"Me he sentido más reconocida por los hombres"

R.P.B.
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Blowin'in the wind Conversaciones sobre Burgos (X). Ana Núñez. Artista.

Ana Núñez, pintora y escultora, en su estudio. - Foto: Luis López Araico

Es probable, lector, que se haya cruzado más de una vez con ella por la calle, casi siempre del brazo de un apuesto y alto caballero de cabellos nevados y mirada marítima. Amantes ambos de los paseos y de cualquier acto cultural que se precie, siempre les encontrarán ahí, del brazo por el Espolón, en la inauguración de una exposición, en la conferencia de turno, en el concierto de esta o aquella filarmónica. Exhibe la escultora y pintora Ana Núñez una sonrisa blanca y acogedora; no es una sonrisa cualquiera: es de esas que hacen que los ojos se iluminen, y con ellos el rostro. El suyo es bello, sereno y todavía conserva mucho del brillo de la niña que fue. Esa niña feliz. La hija más pequeña de aquel gran poeta de Burgos -de Castilla- que fue Rafael Núñez Rosáenz. Entra una luz tamizada por uno de los ventanales de la preciosa casa que, junto al arco de Las Huelgas, es desde hace muchos su refugio y su taller. El espacio es amplio, pero es ahí, cerca de la luz, donde Ana tiene su pequeño universo: pinturas, paletas, caballetes, lienzos. "Cuando me canso de pintar, me cambio a la escultura (cuyo taller está en otra estancia de la casona). Y viceversa".


Llegó al mundo en 1939 y pronto se vio acunada por versos, aquellos que su progenitor andaba siempre persiguiendo, en sueños y despierto. Cuántas veces, cuenta ella riendo, le sorprendía haciendo con los dedos las cuentas de un endecasílabo con el que rematar alguno de aquellos sonetos perfectos, pura música, que luego estamparía en un papel. Como para subrayar aquel instante de ensimismamiento del poeta cuando se hallaba en aquel trance evoca Ana esta anécdota: "Era capaz de no ver nada alrededor. Recuerdo que de jovencita estaba un día con mis amigas y con un grupo de chicos en el Espolón y una me advirtió de que nos íbamos a cruzar con mi padre, por si se enfadaba al encontrarme allí. Me fijé en que iba contando con los dedos, dándole vueltas a las sílabas. Pasé a su lado. ¡Ni se enteró!".


Creció en un ambiente culto. Su casa de la calle Diego Luis de San Vitores era una suerte de santuario literario. Por allí desfilaba un día sí y otro también lo más granado de las letras, locales y foráneas. Tertulias que ella recuerda con mirada de niña curiosa, traviesa. "Mira, ha venido este y este otro, nos decíamos mis hermanos, mi madre y yo asomados desde la puerta de la cocina". Fue un infancia feliz. "Siempre estuvimos muy unidos. Mis padres nos enseñaban muchas cosas. Disfrutamos de la poesía, del arte. Pero no de forma ampulosa, sino natural, sencilla, sin que resultara una obligación. Y lo vivimos siempre con mucha pasión". La poesía. Mucho antes de que Ana Núñez sintiera cierta inclinación por el dibujo -lo que que acabaría marcando su vida- su primer contacto con el arte fue a través de la palabra poética de su padre, ya que ella declamaba tan bien que el vate solía llevársela con él a los recitales en los que participaba. "Lo hacía bien y tanto mi padre como Frühbeck o Camarero me pedían que recitara sus poemas".


Habla con pasión de su padre. "La gente podría pensar que era un hombre serio. Pero era cariñosísimo. Y los niños le encantaban. Le recuerdo siempre escribiendo y siempre rodeado de escritores y pintores como Luis Sáez, Jesús del Olmo, con quienes participaba en la tertulia de El Palomar, aquella reunión que celebraban en la Plaza Mayor. Era asiduo de todos ellos y se lo pasaban de maravilla". La figura de Núñez Rosáenz, tan respetada y respetable, fue asimismo polo de atracción, además de protectora: daba amparo, cobijo, impulso y ánimo a los jóvenes que buscaban hacerse un hueco creativo en la ciudad. "A todo aquel artista incipiente le recibía como si fuese Machado".


