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Ilia Galán

LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


Ociosos y labores

30/05/2021

Erraba por la ciudad y veía a unos hombres de raza negra limpiar las calles de la noche, hasta que fue amaneciendo; etnias diversas se veían portando mercancías de camiones a comercios, como también en la campiña quienes recogen los frutos de árboles o vides eran moros o extranjeros llegados desde lejanas tierras. Eso no era para él, había estudiado un poco, quería un trabajo en condiciones mejores, mejor pagado, más grato. Como él, cientos de miles. Y, mientras, subvenciones, paro pagado, ocio devorando el tiempo fértil, malográndolo. Los parados aumentaban por el gran cierre de la hostelería y la restauración debido a la epidemia, crecían por la crisis económica que se les echaba encima.

Los de fuera ocupaban los puestos que los de dentro no querían, lo mismo pasaba en Francia, Inglaterra, Italia... Mal pagados, aceptaban pues les daban nueva oportunidad en la vida... Marruecos arrojaba gentes innumerables, como si fueran toneladas de carne humana, a Ceuta o a Melilla, huyendo del reino infame, buscando oportunidades, pero, ¿las había?

Marchó a la biblioteca pública, uno de los pocos lugares donde hallaba paz, tomó un libro que le recordaba tiempos mejores, cuando tenía un puesto que le permitía viajar a otros países, y aprendía y se entretenía, ya iría luego a mirar los correos, a ver si se le aparecía alguna entrevista. Superada una cierta edad, pocas oportunidades tenía, lo sabía. El viaje a Italia, del ilustrado dramaturgo, Leandro Fernández de Moratín, le hizo tilín. Abrió al azar y leyó un fragmento de su experiencia en Nápoles. Se le iluminó el rostro. Después de hablar de los lazaroni, el poeta viajero calculaba que habría unos 40.000 ociosos de Nápoles y, a parte, los mendigos, de tremendo aspecto: «El Hospicio de Nápoles es el edificio más grande de la ciudad, y en una inscripción que tiene a la puerta se dice que está destinado para todos los pobres del Reino, y ¿qué son los que inundan las calles?, ¿pobres o pícaros?, si son pobres y no pueden trabajar por su edad o sus dolencias, ¿de qué sirve el hospicio, que no los recoge? Si son ociosos, vagabundos, ¿qué hace el Gobierno, que no los emplea y les hace trabajar? Si son pícaros, viciosos, incorregibles, ¿por qué no los envía a remar en sus galeras?»

A galeras a él ya no le podrían enviar, pero sí a limpiar calles, a arreglar pavimentos o a los campos. Moratín contaba cómo habían tenido que contratar obreros de fuera para hacer unas obras, mientras vagabundos y mendigos miraban.

Se intranquilizó, prefería vivir de la beneficencia, nada le estimulaba a trabajos necesarios que consideraba «indignos». ¿Qué es más indigno? Dejó la lectura y se fue, errante por el parque, a meditar.