El tornero fiel

P.C.P.
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Gregorio Alonso se ha jubilado tras 50 años como trabajador de Defensa, primero en el Parque de Artillería y desde 2002 en el acuartelamiento Capitán Mayoral

Gregorio Alonso, con algunos de los trabajadores civiles que aún quedan en el acuartelamiento Capitán Mayoral de Burgos, el pasado enero. - Foto: Alberto Rodrigo

De chaval no sabía lo que quería ser pero sí tenía claro lo que no. Huyó del campo y entró en el Ejército.Con uniforme pero de civil. Fiel como pocos, pese a las tentaciones exteriores y a un salario que «no era muy boyante». 50 años con una «única decepción», la de no llegar a ser uno de ellos, cuando en 1973 se quedó a las puertas de entrar en la escuela donde se formaban los sargentos de armamento y construcción. 50 años con la misma... máquina.  
Literalmente, porque el torno que ha dejado en los talleres del final de la calle Vitoria, es con el que trabajó desde su ingreso hasta 2002 en el Parque de Artillería -esa parcela que acabará, si se desenreda la tramitación urbanística- convertida en viviendas. «Ahora se ha modernizado tanto que esto se ha quedado obsoleto», explica.Quedan compañeros que saben manejarlo aún pero «en las escuelas de FP esto ya no se enseña» y «esa una pena», opina Gregorio Alonso, porque «las manualidades que se pueden hacer con una máquina de estas» no las  iguala la tecnología.
Gregorio se va. Se quedan los «jóvenes», que frisan los 60, y es bastante probable que en unos años del Capitán Mayoral desaparezca la que siempre ha sido una de las enseñas del acuartelamiento, una plantilla de personal civil altamente especializada.
«Nací enBuniel. Mi padre trabajaba allí de labrador. Yo le dije: ‘quiero aprender un oficio e irme a Burgos’.A mí el pueblo no me gustaba». Y entonces su padre se trasladó a Burgos a trabajar y con él la familia. Tras completar la educación en el Padre Manjón, se presentó con 14 años en la Escuela de Formación Profesional que estaba en el Parque y Maestranza de Artillería. Impartían los mismos contenidos que en el Padre Aramburu solo que no había que pagar por la formación, sino que los chavales cobraban. «Teníamos una gratificación como aprendices y los libros nos los daban gratis.Además, íbamos con un uniforme con gorra de plato, más chulos que todo.A veces nos daba hasta vergüenza porque todo el mundo nos miraba», recuerda Gregorio, conocido en su trabajo como Goyo.
Sin olvidar que, una vez finalizada la formación (hoy FP), tenían el empleo asegurado. «El salario no era muy boyante y por las tardes hacíamos horas de extranjis en un taller» para complementarlo. Fue entonces cuando le tentaron para que abandonase la vida castrense. «Me acuerdo que en un taller de los famosos Bocanegra me querían llevar a trabajar con ellos. Yo estaba recién casado y sabía que iba a cobrar más pero dudé por si no salía bien y le dije que no.El responsable me decía que aquello no iba a durar nada y mira», recuerda.
Siempre ha habido rumores de desaparición de la unidad y aquí estamos. No ha llegado la sangre al río», aunque reconoce que a veces sí les afectada.«Ahora mismo tienen unas instalaciones hermosas.Una estación de ITV que no la tienen en la vida civil. ¿Merece la pena mandar al garete todo esto?», se pregunta Alonso en referencia a la Unidad de Servicios y Talleres 612 de la Agrupación de Apoyo Logístico 61. «Trabajo sigue habiendo», aunque en menor proporción, asume.
En su trayectoria profesional ha visto cambiar al Ejército. «Había mucha más disciplina antes, y más gente», pero siempre ha trabajado «muy a gusto» y asegura que sin notar «ninguna diferencia» entre civiles y militares al trabajar.
Seguirá madrugando, como ha hecho siempre, y con las ocupaciones propias de un jubilado, amén de las chapucillas que siempre han hecho sus habilidosas manos. Salvo un mal trago de aprendiz, cuando una máquina casi le lleva el brazo, y algunas virutas en los ojos, no ha tenido más sustos en el taller. Fuera sí ha pasado miedo. Sobre todo cuando secuestraron a Ortega Lara. «Yo dejaba el coche al lado, en otro edificio pero al lado. Algunas veces miraba bajo el coche»,  explica. También temió durante la mili, que terminó un mes antes de morir Franco.«Igual ahora nos reclutan otra vez», pensaron.
Todos los días 8 horas, desde los 18 años, dejan poso. «Con la familia he tenido menos trato que con los compañeros», bromea aunque sabe que es verdad. La paciencia ha sido su mayor virtud. «Poco a poco, sin ponerte nervioso». Así ha trabajado Gregorio. Así ha pasado medio siglo. Feliz.