La Parrala, el latido del teatro

A.S.R.
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El día a día palpita en el Centro de Creación Escénica al ritmo de las compañías que idean nuevos montajes, los ensayan, entrenan números, hacen gestiones de oficina o limpian sus almacenes

La Parrala, el latido del teatro - Foto: Miguel Á?ngel Valdivielso

El sol refulge en las paredes encaladas. La primavera se acomoda en el exterior del Centro de Creación Escénica La Parrala. También en el interior. Florece el teatro. Tormentas de ideas, ensayos de viejos espectáculos, alumbramiento de nuevos, entrenamientos, envío de facturas, papeleo, limpieza de almacenes... El antiguo colegio de Parralillos no se quita el mono de trabajo. Aquí todos los días son 27 de marzo.     
Es miércoles. Doce de la mañana. La verja está abierta. Los coches y las furgonetas aparcadas en el patio reflejan el trajín del interior. Basta un timbrazo para que alguien abra la puerta de hierro.Es Kike Sebastián. Sus pasos conducen hasta la sala circular. Prepara el nuevo montaje de Kicirke, la compañía que creó tras la disolución de Los Kikolas hace seis años. Sin plazos, sin prisa. El vintage colorea la escenografía que ocupa buena parte de la habitación en la que aún son visibles las huellas de las goteras, inquilinas a las que quieren desahuciar y no hay manera. Viejos baúles y ajadas maletas, cabeceros de cama rococós, grandes abrigos, largas farolas o una alfombra a lo Cuéntame se levantan como un trono en el que se sienta el artista convertido en hombre orquesta.    
«Vengo todos los días, pocas veces fallo, aunque me aburra, aunque ese día no sea el más inspirado para crear o ponerme a ensayar, pero me gusta obligarme a venir», señala en esta estancia de uso común en la que rueda por el suelo de baldosas una nariz roja.
Las notas de su ukelele se van apagando en el pasillo. Está oscuro. Las puertas, cerradas. Pero unas risas delatan presencia detrás de una de ellas. ¡Quién vive! Son Cristina Salces, Álex Britos y Sito Matía. Bambalúa también prepara algo nuevo. La cocina del teatro bulle.
Avanzan que va de comida, que la morcilla tendrá mucho que decir, que se inspira en los entremeses y libretos del Siglo de Oro, que hablará de la miseria humana y de la supervivencia con humor, picardía y dobles sentidos, que una olla será la protagonista... y que contará con un porrón de personajes. Trabajan en ellos esa mañana, con el jersey y el gorro puesto, que, aunque los radiadores arden, el aislamiento sigue siendo otro de los puntos débiles del edificio. «Menos mal que en invierno estamos poco aquí porque durante el último trimestre del año tenemos muchos bolos», se frota las manos Sito Matía.
Quieren estrenar a final de año y, aunque cada uno llega a La Parrala con los deberes individuales hechos, se juntan a diario para perfilar esos personajes. El tiempo apremia. Hay que acabar la escena antes de ir a buscar a los niños al colegio. El mundo de las artes escénicas no se libra de la difícil conciliación laboral y familiar.Pero ese es otro tema.  
-¡Por todos los diablos!-. Silencio. Se ensaya.
Se quedan los tres actores en el antiguo aula que comparten con Terapiclowns, CCClowns y MMMúsica y Anís Teatro. Cada uno guarda allí las escenografías y otros materiales en un desorden muy ordenado. Un folio pegado en la puerta advierte de los turnos de limpieza. Las normas se antojan imprescindibles en una casa con 34 compañías, profesionales y aficionadas, cada una con unas necesidades.
La mayoría de las puertas siguen cerradas, pero la voz inconfundible de Javier Rey revela otro punto de vida. El creador de La Sonrisa, formación que en otoño cumplirá 32 años, calienta agua para un mate en un infiernillo que preside la mesa en la que comparte una tormenta de ideas con Fernando Ballesteros. Con él, ha colaborado en varias ocasiones. Es otra de las bondades de La Parrala: propiciar encuentros.
La nueva propuesta del veterano payaso no está ni en pañales. Aún es un embrión.Tiene la idea. No dice ni mu. Ssssshhhh. Solo adelanta que será un espectáculo de calle. Y hasta ahí puede leer. La libreta y el boli son, de momento, sus únicas herramientas de trabajo.
«Estamos construyendo los cimientos», ilustra Ballesteros y sigue el hilo Rey: «Nosotros hacemos producción propia. Somos de los pocos. No partimos de ningún texto. Solo tenemos una página en blanco que espera el planteamiento, nudo y desenlace».
Se están viendo tres horas por la mañana. Cuando tengan el esquema, empezarán con las improvisaciones, a probar números, y esperan empezarlo a rodar en verano. «Hay tiempo», convienen antes de abrir el cuaderno de nuevo.  
Otra vez el pasillo, otra vez puertas cerradas. Cada una con el letrero de sus habitantes. Las Pituister, La Mueca, La Roulotte, Biónico Teatro... Los carteles de sus montajes se asoman a las ventanas. Una tos rompe el silencio. Se recorta una figura y saluda otro veterano. Andrés García, mitad de Ronco Teatro. Atraviesa la sala de usos múltiples, donde hubo un tiempo en el que se programaron noches de puro teatro, y se adentra en las oficinas, que aún mantienen el indicador de sala de profesores.
Allí se reencuentra con Ana García, el otro cincuenta por ciento de la compañía, que mira golosa su última adquisición. Miles de botones de colores a los que salvaron de la basura junto a bovinas de hilo y un montón de cremalleras. Algún día vivirán su momento. No inmediatamente. Ronco Teatro se encuentra en pausa. «Estamos en un momento de replanteamiento de nuestro futuro. Estamos despejando el almacén, renovando material y, al mismo tiempo, la mente. Llevamos un tiempo en crisis. Somos una compañía de mucho crear y poco rendimiento económico», se sincera Ana mientras aparta cajas de un sitio a otro, se acuerda de Marie Kondo y sopesa si no será que se están haciendo mayores.
Y sí han pasado unos cuantos años desde que cruzaran por primera vez las puertas de La Parrala cargados de escobas y recogedores para limpiar la que se convertiría en la mejor oportunidad para quienes en el año 2002 se embarcaron en la aventura del teatro. Lo sigue siendo para quienes lo hacen casi veinte años después.
Andrés Vázquez y Yésica Balbás forman Circolectivo, una de las últimas incorporaciones al Centro de Creación Escénica junto con Colectivo Inesperado, Francirco e Insanus. «Es un proyecto genial. Se ve así desde fuera y también desde dentro, aunque una vez aquí ves otras potencialidades y dificultades», comenta él mientras trastea en el ordenador con las ineludibles labores de oficina.
Lo suyo es el circo, se mueven de festival en festival, pero siempre han tenido un centro de operaciones. Madrid, Santiago de Compostela, Cantabria. Ahora lo han fijado en Burgos, ciudad natal de ella, sobre todo porque creen que es un buen lugar para que crezca su hija, Abril, que pronto cumplirá tres años y que acompaña a su madre en los entrenamientos en el gimnasio.
«Es un espacio único. Me parece increíble un lugar de coworking con compañías de otras artes escénicas», valora Yésica estas instalaciones que viven en una constante primavera y en las que el Día del Teatro se vive el 27 de marzo, y el 28, y el 29, y el 30...