Los presos de Burgos metieron 33 mini móviles en la cárcel

F.L.D.
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Se trata de una conducta extendida en toda España y que ha aumentado en los últimos años, según los funcionarios

La unidad canina detectó hace dos meses a un interno 3 teléfonos en su cuerpo. - Foto: Patricia

Una de las principales quejas de los condenados a prisión es la limitación y el precio de las llamadas telefónicas al exterior. En el caso de Burgos, cada interno cuenta con un máximo de diez (de ocho minutos cada) una a la semana, un límite que, aunque se ha ampliado con motivo del estado de alarma, se considera del todo insuficiente. No es de extrañar que en los últimos años se haya extendido por toda España la introducción de pequeños móviles. Éstos no solo suplen la carencia comunicativa, sino que además se comercializan en el interior y les sirven a algunos para hacer negocio. En el centro penitenciario de la capital, los funcionarios interceptaron el pasado año 33 dispositivos de este tipo y en lo que va de 2020 superan la decena.  

Estos mini móviles apenas miden seis centímetros, aproximadamente el tamaño del dedo índice o de un mechero. Eso los convierte en objetos muy fáciles de ocultar en zapatos o prendas de ropa y también en el interior del cuerpo, principalmente en el ano. Pero su gran atractivo es el precio, ya que apenas supera los 20 euros en cualquier tienda especializada o en internet. Es por eso que su introducción en las cárceles se ha hecho tan popular en los últimos años. 

Fuentes de la Agrupación de los Cuerpos de la Administración de Instituciones Penitenciarias (Acaip) aseguran que esta práctica es en la actualidad «un deporte nacional». Como todo, este tipo de aparatos se puede utilizar con buenas y malas intenciones. Así, puede que muchos presos usen el mini móvil para charlar con sus familiares y amigos sin las restricciones de la prisión. Otros, sin embargo, los emplean tanto para comercializar con ellos en el centro como para realizar actividades ilícitas desde el interior. 

Hasta hace no mucho, el precio de estos teléfonos era algo más elevado y solo unos pocos podían comprarlos para más tarde introducirlos en la cárcel. Después, los vendían a otros presos por mucho más de lo que les había costado. «Nos han llegado a decir que han pagado 200 euros por ellos cuando no había tanta oferta ni demanda», inciden fuentes sindicales. 

Esa comercialización con precios muy por encima del valor del mercado ya no está tan extendida, básicamente porque cualquiera que salga de permiso puede acceder a ellos por su bajo coste. Desde Acaip reconocen que «precisamente por el hecho de ser tan baratos se ha hecho mucho más popular su introducción». 

Pero no son solo los propios internos los que aprovechan sus permisos para adquirirlos y después meterlos en la prisión ocultos en su ropa o en las cavidades de su cuerpo. También es bastante habitual que sean los familiares los que, aprovechando las visitas íntimas -los llamados vis a vis-, consigan hacer llegar al preso este pequeño dispositivo.  

Bajo riesgo. Aunque aún se siguen detectando alijos tanto en el interior como en la entrada del centro penitenciario, lo cierto es que no todos los presos se atreven a correr el riesgo de introducir droga en la cárcel. El principal escollo es que se juegan un aumento de la condena, y eso ya es una razón de peso para descartar la idea. La otra es el programa de la unidad canina que puso en marcha la prisión burgalesa hace aproximadamente un año y medio con muy buenos resultados, pues se ha conseguido reducir la entrada de sustancias más de un 60%. Estos peligros no son los mismos para los que deciden meter un mini móvil. 

«Introducir droga les suele suponer a los internos una causa nueva, pero hacerlo con los teléfonos no acarrea nada, no existe un delito catalogado por esta conducta», indican fuentes de Acaip. Las consecuencias son la suspensión temporal de las comunicaciones o de los permisos de salida, algo que recuperan pasados unos meses. «Les sale a cuenta porque el castigo no es excesivo comparado con todo lo que ganan si consiguen que no les descubran», subrayan. 

Hace un par de años, la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias facilitó a los centros unos inhibidores para intentar localizar estos teléfonos móviles, pero lo cierto es que su utilización no está favoreciendo la incautación, menos aún teniendo en cuenta el tamaño de estos dispositivos y la facilidad de esconderlos en cualquier lugar. Además, están fabricados con mucho plástico, nada que ver con los smartphones actuales, por lo que a la hora de detectarlos la labor de los funcionarios es casi la más importante. 

Desde Acaip recuerdan que cuentan también con arcos detectores que tampoco cumplen su función como deberían precisamente porque son «prácticamente imperceptibles». Ni siquiera en los casos en los que la persona que trata de meterlos es un familiar que acude a un vis a vis la incautación es más sencilla. «Lo más efectivo es el cacheo, pero no se puede hacer a la ligera. Tienes que tener una certeza de que entre sus ropas guarda el móvil, sino es imposible», advierten. 

Hay ocasiones en las que la introducción de los pequeños teléfonos y de sustancias están relacionadas. En este caso, sí es muy importante el trabajo de los dos perros que posee la unidad canina de la prisión burgalesa. Sin ir más lejos, hace dos meses detectaron a dos internos que pretendían introducir tanto hachís como estos dispositivos. 

Según fuentes penitenciarias, después de que el personal sanitario realizara un examen a uno de los dos presos, los funcionarios detectaron que portaba seis bellotas de hachís en el interior de su cuerpo, con un peso aproximado de 62 gramos. El otro no solo llevaba, también en el interior de su cuerpo, 55 gramos de esa misma sustancia, sino que, además, ocultaba tres teléfonos móviles.