Volver a empezar

L. Sierra (ICAL)
-

La Fundación Conde Armentález enseña a ser autónomas a personas con discapacidad intelectual y problemas mentales en Melgar de Fernamental

En la imprenta que tiene el centro se elaboran todos los trabajos de cartelería de la comarca. - Foto: Ricardo Ordóñez (ICAL)

La primera casa de una de las calles más concurridas de la localidad burgalesa de Melgar de Fernamental no es una vivienda cualquiera. Es el hogar de 25 personas con discapacidad intelectual y enfermedades mentales que busca la autonomía de sus moradores. En ella habitan vecinos de núcleos rurales palentinos, burgaleses, vallisoletanos y salmantinos que, gracias a la oportunidad que les ofrece la Fundación Conde Armentález, han aprendido que existe una vida diferente a la soledad a la que estaban acostumbrados en sus pueblos porque ser uno más en la sociedad es posible.
 
La Fundación Conde Armentález lleva más de 25 años luchando por lograr la autonomía de las personas con discapacidad y con enfermedad mental. Hace un cuarto de siglo, y con la ayuda del Ayuntamiento de la localidad, puso en marcha un proyecto pionero en la Comunidad al reconstruir una antigua casona del pueblo para convertirla en una residencia adaptada a personas con necesidades especiales. “Vimos como existía una gran demanda de personas con problemas que a la muerte de sus padres octogenarios quedaban solos en sus casas. A muchos les derivó hasta la casa la Gerencia de Servicios Sociales y otros han ido viniendo porque así lo han decidido sus familias. Aquí están mejor. Se les da una segunda oportunidad porque no les faltan actividades ni quehaceres, no como en sus pueblos, donde la mayoría estaba acostumbrado a no relacionarse ni a salir de casa”, explica Asunción Ortega, gerente de la Fundación Conde Armentález.
 
Mari Carmen pasa la mañana del viernes trapo de polvo en mano y escoba. Es la encargada de la limpieza del edificio desde hace 25 años. No es una empleada al uso, sino una usuaria del centro de día que ha visto como su paso por Melgar le ha cambiado la vida, a mejor. A sus 61 años, esta vecina de Castrojeriz (Burgos) reconoce “ser feliz” junto a sus compañeros porque “en su pueblo no suele hacer gran cosa”. “Es lo que sucede casi en el 99 por ciento de los casos de personas con problemas de este tipo. En sus pueblos se les margina y no se les integra. Por eso deciden quedarse en sus casas y aquí les ofrecemos muchas más alternativas”, agrega Ortega.
 
La vida de Mari Carmen es similar a la del resto de compañeros, aunque cada uno tiene una historia propia. En su caso, fueron su madre y su hermano, que viven en Castrojeriz (Burgos), quienes le animaron a probar suerte en la casa de Melgar. “Vengo todos los días con el monitor que me lleva y me trae. Ahora hago limpieza y antes estuve manipulando ajos. Estoy muy contenta”, admite la usuaria.
 
Asunción Ortega, 'Asun', es como una madre para los chicos del centro. Ella lleva la batuta respaldada por un equipo de doce profesionales que se encargan de formar y hacer más llevadera la vida de los usuarios de la casa. “A veces no es fácil, no creas. Hay que enseñarles que aquí existen unas normas de higiene, de conducta, unos horarios. Todos vienen aquí después de haber pasado toda la vida sin normas en sus pueblos y nosotros tenemos el cometido de decirles qué aspectos deben mejorar. Pero todos acaban asumiendo responsabilidades”, agrega la experimentada gerente, quien entiende que este proyecto “le ha cambiado la vida”.
 
Escuela de vida. La casa de la Fundación Conde Armentález no tiene cerradura en las habitaciones. “Están todas abiertas para que ellos puedan entrar cuando quieran y porque aquí hay que revisar de vez en cuando que hayan limpiado y que lo tengan todo bien. Algunos son muy curiosos pero a otros les cuesta un poco más eso del orden”, concreta Ortega.
 
Con un amplio programa de actividades, que incluye desde clases de canto hasta el senderismo pasando por enseñanzas de acceso a Internet y momentos de ocio, los “alumnos” de esta particular escuela de vida empiezan temprano el día para poder aprovecharlo al máximo. “Ellos se encargan de su aseo, de recoger por turnos el desayuno y ya de ahí pasamos a los talleres”, añade la gerente. Unos talleres especiales que más que talleres bien podrían definirse como un empleo. El más concurrido, el de zapatería, donde aprenden durante dos horas y media al día el arte de poner cremalleras a una bota, tacones a un zapato y corchetes a un bolso. “Ahora, la nuestra se ha convertido en la única zapatería de toda la comarca y nos llegan bastantes pedidos”, indica el responsable del taller.
 
