"Ser fiel a lo que siento y hago me ha traído problemas"

R.P.B.
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Pablo del Barco, en su casa-estudio de Las Huelgas. - Foto: Luis López Araico

Blowin' in the wind Conversaciones sobre Burgos (XXII)Pablo del Barco. Poeta, pintor, traductor, editor, crítico

Cuando regresó definitivamente a Burgos procedente de un exilio sevillano que se prolongó -a su pesar- durante cuarenta años, con Pablo del Barco llegaron nueve camiones, cargados esencialmente de libros y cuadros. Frente al Monasterio de Las Huelgas un dintel llama la atención más que ningún otro: ‘Factoría del Barco. Poder es Poesía’, reza la leyenda sobre la puerta de la casa/estudio/museo/ templo cultural que habita este poeta, pintor, traductor, profesor, editor y crítico burgalés que luce coleta gris, gusta de tocarse con un sombrero y exhibe siempre un aura reflexiva que subraya con una voz susurrante y hermosa, hecha de muchos silencios. Es su cabeza una fábrica de tres turnos: siempre activo, siempre escribiendo, pintando, imaginando, con decenas de proyectos bullendo en su mente. Nacido hace 75 años, por su casa de infancia, que se asomaba a la Plaza Mayor, la vista de la Catedral era tan hermosa y sugerente que era habitual que las empresas de turismo solicitaran permiso a sus moradores para tomar fotografías exclusivas del perfil enhiesto que ofrecía el templo gótico desde aquella altura.


Recuerda una infancia feliz, los estudios en La Salle, ciertas travesuras por el Espolón cuando nevaba (hacían ‘potras’, esto es, pisaban la nieve para que se endureciera y así poder deslizarse como por una pista de hielo; ellos, y los incautos paseantes a los que atraían con malas artes). La literatura se hizo presente en su vida muy pronto, de la mano de Juan Ramón Jiménez y Pío Baroja, autores que le deslumbraron cuando comenzaba a transitar por el territorio siempre espinoso de la adolescencia. "Siempre he sido muy del 98. De Baroja, de Azorín. De la Generación del 27 siempre me atrajo Jorge Guillén y Pedro Salinas, fundamentalmente. También Rafael Alberti, con el que muchos años después tuve una bronca fenomenal en Granada y del que nunca me gustó cómo se comportó con María Teresa León ni la postura ególatra y endiosada que adoptó en sus últimos años".


De aquel hechizo por la literatura ya no se deshizo nunca, menos aún cuando, apenas siendo un mozalbete que daba clases en el Seminario de San José, un cura llamado Bonifacio Zamora le mostró unos papeles que le habían sido entregados para su custodia: era el fondo de los hermanos Manuel y Antonio Machado que hoy conserva la Institución Fernán González. "Casi me caigo del susto cuando empezó a sacar manuscritos de Antonio Machado, llenos aún de ceniza. Me di cuenta de que Bonifacio había realizado anotaciones a los márgenes para cotejar aquellos textos con la edición de Plenitud de las Obras Completas de Manuel y Antonio. Le dije que cómo se le ocurría hacer aquello y me ofrecí a limpiar aquellas huellas. También los llevé a la Diputación para que se hiciera copia de todo ello y se lo devolví todo. Lo que pasó después es otra historia".


Los Machado, el 98, el 27... Pero la gran epifanía de Pablo del Barco se produjo en aquel oasis intelectual y ‘rojeras’ que fue la librería Granado. "En aquella trastienda magnífica hice grandes descubrimientos, especialmente la poesía latinoamericana: Octavio Paz, César Vallejo, Pablo Neruda, Vicente Huidobro. Allí se podían encontrar libros que entonces (habla de los años 60 y primeros 70) estaban prohibidos en España". Evoca este intelectual los viajes que hacía con Granado y otros letraheridos a San Sebastián, desde donde cruzaban la frontera hasta Biarritz para comprar libros. "Entre otros, recuerdo haberme traído a España Operación Ogro (donde los autores del asesinato de Carrero Blanco cuentan los entresijos del atentado) o El laberinto español. A nuestro regreso escondíamos los libros debajo de los asientos. Así comencé a tener una buena colección". En aquel Burgos grisáceo, aún levítico y marcial, aquella pequeña librería, algunos viajes por la provincia y el cineclub que dirigía Giménez Rico eran las únicas escapatorias. Y pegar la hebra con las chavalas en el Espolón. No había mucho más. "Recuerdo que siempre escribía y pintaba, pero no sabía por qué ni para qué". 


