Campanas burgalesas en la ciudad del futuro

R. PÉREZ BARREDO
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La Catedral de Brasilia, ciudad que cumple ahora sesenta años de su fundación, cuenta con cuatro campanas que fueron realizadas en una fundición de Miranda de Ebro

La maravillosa Catedral que diseñó Neimeyer, con el campanario en primer término.

Fue la ciudad soñada. La ciudad del futuro. Y un proyecto de lo más audaz: el país más grande del cono sur americano apostó por construir su capital en el mismo centro como una muestra de atención a esa población del interior abandonada por la administración, que sólo había tenido ojos y mimos para las poblaciones de la costa atlántica. Fueron muy ambiciosos los brasileños: encargaron a Óscar Niemeyer que fuera su arquitecto principal. Niemeyer, alumno aventajado de Le Corbusier, dio rienda suelta a ese talento que le procuró un lugar escogido en el Olimpo de la historia de la arquitectura. Brasilia cumple sesenta años. Es una de las capitales más jóvenes del mundo. La suya es una historia de novela, y como tal está repleta de pequeños relatos que han adquirido categoría de mitos.

Hay uno directamente relacionado con Burgos. Y con uno de los edificios más emblemáticos de cuantos diseñó el formidable arquitecto brasileño. Su Catedral, el primer monumento que se levantó en la nueva urbe, una edificación fascinante. Niemeyer siempre la definió como unas manos unidas elevadas al cielo, aunque se trate de dieciséis columnas idénticas de hormigón armado que se unen en anillo hacia el techo para después volver a separarse mirando al cielo. La colonia española afincada en Brasil, si bien no muy numerosa, no quiso sustraerse de aquel acontecimiento. Hubo españoles que trabajaron en la construcción de la ciudad; pero hubo más: aquella colonia se propuso aportar algo más a la naciente Brasilia. Y a través del embajador, el conde de Casa Rojas, canalizó la propuesta al gobierno brasileño de que serían ellos los encargados de financiar las campanas del templo metropolitano.

La encomienda recayó en una empresa de Miranda de Ebro, la fundición de la viuda de Perea. Fue allí donde se realizaron cuatro campanas de diferentes tamaños y 5.000 kilos de peso en total con un coste de seiscientas mil pesetas. Fueron bautizadas : ‘Pinta’, ‘Niña’, ‘Santa María’ y ‘Pilarica’. Las campanas se fundieron en dos meses y medio. El propio director general del Instituto Español de Emigración, Miguel García de Sáez, se personó en Miranda para su recepción. Fue en agosto de 1968. La más grande pesaba 2.480 kilos; la segunda, 1147; la tercera, 786; y la cuarta, 497. En todas ellas estaba grabada la siguiente leyenda: Ofrenda de los españoles residentes en Brasil, en testimonio de su amor a esta generosa tierra y a la hospitalidad de sus habitantes. El responsable de la fundición, Carlos Perea Villaverde, hizo entrega de los bronces aludiendo al enorme trabajo realizado, pero también al gran cariño y a la emoción con que fueron fabricadas en el taller mirandés. El capellán de los Hermanos Maristas de Fuentecaliente, Ricardo Martín García, hizo una petición bien curiosa al director general de Emigración: que se grabara un disco del sonido emitido por las cuatro campanas cuando estas ya se hallaran en su lugar de destino. 

Tragedia y redención. Las campanas fueron trasladadas a Sevilla, puerto desde el que salieron a bordo del transatlántico ‘Cabo de Santa María’ a finales de ese mes de agosto de 1968, con tan mala suerte que el paquebote embarrancó en las costas de Cabo Verde hacia mediados de septiembre. Aunque se hizo todo lo posible, el paquebote se fue a pique, perdiéndose toda su mercancía, incluidas las campanas. Pese al enorme disgusto, la colonia española en Brasil no se arredró y volvió a encargar a la fundición mirandesa unas nuevas campanas, idénticas a las perdidas en el fondo del océano atlántico. Así se hizo.

En el segundo viaje no hubo susto, aunque hubo que esperar unos cuantos años para oír las campanas mirandesa tañir al aire de Brasilia. Así, el campanario de la modernísima Catedral fue inaugurado el Día de las Hispanidad de 1977. Aquel 12 de octubre, con autoridades brasileñas y españolas, las campanas fundidas en Miranda (que cambiaron los nombres con que fueron bautizadas a orillas del Ebro por los de ‘Santa Cruz’, ‘Santa María’, ‘Nossa Senhora Aparecida’ y ‘Nossa Senhora do Pilar’ sonaron alegres al aire caluroso de aquel día, con varios miles de personas como testigos del momento histórico.

El lermeño que también construyó Brasilia. Federico Ortega Martínez, burgalés de Lerma, fue uno de los pioneros españoles que contribuyeron a la construcción de Brasilia. Aprendió de su padre el oficio de albañil antes de iniciar su aventura americana. Su primer destino fue Sao Paulo. Pero en 1960 se trasladó a la naciente y pujante Brasilia, donde prosperó como constructor.

Su primera obra fue un hotel, que se levantó en una de las zonas más céntricas de la nueva capital brasileña. Mientras construía su primer gran edificio, se asoció con un gallego y montó una empresa de juegos electrónicos, negocio que se prolongó durante años y con el que obtuvo beneficios que le permitieron, años después, culminar su gran sueño: la creación de Construcciones Ortega (COL). "La construcción estaba en el ADN de mi padre. Siempre estaba construyendo, siempre estaba pensando en construir aquí y allí", explicaron sus hijos a este periódico hace unos años, tras la muerte de Ortega, acaecida en 2015. 

La constructora sigue existiendo. Es una empresa mediana, con cerca de 200 empleados". En estos años, han construido decenas de edificios comerciales y residenciales, y la empresa se mantiene con buenos resultados pese a la crisis que padeció el país. Federico Ortega fue enterrado en Brasilia, la ciudad que le reconoció y condecoró como uno de sus padres fundadores y le procuró un funeral a su altura.