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Cortando voy, peinando vengo

R. PÉREZ BARREDO
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La despoblación y el envejecimiento de quienes aún permanecen en los pueblos llevó hace unos pocos años a Esther Angulo a convertirse en peluquera ambulante

Esther, atusando el pelo a Milagros, vecina de Villasilos. - Foto: Patricia González

Acaba de despuntar el sol cuando Esther ya tiene todos sus utensilios de trabajo en el coche. No cabe un alfiler en el maletero; tampoco en los asientos traseros. Secadores, peines, cepillos, tijeras, toallas, tintes, lavacabezas, lacas, planchas, batas, guantes y toda suerte de accesorios se acumulan en maletines, cajas y bolsas que ordena con precisión de cirujano. "Hay que hacer como en el Tetris", dice sonriendo. Por delante, kilómetros de carretera y una jornada larga e intensa que hoy se reparte entre Tardajos, Villasilos y Pedrosa del Príncipe. También se lleva comida, claro, que el día es largo y lo de comer en casa es para ella una quimera. Suena rock and roll cuando se pone en marcha esta peluquera vocacional que un buen día de hace unos pocos años decidió abandonar el sedentarismo de un salón de belleza fijo para convertirse en peluquera ambulante: encontró en la malhadada despoblación y en el envejecimiento de quienes aún resisten en los pueblos a su clientela. Una clientela fiel, numerosa y profundamente agradecida.

Aún no son las nueve y Esther Angulo, sencilla, alegre y vital, conduce tarareando una canción -con el pinganillo del móvil en la oreja porque puede entrar alguna llamada de última hora de alguno de los pueblos de su ruta- con algún peregrino y el llano horizonte por toda compañía en la luminosa mañana de octubre. Asegura sentirse feliz de haber decidido convertirse en peluquera rural ('Tú mism@', se denomina su proyecto que funciona con cita previa) a domicilio. Sus principales clientes son personas mayores en cuyos pueblos no hay peluquería y no pueden desplazarse -porque no conducen, por edad, por problemas de movilidad, porque no tienen quien les lleve- a donde sí dan ese servicio. "Estoy encantada.

Considero que doy un servicio. Y me encanta relacionarme con la gente de los pueblos. Aprendo mucho de ellos. Considero que mi trabajo es creativo, artístico y si además de hacerlo a gusto es con personas estupendas que te enseñan, pues me siento afortunada, me llena".

La peluquera, que es acogida en cada casa casi como un miembro de la familia, mostrando a dos de sus clientes el resultado.La peluquera, que es acogida en cada casa casi como un miembro de la familia, mostrando a dos de sus clientes el resultado. - Foto: Patricia

Esther es peluquera, sí, pero también amiga, confidente, psicóloga, acompañante. "Estableces una relación de amistad y confianza. En muchas casas me siento casi como de la familia. Me ofrecen desayunar, comer, me dan productos de sus huertas... Es una maravilla. Me gusta mucho que me hablen de sus vidas, del pasado, de cómo era antes el pueblo. Aprendes mucho. Aprendes de dónde vienes. Y son gente sencilla, buena, tolerante". Una de esas casas en las que Esther se siente como en la suya es la de Milagros, 92 años, guapa y con un pelazo blanco que cuántas quisieran. A ella y a su hermana Lourdes las visita cada quince días. Es viernes y quieren estar reguapas para la misa del domingo, cita social de la semana. La estancia principal de la casa de Milagros hace de improvisado salón de belleza. Entre los retratos familiares, las estampas de santos y vírgenes y los anaqueles con la vajilla monta su estaribel Esther.

Es una chica buena y muy cumplidora", dice Milagros de su esteticista personal. Charlan de todo; del pueblo, de la partida de cartas, del programa de televisión, de la vida, de que Fulanita se ha caído y se ha roto una pierna, menuda faena, la pobre. "Nos viene muy bien el servicio que nos da", explica Lourdes mientras Esther le tiñe el pelo. "Es un gran favor el que nos hace. Estamos muy contentas. Un poco de genio tiene, pero es como una amiga", apostilla Lourdes y las tres sonríen, cómplices. "¿A mí me toca corte hoy?", inquiere Milagros. "Mejor para la próxima vez", escucha por respuesta. "Son muy majas, aunque a veces nos peleamos, ¿verdad?", desliza la peluquera guiñando un ojo. "En los pueblos nos arreglamos sobre todo para la misa del domingo. Porque sólo hay misa el domingo. Ni siquiera va a haber en El Pilar. Una pena. Pero yo escucho misa todos días", dice Milagros, y la conversación deriva en la televisión, en los programas que le gusta a una y a otra, y Milagros abomina de uno de los canales que sí suele ver Lourdes porque le parece un poco inmoral, un zorrerío a pata. "¿Pero a mí qué me importa la vida de los demás? Uy, uy, uy, a mí no me gusta nada esa cadena".

Están pegando la hebra mientras Esther peina a Milagros cuando un sonoro claxon invade la estancia. "Es el frutero", tercia Lourdes. "La verdad es que en este pueblo estamos bien de servicios: viene el frutero, el panadero, el carnicero, el pescadero, ¡y hasta la peluquera! Eso sí, lo peor es lo del médico. Ahí estamos mal, mal", reflexiona con tristeza. Deja Esther impecables a los dos hermanas, que se miran en el espejo con coquetería. Se queda Milagros atizando la gloria mientras Esther recoge los bártulos y vuelve a llenar el coche. La despedida es cariñosa, tierna. Próxima estación, Pedrosa del Príncipe, donde se lo han montado de maravilla para hacer más cómodo el trabajo a la peluquera. "Que venga Esther aquí es para nosotros un lujo. Un lujo y una necesidad, porque en el pueblo hay personas o que no están en condiciones o que no tienen quien les lleve a una peluquería".

Quien habla es María Jesús, que explica que el pueblo ha conseguido que el Ayuntamiento ceda un local (que la fue la casa del secretario) para este menester, por lo que no es necesario que Esther vaya de casa en casa. Ítem más: hace tres años aprovecharon el cierre por jubilación de una peluquería en Melgar y adquirieron todos los utensilios de la misma, que ahora dan servicio en este espacio municipal. "Es una gozada. Gloria bendita", dice Esther, reconociendo que tanta comodidad facilita su trabajo. Que no es poco: hoy tiene nada menos que siete clientes en Pedrosa, cinco mujeres y dos varones. "Tenemos mucha suerte porque además Esther es majísima", apunta Petra, primera cliente del pueblo. Luego será el turno de María Jesús; y más tarde llegarán Chelo, Ina, Angelines, David y Manuel. Y a todos dejará Esther, que sueña con poder tener un día su peluquería en una autocaravana, como nuevos, guapos y lucidos. Porque su ambulante peluquería es más que especial (en la radio de su coche suena ahora el Kiko Veneno en la rumba canalla que sublimó el Camarón, 'Volando voy, volando vengo'). Esther también vuela: 'Cortando voy, peinando vengo'. Ella es única.