Se marchó a estudiar Filosofía y Letras a Valladolid , donde realizó los tres primeros cursos; completó la carrera en Barcelona, adonde viajó para familiarizarse con el catalán, cuya lengua y literatura le atraían. No resultó la mejor experiencia: pronto le hicieron sentir que era un charnego, que no era de los suyos, y desconfiaron hasta tal punto que le tomaron por un infiltrado de la secreta o por lo menos un confidente. "Llegó a hacerse un tanto insoportable el clima para quienes no éramos catalanes", admite. Pero no todo fue desagradable: estudió con Paco Rico y otros intelectuales catalanes. Y se licenció en Filología Románica antes de regresar a Burgos con su mujer, también burgalesa. Apareció la posibilidad de ser profesor de instituto, y le salió plaza en Jerez de la Frontera para impartir Lengua y Literatura Española. "Allí empecé a entender lo que era Andalucía...". Aguantó cinco años. "No estaba dispuesto a facilitar becas a quienes no se las merecían. Clases poderosas, presiones para aprobar a ciertos alumnos hijos de ciertas personas... No pude pasar por ahí".


Su siguiente destino fue Madrid, donde pudo poner en práctica conocimientos menos relacionados con las musas, los que le procuraron haber estudiado también perito mercantil, aval con el que entró a trabajar a las órdenes de un polémico empresario llamado Jesús Gil y Gil. "Un persona extraño, Gil. Era un tipo muy inteligente, al que no se le podía decir que no, ni llevar la contraria. Sabía ser bruto y encantador". Conserva muchas anécdotas Pablo del Barco sobre el inefable alcalde de Marbella y presidente de Atlético de Madrid. Nos quedamos con esta: cuando le conoció, le presentó al que dijo que era su socio. La tragedia de Los Ángeles de San Rafael, donde murieron 56 personas tras derrumbarse un edificio del que Gil era promotor, había sucedido unos años antes. "El socio lo acompañaba hasta al retrete. Sabíamos que tenía pena de cárcel y que le habían dado libertad condicional y de movimientos con restricciones. Resultó que el presunto socio era el policía que le seguía a todas partes. Al cabo del tiempo me enteré de que aquel hombre terminó siendo efectivamente su socio, convertido en un empresario exitoso al compás de Gil". Y tal y tal.


Brasil, el deslumbramiento. Fue estando en Madrid cuando un amigo le avisó de la posibilidad de trasladarse a la Universidad de Sao Paulo, en Brasil, con una beca. Y no lo dudó. Antes de irse ejerció como periodista free lance para la publicación Sábado Gráfico (semanario en el que firmaban, entre otros, Haro Tecglen o Álvaro Cunqueiro). Esta revista le acreditó para cubrir en Burgos el Consejo de Guerra para los que serían últimos fusilados del franquismo. Allí conoció al abogado Juan Mari Bandrés y a la familia del polimili Ángel Otaegui, que fue ajusticiado en Burgos. "No hubo juicio. Fue un escándalo". Su último recuerdo de España antes de cruzar el charco es amargo: presenció la vergonzosa manifestación que, para ocultar aquellos crímenes, se celebró en la plaza de Oriente, con Franco, ya un cadáver prematuro, en el balcón del Palacio Real acompañado por los príncipes Juan Carlos y Sofía. "Es una de las cosas más repugnantes que he vivido en mi vida".


