"Hubo sotanas en la génesis de ETA y en el mundo abertzale"

R.P.B.
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La editorial Península publica hoy 'Con la Biblia y la Parabellum. Cuando la iglesia vasca ponía una vela a Dios y otra al diablo', del periodista de origen ribereño Pedro Ontoso

Portada del libro, que ha visto hoy la luz.

El título del libro es una declaración de intenciones: Con la Biblia y la Parabellum. También lo es el subtítulo: Cuando la iglesia vasca ponía una vela a Dios y otra al diablo. Lo firma Pedro Ontoso, periodista, sociólogo y profesor de la Universidad del País Vasco de raíces burgalesas. "Esta no es una historia de la Iglesia al uso, ni una historia sobre ETA, sino una crónica del proceso que discurre entre el nacimiento de la organización terrorista (1959) y su disolución (2018), y el protagonismo que han tenido en ella los miembros de la Iglesia, tanto en la legitimación de la violencia como en los numerosos episodios de mediación, en el surgimiento de los movimientos cívicos de pacificación, en el impulso a la reinserción de etarras, en las acciones para acercar las orillas del sufrimiento entre las víctimas y los victimarios, y, por último, en el desarme y desaparición de ETA", recoge el dossier informativo de la obra, que verá la luz el 30 de abril.


Para el autor, una vez acabada la violencia "es el momento de que muchas historias salgan ahora a la luz". Con la Biblia y la Parabellum viene a colmar las exigencias de los más implicados en esta historia pero también atrapará al lector general con los momentos de complicidad entre curas y etarras, y los episodios de mediación y negociación, en un pulso continuado entre los poderes civil y eclesiástico a la sombra del Vaticano. Posee el libro pasajes de enorme enjundia, como este que reproducimos aquí: "Lo que en un inicio fue un periodo de resistencia política y cultural frente al régimen franquista, pronto se desvió hacia la violencia terrorista y a hacer el mayor daño posible. Y todo ello, ¿para qué? ETA solo ha producido muerte y sufrimiento; si ha persistido tanto en el tiempo, solo es porque gran parte de la sociedad vasca apoyó o toleró sus acciones. ¿Hubo complicidad de la Iglesia? ETA no nació en un seminario, pero hubo sotanas de curas y hábitos de frailes en la génesis de ETA, y luego las hubo también en el entorno intelectual de la izquierda abertzale. ‘Si no nos oponemos al malo, lo estamos alimentando de forma tácita’, establece la doctrina social de la Iglesia, tan invocada en Euskadi".


Recuerda Ontoso en su obra a religiosos directamente relacionados con la banda terrorista, caso de Eustakio Mendizábal, Txikia, "un exmonje benedictino que se convirtió en un mítico jefe de ETA. Txikia fue uno de sus pistoleros más sanguinarios y, cuando murió en un tiroteo con la policía, se convirtió en un mártir y en un ejemplo para otros jóvenes que abrazaron la violencia". Asimismo, el investigador recuerda que la primera asamblea de ETA se celebró en mayo de 1962 en el monasterio benedictino de Belloc, en Francia; el mismo lugar en el que, años después, un terrorista dejó las pistolas y tomó los hábitos, lo cual no le impidió ser localizado y detenido por la policía. La cuarta (y primera asamblea celebrada en suelo español) se celebró en la Casa de Ejercicios Espirituales de los jesuitas en Guetaria. También la quinta.


Abunda el autor en la estrecha relación del clero con la formación terrorista a partir de, por ejemplo, atentados tan simbólicos de la banda como el del primer asesinado, José Ángel Pardines Arcay, a manos de Etxebarrieta. "En efecto, una parte muy importante del clero se volcó con Etxebarrieta. Hubo misas en su recuerdo en casi todos los rincones de Euskadi. En las homilías se ensalzaba su categoría humana y se bendecía su compromiso con el pueblo hasta el punto de haber sacrificado su vida por el país. Así se elogió su actuación en la iglesia de los jesuitas de San Sebastián, abarrotada de gente a la que se le saltaban las lágrimas. El oficiante valoró la entrega de aquel joven idealista, pero no se paró ni un minuto para denunciar que había convertido la patria en un absoluto, para denunciar aquella idolatría de nuevo cuño. Etxebarrieta era uno de los nuestros. El agente Pardines, en cambio, no existía: era el enemigo. Su familia lo lloraba en soledad y casi de manera clandestina, para no ofender. El amor al pueblo era un dogma absoluto que no sólo justificaba en asesinato, sino que se asumía como un acto de justicia".


