El confinamiento desde el interior de la clausura

B.D.
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Acostumbrados a estar recluidos entre muros, el abad de Cardeña y dos religiosas de los conventos de Santa Clara y de Las Salesas relatan cómo están viviendo la expansión del coronavirus y dan algunos consejos para llevar mejor el no poder salir

Dos de las 22 religiosas del convento de Las Salesas, en la calle Barrantes, tras la reja protectora del cenobio. - Foto: Patricia González

Si alguien tiene experiencia contrastada por muchos siglos de lo que supone vivir encerrado entre muros, aunque en este caso de manera voluntaria por entrega a Dios y para una vida de oración y trabajo, son los monjes y religiosas cuyas existencias transcurren en los monasterios y en los conventos de clausura. Pero lo que para ellos ha sido siempre una elección personal se ha convertido ahora en una medida impuesta para los demás por la pandemia del coronavirus, por lo que no dudan a la hora de aportar sus recomendaciones y consejos en estos complicados momentos.  
«Sabíamos que iba a ser muy duro para muchas personas porque esta sociedad no está preparada para afrontar un revés tan fuerte». La superiora del monasterio de la Visitación de Santa María, un cenobio de monjas salesas situado en la céntrica calle Barrantes, no se anda con paños calientes para describir cómo ven desde dentro la imposición del confinamiento. Sor María de los Ángeles, que convive en ese remanso de paz junto con otras 21 religiosas, señala que sabe que está siendo «una situación muy dolorosa» para muchas personas que están sufriendo la infección, que no pueden acercarse a sus enfermos o que no pueden despedir a sus seres queridos.
En el interior del convento están al día de todo lo que está ocurriendo y, al igual que el resto de los ciudadanos, han adoptado medidas de protección para evitar un contagio. «Aunque no salimos, nos llegan cosas de fuera, como alimentos, y tratamos de cumplir las normas de higiene para protegernos y proteger a todos», declara.
En estos días no ha dejado de sonar el teléfono. Son muchas las personas que llaman para preocuparse por el día a día de las religiosas o simplemente para conversar unos minutos con ellas y poder imbuirse de la paz y la tranquilidad que irradian de manera natural. «La fe es muy importante. Lo que a nosotras nos llena es el contacto con Dios y eso es lo que intentamos transmitir a quienes acuden a nosotras». Ese gesto también es recíproco porque no hay mañana en la que ellas no llamen a alguien próximo para preguntar cómo se encuentra. Sor María de los Ángeles cree que de todo lo que está ocurriendo, por muy duro que sea, saldrá algo bueno. Y cita la solidaridad, ese valor que ha aflorado entre la niebla.
También en el monasterio de  San Pedro de Cardeña el tiempo discurre de una manera completamente distinta a como lo hace en el exterior. Aunque la vida intramuros no ha cambiado mucho, el estado de alarma sí ha provocado que los monjes estén más en soledad que nunca. La hospedería ha dejado de recibir visitas y no hay turistas que se acerquen hasta este enclave privilegiado. «Son unos días  muy especiales para nosotros, una Semana Santa única y tranquila porque siempre ha sido la época de más trabajo del año, con la hospedería llena, y en esta ocasión va a ser diferente». El abad de esta abadía trapense, Roberto de la Iglesia, reconoce su preocupación por todo lo que está sucediendo y agrega que el granito de arena que pueden aportar es la oración. «Es nuestra pequeña donación, esa y no contagiarnos para no dar más trabajo al sistema sanitario», añade.
Su comunidad, que integran 16 monjes cistercienses, no registra ningún persona contagiada  y sigue las recomendaciones establecidas por Sanidad. «Como aquí no entra ni sale nadie, estamos bastante protegidos pero debemos de tener cuidado porque la mitad de nuestros hermanos tiene más de 70 años y hay que tenerlo en cuenta para prevenir». El abad confiesa que la soledad no es fácil porque lo que exige «es mirarse uno mismo y eso a veces asusta». Por ello, aconseja, además de la oración, «tener paz con uno mismo, comprenderse y vivir en paz y en buena relación con los otros». Si siembras felicidad, argumenta, recoges felicidad.
Consciente de que esta crisis va a suponer un cambio importante como sociedad, tiene dudas de si eso se podrá mantener después en el tiempo. «Somos de memoria frágil, pero creo que de todo lo que estamos viviendo se pueden aprender cosas como saber convivir con los nuestros, tener más tiempo para hablar y meditar y conocerse mejor uno mismo», concluye.
buscar consuelo. El aislamiento se vive en el convento de Santa Clara de Burgos con la misma naturalidad que en el resto de los cenobios. Ellas viven con normalidad la clausura que se ha impuesto en la sociedad y pasan las horas del día igual que siempre: trabajando, limpiando la casa común, manteniendo su vida litúrgica y compartiendo el tiempo de recreo. No ven los telediarios, tampoco leen los periódicos y solo la madre superiora recibe noticias desde el Vaticano, que comparte con sus 12 hermanas. Lo que no es óbice para que sepan lo que está ocurriendo fuera de los muros de su recinto.
Estas religiosas saben que siguen siendo un pilar importante para muchas familias, que no dejan de llamar al convento para interesarse por ellas y buscar consuelo en su sabiduría en una situación tan complicada. «Sabemos que hay personas que lo están pasando mal porque están muy solas. Nos llaman porque necesitan hablar y que se las escuche», afirma una hermana clarisa, tras destacar que son días para valorar las relaciones con el otro y cuidar y amar a quienes tenemos a nuestro lado.
Las religiosas han suspendido la   venta al público de dulces y las más jóvenes se han centrado en atender a las más mayores, gente vulnerable y de riesgo y esa es sobre todo una de las razones por la que han querido tener el cuidado extremo de que no vaya a contagiarse ninguna, respetando todas las medidas de protección. Todos los días, a las doce del mediodía, tocan las campanas, tal y como les ha pedido el Papa, y rezan el Ángelus «por todos, por los que están en el hospital, por los sanitarios y por todas las personas que tanto están haciendo para salir de esta situación». Y añaden antes de volver a su reducto de paz: «Saldremos, porque con Dios todo es posible».