Jesús Calvo, maestro zapatero, ha pasado más de medio siglo pegado a la suela de miles de botas y zapatos. Experto en la materia, colgó hace unos años su delantal para dirigir el taller que enseña a coser carteras de cuero, bolsos y “reparaciones sencillas” a los chicos del centro. “Les enseñamos un oficio y los chicos son muy trabajadores”, reconoce. A sus 69 años, Calvo lleva cuatro al frente de la única zapatería que existe en un radio de 50 kilómetros y afirma sentirse “muy satisfecho” del trabajo que realizan sus alumnos.
 
Oficios que curan. A escasos metros de la zapatería se encuentra la imprenta. En ella se elaboran todos los trabajos de cartelería de la comarca aunque el trabajo varía de unas épocas al año a otras. A cargo de la imprenta se encuentra Carlos. “Soy ayudante del jefe y manejo casi todas las máquinas. Ahora tenemos mucha lotería y carteles de las fiestas”, indica el joven. La timidez de Carlos, y la enfermedad mental que padece, no es obstáculo para el desempeño de su trabajo. “Es un genio y trabaja con una precisión admirable en el taller”, reconoce la gerente de la fundación. Prueba de ello son las múltiples manualidades que Carlos elabora en sus ratos libres. Artesanía en papel con restos de papel de periódico o carteles que después vende en las ferias de los pueblos.
 
Acabada la faena en la imprenta, Carlos se quita su bata para irse a comer junto con sus compañeros. Come y cena con el resto de usuarios pero no vive en la casa, sino en uno de los pisos tutelados que posee la Fundación Conde Armentález. En su caso, su enfermedad mental no hace que tenga que estar controlado como el resto. “Es muy ordenado, no hay más que ver como tiene de organizadas sus cosas”, asegura Ortega.
 
El caso de Carlos puede ser similar al de muchos otros castellanos y leoneses que luchan porque la enfermedad mental que padecen no les gane la batalla. Para Carlos, que tiene algunos problemas para relacionarse con el resto, lo más importante es “estar entretenido y tener un trabajo”. Él lo ha encontrado en la imprenta donde afirma sentirse “muy contento”. “Los fines de semana me voy a mi casa en coche, me acabo de comprar un coche nuevo”, indica sonriente mientras muestra las llaves de su automóvil.
 
La independencia de la que gozan los usuarios de la casa y pisos tutelados de la Fundación Conde Armentález es la que permite que las personas que llegan hasta Melgar se sientan plenamente integrados. “Los vecinos les quieren y son uno más en el pueblo. No existen diferencias porque ellos son los primeros en echar una mano y en participar de las actividades”, añade Ortega.
 
Una fundación en un núcleo rural. La ausencia de recursos hace que muchas personas con discapacidad vivan alejada de sus derechos en los núcleos rurales que hay repartidos por lo ancho y largo de Castilla y León. De ahí que hace un cuarto de siglo la Fundación Conde Armentález decidiera crear una casa para poder atender a las personas con discapacidad intelectual y enfermedad mental. “Es cada vez una realidad más demandada. Hasta ahora muchos enfermos han estado con sus padres pero a la muerte de éstos, estas personas quedan solas y ese es el mayor temor de sus familias: qué hacer con ellos”, confiesa Ortega.
 
El centro atiende en la actualidad a 50 personas de diferentes pueblos y provincias de la Comunidad. Dispone de residencia, pisos y centro ocupacional. Además de gestionar una zapatería y una imprenta dispone de un proyecto hortícola donde los alumnos aprenden actividades formativas y de desarrollo de sus capacidades. Asimismo, desde hace tres años imparte un curso de pinche de cocina que ha hecho que muchos de los usuarios sean quienes cocinen en sus casas cuando vuelven los fines de semana para desahogo de sus ancianos progenitores.

Más fotos:

A muchos de los usuarios les derivó hasta la casa la Gerencia de Servicios Sociales y otros han ido viniendo porque así lo han decidido sus familias.
A muchos de los usuarios les derivó hasta la casa la Gerencia de Servicios Sociales y otros han ido viniendo porque así lo han decidido sus familias. - Foto: Ricardo Ordóñez (ICAL)
La independencia de la que gozan los usuarios de la casa y pisos tutelados de la Fundación Conde Armentález es la que permite que las personas que llegan hasta Melgar se sientan plenamente integrados.
La independencia de la que gozan los usuarios de la casa y pisos tutelados de la Fundación Conde Armentález es la que permite que las personas que llegan hasta Melgar se sientan plenamente integrados. - Foto: Ricardo Ordóñez (ICAL)