Para el autor de Con la Biblia y la Parabellum, el apoyo a la contestación social al franquismo, así como su protagonismo en la defensa de la cultura vasca, contribuyó a enraizar la influencia del clero. Recuerda Pedro Ontoso una famosa carta remitida por curas vascos al Vaticano en 1960. La firmaron 339. En aquel escrito, "los sacerdotes cruzaban una raya y se mojaban en las reivindicaciones nacionalistas del pueblo vasco. Se estaba fraguando ya un movimiento que cuestionaba la legitimidad del régimen y sacralizaba el concepto del pueblo. También se criticaba a los obispos, pero lo principal era la postura abiertamente política que se estaba tomando. El clero vasco rebelde intensificó sus predicaciones públicas en defensa de los derechos del pueblo vasco y contra el régimen franquista. Aquellas homilías ‘subversivas’ generaron centenares de multas y numerosas detenciones (...). Para entonces ya había curas (aunque es cierto que eran un grupo muy reducido) que se habían enrolado en ETA, principalmente en labores de infraestructura y logística, y muchos seminaristas simpatizaban con su causa en Vizcaya y, sobre todo, en Guipúzcoa".


un burgalés olvidado. El taxista burgalés Fermín Monasterio, primera víctima civil de ETA, fue asesinado a tiros por un etarra que huía de la policía y que se coló en su taxi en plena fuga. Cuenta el autor de este libro que la familia Monasterio nunca recibió apoyo ni consuelo de la Iglesia, pese a que varios sacerdotes ocultaron al asesino del burgalés. Y recoge este testimonio de Dori, una de las tres hijas del burgalés. "Mi madre tenía dificultades para que los curas de Arangoiti [barrio de Bilbao] atendieran sus peticiones. Le ponían pegas para las misas en recuerdo de mi padre. No se sentía a gusto. Más que ayudarnos a nosotras, la Iglesia se dedicó a callar y a proteger y tapar a los suyos. Al final cambió de parroquia y encontró un padre espiritual en un templo de los jesuitas, que le ayudó mucho".
Recoge Pedro Ontoso que casi 48 años después del crimen, Dori Monasterio se entrevistó con el que era en 1969, año del asesinato, vicario de la diócesis de Bilbao, José Ángel Ubieta, a quien varios curas llegaron a señalar como el hombre que amparó la cobertura del asesino de Monasterio. "No perdono a quien asesinó a mi padre. Él no tuvo nunca ningún interés por la familia que rompió", explicó Dori al autor del libro.


discrepancias con rouco. Otro pasaje de enjundia, entre los muchos que recoge el libro, es el que alude a las discrepancias entre la Iglesia y el cardenal Rouco Varela a finales de los 90 y comienzo de los 2000. Así escribe Ontoso: "Tras el fracaso de las conversaciones entre el Gobierno y ETA en 1999, en las que actuó como intermediario monseñor Uriarte, y la ruptura de la tregua, la banda terrorista inició una ofensiva sangrienta y asesinó a 23 personas en el año 2000. El Ejecutivo de José María Aznar decidió romper el ‘empate infinito’ y diseñó una estrategia política, policial y judicial no solo contra ETA, sino también contra todo el complejo que la rodeaba. El PP consideraba que el nacionalismo era parte del problema. La reforma de la ley de partidos, cuestionada por los obispos del País Vasco, era parte de esa nueva actuación, lo mismo que la elaboración del Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo, que pasaría a la historia como Pacto Antiterrorista. Se firmó el 8 de diciembre de 2000, con el apoyo del PSOE y fuertes críticas del PNV, al que de facto se excluía. La Conferencia Episcopal Española no secundó aquella iniciativa, pese a que la comandaba el carndeal Antonio María Rouco Varela, que mantenía buena sintonía con Aznar. El presidente ‘popular’ lo valoraba como ‘un español cabal, prevenido contra todo tipo de pulsiones identitarias y nacionalistas’. La negativa de la Iglesia a adherirse al pacto, al que nadie la había invitado, provocó una enconada polémica. Algunos interpretaron que los obispos optaron por abstenerse ante el veto de la Iglesia vasca. El prelado emérito de San Sebastián, José María Setién, había declarado que la adhesión sería ‘desacertada’ porque se trataba de un pacto que constituía ‘una ruptura del planteamiento universal del diálogo’, tenía ‘un marcado carácter político’ y seleccionaba a los participantes para, después, ‘pedir su adhesión’. Luego, había concluido: ‘Todas esas circunstancias ofrecen ciertas reservas a las que la Iglesia no puede ser indiferente’. En realidad, aquello era lo que opinaban otros obispos, entre ellos el de Bilbao, Ricardo Blázquez, y el de Pamplona, Fernando Sebastián. Este último señaló que el texto incluía ‘referencias y objetivos de orden político’ que los obispos no podían avalar ‘con la autoridad moral de la Iglesia’. A Aznar no le gustó aquella posición y así se lo hizo ver al cardenal Rouco, que apreció una preocupante fisura entre la Iglesia y una parte importante de la opinión pública".