Ana Núñez recuerda una de sus primeras creaciones con nitidez. Había sido enviada a participar en unos ejercicios espirituales y, desde la ventana de su habitación, dibujó a lapicero la Catedral. "Una de mis compañeras lo vio y le encantó, y me pidió que se lo regalara. Lo hice. ¡Y no veas cómo me he arrepentido! Vamos, que no la he vuelta a hacer igual...". Su inquietud artística contó siempre con la complicidad familiar. "Dibujaba mucho. Como vivíamos en La Quinta siempre estaba pintando los árboles, el río... Creo que me ayudó mucho el ambiente cultural en el que crecí para que pudiera desarrollar esa pasión". Ana Núñez no tiene una visión gris ni deprimente de aquel Burgos de su infancia y mocedad, en los años 50 y 60. "Contra lo que se pueda pensar, fueron años muy buenos. Culturalmente había gente muy buena y venía a la ciudad gente muy buena: Dámaso Alonso, Federico Muelas, José Hierro, Victoriano Crémer... Había dinamismo cultural. Aquí estaban Luis Sáez, Juanjo Ruiz Rojo, Juan Ruiz Peña, Bernardo Cuesta Beltrán, Sabino Nebreda, Carlos Frühbeck, Jesús del Olmo, José Luis Camarero...".


Se matriculó en la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, pero donde se formó fue en la Escuela de Arte. Fue allí donde conoció a una de las personas que más le marcaron: Antonio Sanz de la Fuente. "Qué persona... Buen artista, buena persona, con las ideas muy claras. Trataba a todo el mundo con un cariño inmenso. Jamás tachó nada de ningún alumno como sí hacían otros profesores". Cinco años de estudio intenso. Y se graduó en Artes Aplicadas "y Oficios Artísticos", apunta. Recuerda que eran muchas las chicas que hicieron con ella aquellos cursos. Y que incluso destacaban más que los chicos. Cita algunos de sus maestros además de Sanz de la Fuente: el dorador Florentino Lomillo, que impartía clases de policromía, "hacía muchas rehabilitaciones en la catedral. Era un artesano fabuloso"; Fermín Nebreda, "que hacía unas tallas clásicas maravillosas"; Luis Ortega...


Tuvo muy claro, al concluir los estudios, que se dedicaría a hacer obra (pintura y escultura) y también a enseñar, algo que haría muy poco después. La casa de Las Huelgas se convirtió, durante años, en un taller-escuela. Para Ana Núñez esta fue una de las épocas más bonitas. "Muchos alumnos míos acabaron siendo arquitectos. Todavía hoy me encuentro con algunos y recordamos aquella época con mucho cariño. Aquí encontraron algo que igual no habían tenido en otros sitios. Aquí se podían explayar como les daba la gana. Y lo pasábamos muy bien. Además, yo también aprendía con ellos. De todo el mundo se puede aprender". Mientras tanto, trabajaba: pintura y escultura, pintura y escultura. Y fueron sucediéndose las exposiciones, en Burgos y otras ciudades: Madrid, Palma de Mallorca, Málaga, Palencia, Segovia, Barcelona... Y con galerías que movían su obra.


Admite que exponer en su ciudad nunca fue un trago amable para ella, sobre todo en las primeras ocasiones, en otro tiempo. "La gente te mira como a una niña de Burgos privilegiada, que iba a los bailes, que iba a esto o lo otro. Hay quienes no conciben que puedas hacer esto, que puedas ser artista. Siempre ha habido gente que no te considera. Ah, ¿pero tú haces estas cositas? Esa frase no se me olvida... No se trataba por igual al hombre que a la mujer. Y diré más: en ese sentido, las mujeres han tenido peor comportamiento. Siempre me he sentido más considerada artísticamente por los hombres. Alguna mujer ha llegado a decirme que las esculturas me las hacía mi marido. Todas esas cosas se quedan grabadas, aunque es mejor no responder con ira. Recuerdo haberle dicho: ‘Me ha dado usted una alegría. No sabía que mi marido era escultor’. Esas cosas dan pena y rabia".


Pero siempre ha cosechado la admiración y el respeto "de quienes me importaban, de esas personas que no te dicen ‘qué bonito es’, sino que la obra les ha llegado, les ha hecho sentir. Una exposición es buena, no bonita". También ha obtenido reconocimientos en algunos concursos y el favor de críticos tan prestigiosos como el gran Victoriano Crémer: "La obra de Ana Núñez, tan audazmente arraigada, tan insolentemente lanzada al descubrimiento y conquista de su propio mundo interior, consigue lo que en puridad constituye el móvil secreto de todo artista: la comunicabilidad", escribió el poeta burgalés afincado casi toda su vida en la ciudad de León.


Con todo, Ana Núñez nunca ha buscado el elogio y el reconocimiento, sino sentirse libre dando rienda suelta a cuanto lleva dentro. "Nunca he recibido encargos. Siempre he hecho lo que me ha dado la gana y cuando me ha dado la gana". Cree la artista burgalesa que el refinamiento por la cultura se ha ido perdiendo; que aunque ahora hay una oferta importante la gente está a otra cosa, a asuntos más terrenales y superficiales. Ella vive su vida libre, feliz. Ahora está explorando con la paleta camino de la abstracción geométrica. "Hay que evolucionar, no quedarse quieta en el mismo sitio", concluye dibujando una sonrisa sobre la queda, detenida, la última luz de la tarde.