Ray Pololo: El hombre que fue Kirk Douglas y muchos más

R. PÉREZ BARREDO
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La reciente desaparición de la última gran estrella de Hollywood devuelve al recuerdo al mirandés Ray Pololo, considerado uno de los mejores especialistas de la historia del cine

Realizando un salto acrobático sobre una motocicleta en marcha.

Fue durante el rodaje de Ursus, película dirigida por Carlo Campogalliani y protagonizada por el actor norteamericano Ed Furi. Para la escena central -el enfrentamiento a pecho descubierto con un toro en la arena del circo romano- el director había contratado a dos especialistas portugueses. Cuando estos vieron las hechuras del animal -600 kilos en canal y unas astas como las agujas de la Catedral de Burgos- se negaron en redondo. Pero una voz se elevó por encima de las demás, para asombro de todos. Era Ray Pololo. La escena duró dos días. Pololo quedó descoyuntado y lleno de cardenales. ¿Cómo fue posible aquel prodigio? Pololo tenía el secreto: nada empuja más a la temeridad y a la audacia que el hambre.

El hambre es una de las claves que mejor pueden explicar quién fue Ray Pololo. O mejor dicho: cómo un chaval nacido en la ferroviaria Miranda con el nombre de Manuel Santamaría y crecido en la posguerra de una ciudad castigada por la carestía acaba convirtiéndose en Ray Pololo, considerado uno de los mejores especialistas de la historia del cine, y antes que eso torero, boxeador, forzudo y (casi) siempre vencedor de desafíos delirantes. Antes de levantar un par de palmos ya andaba ramaleando de aquí para allá, robando frutas de las huertas o mercadeando con carbón y hierros que sustraía entre los raíles por los que circulaban siempre trenes que él veía pasar de largo hacia destinos desconocidos. Saciaba así su hambre y el de su madre enferma, a la vez que iba forjando un carácter intrépido y esforzado. ¿Tuvo alguna otra opción Pololo para salir adelante que la del arrojo casi suicida? 

Tal vez ninguna. Se soñó de luces, pero antes tuvo que subirse a un ring. Golpes y más golpes fueron haciendo de él un chico duro. Aquel muchacho larguirucho y famélico fue torneándose a base de pegar y encajar. No fue el mejor púgil, pero se convirtió en una roca, un tipo casi imposible de derribar. Pronto aquel nombre por el que todos le conocían fue adquiriendo tintes épicos. Las historias que se contaban en torno a Pololo adquirieron perfiles de leyenda: lo mismo ordeñaba cientos de vacas que tumbaba a dos fulanos dos veces más grandes que él; lo mismo levantaba pesos o hacía zanjas que ganaba una apuesta imposible zampándose, de una sentada, una docena de bocadillos, medio kilo de morcillas y varias raciones de callos, proeza que llegó a recoger un periódico de la época.

Cogiendo a un toro en volandas con su espectáculo circense-taurino del indio apache.Cogiendo a un toro en volandas con su espectáculo circense-taurino del indio apache.

Pololo se hizo un titán: salvaba vidas en el Ebro, mediaba en peleas para defender a sus amigos, saltaba por encima de motocicletas, se lanzaba de trenes en marcha. Su rostro en el crepúsculo de su vida terminó siendo el fiel reflejo de todas aquellas correrías, diría el cineasta Álex de la Iglesia en ese maravilloso documental de Raquel Sáenz de Buruaga titulado Salta, Pololo. «Su vida fue un continuo salto de locura en locura».

Con los guantes se hizo un nombre. Pero se quedó en amateur. Pensó que ganaría más con los toros. Pero no de la forma canónica, la de las verónicas y los muletazos de ensueño. Lo suyo era el espectáculo casi circense. Hacer, literalmente, el indio frente a un astado. Saltarlo, tomarlo por los pitones. Domarlo e incluso levantarlo en volandas. Quienes lo vieron alguna vez no pudieron olvidarlo jamás. Aquello, si tenía un nombre, era aquel hallazgo fordiano de El hombre tranquilo. ¡Homérico! 

Instalado en Madrid, desde donde recorría toda España con aquel espectáculo insólito, sus hazañas se hicieron muy conocidas. Y al camino de aquel impetuoso y casi salvaje personaje salió el mundo del cine, justo en una época de grandes producciones que solían exigir el concurso de dobles, especialistas que se jugaban el tipo para que la estrella protagonista no arriesgara el suyo. Los clarines del miedo fue su primera película: no fue Paco Rabal el que se enfrentó al toro, sino Pololo. Con quien contarían, en los años siguientes, algunos de los mejores productores y directores de la época: Samuel Bronston, Stanley Kubrick, Nicholas Ray... Compartió rodajes con las más grandes estrellas del gran Hollywood -Kirk Douglas, Lawrence Olivier, Charlton Heston, Sofia Loren, Ava Gardner- y españolas -Paco Rabal, Fernando Fernán Gómez, Fernando Rey-.

En un torneo medieval, otro de sus trabajos artísticos.En un torneo medieval, otro de sus trabajos artísticos.

Los títulos impresionan: Espartaco, 55 días en Pekín, La caída del imperio romano, Ursus, El Coloso de Rodas... Viajó por medido mundo, reclamado por los grandes productores, que le enviaban un avión a España para trasladarle aquí y allá. Una heroicidad de tantas como las que protagonizó Ray Pololo ha pasado con letras de oro al Olimpo del Séptimo Arte: aún ostenta el récord de un salto increíble. Nada menos que cuarenta metros de caída al vacío desde un helicóptero en la película Fuga suicida después de que un especialista norteamericano fracasara en su intento y un segundo se negara a correr el riesgo casi seguro de no salir indemne. Pololo lo bordó. «No he sentido miedo nunca», le confesó a Raquel Sáenz de Buruaga en el documental que habla sobre su atribulada existencia. «Era un loco», apostilla en la imprescindible cinta Álex de la Iglesia, quien reclutaría al mirandés para dos de sus mejores películas, Acción mutante y El Día de la Bestia, en la que borda del papel del abuelo del satánico Santiago Segura.

Ganó mucho dinero. Una millonada, confesó siempre Pololo. Pero se lo gastó con la misma velocidad con la que vivió. Le apasionaba disfrutar de la existencia, apurar cada instante, gozar de la noche y de todos los placeres que le salieran al paso. Se lo gastó todo como medida de prevención, no fuera a ser que se matara en alguno de aquellos saltos y ese dinero se perdiera en el limbo. Y siempre fue generoso, espléndido con los demás, especialmente con aquellos de su entorno que peor lo pasaban para sobrevivir. Era el suyo un corazón desparramado. «El no tener nada que perder le hizo dar todo lo que tenía cuando lo ganaba», explica Álex de la Iglesia en Salta, Pololo.
Manuel Santamaría falleció en Madrid en el año 2004. Todo lo que fue Pololo, sus recuerdos, le acompañaban siempre en una maleta en la que se ajaban viejas fotografías. Quedan sus películas; queda el documental de su vida. Quedan los sueños que alcanzó empujado por el hambre. El que le hizo dar el salto. El increíble salto de Ray Pololo.

 

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