«Podréis quemar mi cuerpo, no mi alma»

R. Pérez Barredo / Burgos
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Auto de Fe en la Plaza Mayor de Valladolid. Grabado flamenco del siglo XVII.

Se cumplen 500 años del nacimiento de Francisco de San Román, el burgalés que intentó convertir al protestantismo al mismísimo emperador Carlos V pero terminó ardiendo en la hoguera en un Auto de Fe • Es considerado el primer mártir de la Reforma

La abarrotada plaza era un clamor. Cientos de personas se arracimaban en torno a la tribuna en la que el gran inquisidor y las autoridades aguardaban la llegada del hereje. Compareció éste hecho un ecce hommo: había sido torturado tan salvajemente que apenas si podía tenerse en pie. No había abjurado. Se había mantenido fiel a su credo, y esa obstinación le hizo acreedor de terribles insultos e incluso de puñaladas de emboscados entre la muchedumbre camino de la muerte. Nada sorprendió al reo, que había defendido ante los jueces del siniestro tribunal la existencia del Purgatorio en vida, nunca tras ésta. Al levantar la vista vio su destino: entre la leña le esperaba, siniestra, la estaca. No era un Auto de Fe más: en la plaza mayor de Valladolid, aquel día de abril de 1542, la Inquisición iba a escenificar su poder prendiendo fuego a un hombre que representaba un nuevo ideal, una corriente religiosa que amenazaba con socavar el poder eclesial de la vieja y pía piel de toro: la Reforma protestante española.
El hombre se llamaba Francisco de San Román y había nacido en Burgos en 1515, en el seno de una rica familia de mercaderes de origen converso. El negocio familiar le llevó por media Europa: Amberes, Bruselas, Lovaina, Brujas, Bremen, donde el movimiento religioso reformista liderado por Martín Lutero había desatado un seísmo que acabaría en un cisma de la iglesia católica... No fue ajeno el mercader burgalés a esta realidad durante sus viajes, pero fue en la ciudad alemana de Bremen donde, tras escuchar el sermón de un discípulo de Lutero, tuvo su epifanía. Deslumbrado, lo dejó todo. Jacobus Spreng, que así se llamaba el orador, adoctrinó al burgalés, que se convirtió en predicador protestante. La vehemencia con la que defendía el ideario luterano cautivó y a la vez alarmó a sus compañeros de evangelización, que no cesaron de advertirle sobre los numerosos enemigos que esta doctrina tenía en todo el continente. El burgalés fue imprudente. Y lo pagó caro.
En Amberes, adonde se había trasladado para hacer proselitismo, fue detenido y entregado a los inquisidores, que lo encerraron durante meses. Allí, interrogado con fiereza, fue obligado a retractarse. No sólo no lo hizo, sino que desafió al Santo Oficio diciendo que podrían quemar su cuerpo, que no su alma.Finalmente, y pese a ser considerado un herético peligroso, fue puesto en libertad en la creencia de que la prisión habría rebajado su carácter temperamental.
Pero Francisco de San Román no se arrugó: buscó a los principales cabecillas del movimiento protestante -entre ellos, un paisano suyo, Francisco de Enzinas, mucho más moderado pero humanista reformador con ascendencia en el movimiento religioso- y quiso acaudillar una misión a priori inconcebible, propia de un loco: convertir a la fe protestante al mismísimo emperador Carlos V. Así, el burgalés se presentó en Ratisbona, donde el monarca iba a presidir un encuentro cuya finalidad era restaurar la antigua unidad del Sacro Imperio Romano. Era el año 1541. Lo cierto es que San Román consiguió por tres veces reunirse con el emperador. Éste, finalmente, y aconsejado por sus exasperados asistentes -que tuvieron que escuchar su letanía de herejías- ordenó su detención y traslado a España para que fuese juzgado por el Santo Oficio.
Viajó en carro de bueyes siguiendo al séquito real de Alemana a Italia, de Italia al norte de África, y de allí a Valladolid. El proceso fue breve: Francisco de San Román defendió sus tesis sin inmutarse. A saber: que el hombre no recibe la salvación por sus obras, sino por la misericordia de Dios; que la misa, la confesión, el purgatorio, la invocación a los santos y el culto a las imágenes eran blasfemias contra el Dios viviente porque la misa debía decirse para que la entendiera el vulgo, los arrepentimientos participárselo sólo a Dios, único que debía ser objeto de culto; que los sacerdotes debían poder casarse; que la hostia no es el cuerpo de Dios, que es una artimaña para engañar a la gente; y que el Papa de Roma era el Anticristo, entre otras aseveraciones.
 
«Secuaz de las herejías». La sentencia, que lo condenaba a la hoguera, rezaba: «Mal cristiano, secuaz de las herejías del heresiarca Martín Lutero». Atado a la estaca, se le concedió la enésima oportunidad de retractarse. En vano. Cuando las llamas le rodearon, comenzó a girar la cabeza bruscamente, y los frailes que lo vieron  creyeron que con tales gestos se estaba arrepintiendo, ordenando al instante sacarlo de las llamas. Fuera del fuego, recobró el burgalés el sentido y gritó: «¿Envidiáis mi felicidad?», ante lo cual lo devolvieron a la pira, que al cabo lo convirtió en cenizas. Aquella fortaleza no pasó desapercibida en muchos de los presentes. Gentes cercanas a las doctrinas reformistas recogieron huesos y cenizas del muerto, como reliquias, y hasta el embajador inglés pagó 300 escudos por unos pocos restos. Es considerado el primer mártir de la Reforma protestante española. Aunque hubo más. Muchos más. 
 
*Fuente: Los protestantes y la espiritualidad evangélica en la España del siglo XVI. Manuel de León de la Vega