Magia sin flauta

Ilia Galán
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La pieza de Mozart, una de las más sublimes del compositor, cuenta con un ingenioso montaje que logra el disfrute generalizado, al tiempo que consigue un divertidísimo espectáculo

Magia sin flauta

Obra cumbre de uno de los más indiscutibles genios de la Historia es La Flauta mágica de Mozart, y no es extraño que esta reposición, con el mismo montaje que vino hace cuatro años, jugando con el cine en blanco y negro o el cabaret berlinés, haya logrado un lleno en casi todas las funciones. Pese a que la escenografía apenas se realiza en dos dimensiones, con dibujos animados, pese a los lobos infantiloides que salen como coro o a que este a menudo quede escondido en los laterales, pese a que la pirámide egipcia, los jeroglíficos y el ambiente mistérico queden algo desdibujados, pese a que los recitativos se sustituyan por breves transcripciones textuales, pese a que la flauta no aparezca salvo sonando, sustituida por una especie de dibujada hada o impertinente Campanilla (la de Peter Pan, pero desnuda)..., resulta ingenioso el montaje y consigue un disfrute garantizado, tal y como celebran los generales aplausos. Esta obra que, junto a La clemencia de Tito, se gesta en su último año de vida, en 1791, con la Revolución Francesa bullendo cerca, entre la esperanza y el temor de muchos, asombrados ante tales cambios, no es obra solo de entretenimiento sino que está preñada de poderoso pensamiento.
Las máximas que emergen de esta obra simbólica son hermosas: cuando la virtud reina en la tierra los hombres se hacen similares a los dioses, la mano de la amistad conducirá a un mundo mejor, la mentira hay que desterrarla aunque decir la verdad pueda constituir un delito, como borrar se debe la hipocresía de la tiránica Reina de la Noche... «En estos sagrados muros todos los hombres se aman, se perdona al enemigo y no existe la traición» (Paraíso en la tierra); «quien no sigue esta doctrina no merece ser llamado humano». Aquel francmasón genial, en su alegoría secreta, confiaba en el progreso por medio de la razón, pero sobre todo, sin dejar de ser cristiano católico, declaraba cómo el amor es la esencia de la vida. Sus ideales de lucha contra la tiranía y el cretinismo aquí se expresan sin esconderse: «El sol amaneció y desaparecerá la superstición». Hoy tales proclamas nos hacen sonreír con desencanto ante el establecimiento de nuestras sociedades democráticas, liberales y laicas, donde emergen nuevos dogmas y nuevas supersticiones, aunque ya no tengan nada que ver con la religión.
 Tamino es iniciado por una hermandad sacerdotal en unos misterios y ha de sufrir unas pruebas, como Papageno, para demostrar su valía. Tres templos, algo desdibujados con tanto dibujo de diversos estilos que la pantalla nos muestra, perplejos, se abren a la Sabiduría, en el centro, junto a la Razón y la Naturaleza. El número tres, simbólico, que suena en varios momentos, y ese empeño para superar con esfuerzo, trabajo y virtud las tentaciones para pasar de la oscuridad a la luz unen a los protagonistas del enredo. La apariencia desvelará el profundo fondo: el sacerdote de Isis, Sarastro, es un guía de la humanidad, que ofrece un camino moral al que Papageno, carnal, pensando en su vientre y bajo vientre, tiene dificultad de seguir, anclado en la materialidad.
Magia sin flauta Magia sin flauta libertad de cátedra. Mozart terminó algunos pasajes de la obra solo dos días antes del estreno y con ella tuvo un éxito sin precedentes, llegando a ser representada en el mismo teatro donde se estrenó 200 veces. Véanse las diferencias con nuestros modernos teatros, pese a la diferencia de población que hoy tenemos entre Madrid y la Viena de su tiempo, de solo 200.000 habitantes. Hay ahora muchos modos de entretenimiento y el cine es uno que invade incluso los escenarios líricos.
Para concebir este Singspiel presentado como Gran Ópera, tuvo total libertad y de ahí sus invenciones geniales, que hacían de un tema gracioso, como nuestro Don Quijote, un drama profundo que expresaba los ideales de las logias masónicas, entre las que se encontraban su padre, Joseph Haydn, los príncipes Esterhazy o Lichnowsky, y Shikaneder, autor del libreto que también interpretaría a Papageno. El mismo Mozart dirigió la orquesta y una de sus cuñadas hizo de Reina de la Noche. 
Ivor Bolton, dirigiendo con fascinante gesticulación y espasmos de sus desnudas manos o rostro, logra un excelente trabajo, pausado y delicado. El coro del Real es excelente, como siempre. Rafal Siwek, un Sarastro imponente, es bajo de excelentes matices aunque tal vez no demasiada potencia. Rocío Pérez hará un personal papel como Reina de la Noche cuyo famoso aria logra a veces unas inflexiones deliciosas y refinadísimas. Peretyatko es una Pamina que recibió también muchos y justos aplausos, y Tamino, (P. Appleby) es un divertido y adecuado tenor, mutado en Buster Keaton. Papageno (Joan Martín-Royo) divertido y muy adecuado. El negro Monostatos, aparece como un blanco Nosferatu, un convincente Mikeldi Atxalandabaso, que es el símbolo del mal, carcelero que quiere forzar a la bella Pamina y oprime a los esclavos. Las tres damas, vestidas como en los años 20, brillantes, así como los muchachos. Una obra que sin duda merece la pena ir a ver varias veces, como ocurre con los grandes clásicos, tal y como haría Salieri, quien la celebró con numerosos bravos y exclamaba de tanto en tanto: Bello. Deleitar aprendiendo es un ideal que aquí se cumple al máximo, con la mejor de las músicas penetrando un divertidísimo espectáculo.


Magia sin flauta
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