Estamos en Brasil. "Fue un mundo fascinante para mí, con una vitalidad tremenda". Durante un año, vivió como inquilino en la casa de una nigromante que nunca dejó de sorprenderle. Y se embebió de la corriente poética del país llamada Poesía Concreta, que le fascinó y que terminaría marcando su obra de forma indeleble. Entretanto, festejó la muerte del dictador español (que su casera le anunció el 17 de noviembre) invitando a champán a sus amigos. "Sentí una alegría inmensa". En octubre del 76 ya estaba de regreso en España. Y al poco de llegar, entró a trabajar en la Universidad de Sevilla. "Sevilla... Sevilla es una ciudad en la que, si no te exhibes, no existes. Puedes vivir bien si te apuntas a la ciudad. Y apuntarse a la ciudad es apuntarte a una hermandad y a una caseta de la feria. Yo no lo hice, pero durante los treinta años que estuve en la universidad me tuvieron en cuenta, porque yo era una persona de cierto prestigio social. Yo hice muchas cosas en Sevilla. Yo llevé a Saramago por primera vez a la ciudad y fui su padrino cuando le nombraron doctor Honoris Causa; llevé a los principales escritores e intelectuales del momento. Hice encuentros de poesía, exposiciones, publiqué libros...".


Le duele Sevilla. "Yo la llamo la ciudad de la apariencia. En su día escribí un artículo hablando de por qué en Sevilla no hay un buen Carnaval, porque hay tres carnavales: la Feria de Abril, Semana Santa y el Rocío. Si te das cuenta, las dos fiestas más importantes de Sevilla las hace disfrazada. Sé que a veces tengo mala leche y cuando la gente me pregunta cómo es Sevilla yo respondo que como la Macarena: la ves con tantas joyas, con tantas flores... Pero la levantas la falda y son cuatro tacos de madera. Sólo tiene la cabeza y las manos. Eso es Sevilla: lo que se ve, lo que aparece". Quizás por eso, admite Pablo del Barco, nunca terminó nunca de irse de Burgos, adonde nunca dejó de regresar durante esas cuatro décadas. Esto le reportó cierta sensación de desarraigo. "Siempre me he sentido un poco en el aire. En Sevilla, yo era de Burgos; para Burgos, yo vivía en Sevilla". Eso sí, siempre se sintió profundamente castellano, de ahí su amor por el 98. "Siempre me ha gustado la esencia de las cosas. Nunca me he dejado llevar por las apariencias. Quizás por eso terminé por marcharme finalmente de Sevilla".


Con todo, nada le ha impedido desarrollar una carrera literaria y creadora prolífica, siendo un referente absoluto en el campo de la poesía visual: es autor de medio centenar de libros de poesía; ha traducido a Pessoa, a Cabral de Melo, a Machado de Assis; y es autor de ediciones críticas esenciales de autores como Antonio y Manuel Machado, entre otros. En resumen, una bibliografía vertiginosa, ubérrima. Esencial. "En mi obra veo esencia, veo compromiso. No sé hasta qué punto lo ven los demás. Yo me he comprometido siempre; necesito ser fiel a lo que siento y a lo que quiero decir y eso me ha traído siempre problemas, y yo no soy problemático".


Se me pegan al cristal/ las mariposas del tiempo/ en su último aleteo,/ van dejando moribundo/ el pigmento de sus alas/ ensuciando el reflejo/ ocultando,/ negándome/ más acá de existir, escribe Pablo del Barco en su último poemario. Habla este polifacético artista con el timbre sosegado, y a su pensamiento acude con frecuencia el Juan de Mairena de Machado. "Juan de Mairena es lo mejor de Antonio Machado. Es su libro máximo", apostilla. Sólo en el silencio, que es, como decía mi maestro, ‘el aspecto sonoro de la nada’, puede el poeta gozar plenamente del gran regalo que le hizo la divinidad, para que fuese cantor, descubridor de un mundo de armonías. Por eso el poeta huye de todo guirigay y aborrece esas máquinas parlantes con que se pretende embargarnos el poco silencio de que aún pudiéramos disponer, escribió Machado en su Mairena. Se queda el poeta Pablo del Barco a solas con sus libros, con ese silencio que lame las paredes y que no siquiera parece quebrar el tañido de unas cercanas campanas. Se queda en silencio la Factoría del Barco. Pero es tan sólo una ilusión: su cabeza trabaja a machamartillo, ideando hojas volanderas, versos de formas imposibles, versos de todos los colores, artículos, ensayos, libros, proyectos que resuenan en su cabeza con tanta intensidad que pueden oírse a pesar del silencio.