», recuerda con pena. Estuvo los tres años que duró incluso en la cruenta Batalla del Ebro dentro de la División 53 de Infantería en primera línea de fuego. «Bebíamos coñac para que desapareciera el miedo durante horas», rememora el anciano. Tuvo la suerte de regresar a casa sano y salvo pero vio caer a muchos compañeros y amigos. Con el final de la Guerra en 1939 se trasladó al Palacio del Pardo en Madrid para hacer  guardias. Se acuerda de ver en alguna ocasión a Franco y de cazar para comer lagartos y culebras porque «el hambre apretaba con fuerza» su estómago.
Uno de los días más felices de su vida fue cuando se casó con Valentina en Valdearnedo de  Bureba. Tuvieron 7 hijos y allí vivieron y trabajaron duramente como agricultores. Fue otra etapa difícil de su vida, se tiraba todo el día en el campo para poder sacar adelante a su familia. Cansado de esa rutina, emigró al País Vasco donde estuvo trabajando en la Naval de Sestao hasta que se jubiló con 60 años. Fue entonces cuando se compró piso en la capital burebana y regresó a Castilla, donde siempre había querido vivir. A los 74 años enviudó y decidió coger plaza, según él, en «la mejor residencia del mundo», La Milagrosa en Briviesca. Hasta los 90 años salía y entraba cuando quería, actualmente lo hace en compañía de uno de sus nietos. 
Sobre la fórmula de su larga vida dice que nunca ha tenido envidia de nadie y que comerse hasta 40 kilos de naranjas y plátanos al mes durante muchos años le ha venido «de perlas». Al final ha tenido que dejar la fruta porque no le conviene «estar gordo para poder andar con su mejor amigo», su taca-taca. Una frase típica del ‘abuelo’, conocido como Tejero, es que «en esta vida tripa llena sacarás y poco más», por lo que alienta a todo el que conoce a disfrutar al máximo.