La generosidad avanza

A.C.
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Un centenar de personas han regalado un año más su trabajo para que el monasterio de Rioseco siga resurgiendo

LA GENEROSIDAD AVANZA

Los primeros monjes llegaron al monasterio de Santa María de Rioseco en 1236, seguro que atraídos por la riqueza y belleza de su entorno. Casi ochocientos años después, este lugar sigue siendo un imán para los amantes del patrimonio y la naturaleza, que lo visitan por miles, y para decenas de personas que desinteresadamente regalan su trabajo cada año para que esta joya cisterciense siga saliendo a la luz. En la que ya es la novena Semana del Voluntariado habían participado hasta el jueves más de un centenar y aún quedaban días de trabajo. El domingo queda reservado para la fiesta y la celebración.
Estos días han estado al pie del cañón los fieles de Salvemos Rioseco, voluntarios en su mayoría del Valle de Manzanedo y Villarcayo, que también colaboran con las visitas guiadas, la difusión de actividades y todo tipo de labores encaminadas a conseguir la recuperación del monasterio. No faltan el matrimonio formado por Ángel y Chelo, Juan Ángel, Isabel, Gonzalo, Asun, Noemi y muchos otros. También ha regresado de nuevo el contable de Gerona, Francisco, que no falla desde hace siete años.
Y se han sumado muchos otros, como Lara Alonso, de Condado de Valdivielso, y su pareja Alejandro Moro, dos jóvenes que acaban de terminar sus estudios de grado en la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Madrid. Vinieron a visitar Rioseco y conocieron al párroco Juan Miguel Gutiérrez y la Semana del Voluntariado. No lo pensaron y desde el lunes restauran una de las claves de las bóvedas de la iglesia que aún se conserva, pese al agua que durante décadas penetró en su madera. Han aparecido carcomas vivas y habrá que desinsectar, lo que retrasa sus planes. Hay que dejar que los productos químicos  hagan su trabajo durante una semana. Pero regresaran a terminar en otoño, una vez entreguen sus trabajos de fin de grado, dedicados precisamente a otros elementos del patrimonio del Valle de Manzanedo.
Juan Carlos reside en Madrid, pero está veraneando en Castrillo del Val. No le importa recorrer cada día casi 85 kilómetros para llegar a Rioseco con su hijo Juan. Trabaja en el antiguo foso que rodeaba el monasterio descubriendo el camino empedrado, desenterrado tras sacar toneladas de escombro estos días. Junto a él están dos nuevas voluntarias Sofía y Paula, de 15 y 16 años, que se han quedado toda la semana en el albergue de Bisjueces con una veintena de jóvenes más, como Clara, Isabel o Anastasiia, que vienen de Santander y se han traído a la británica Zilly que está aprendiendo español.
El camino de la casa parroquial a la torre del abad ha quedado al descubierto, así como parte de la galería jónica de la que se ha desprendido la hiedra ya seca. Los voluntarios desescombran y limpian en numerosos puntos del monasterio. Y junto al refectorio (comedor), el ya «equipo de expertos ayudantes» de la arqueóloga Silvia Pascual, avanza en descubrir lo que queda de la que posiblemente fue la cocina, y el arranque del que fuera el muro primitivo del monasterio junto a la Sala Capitular.