Extraños compañeros de cama entre la tensión

Leticia Ortiz (SPC)
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El Hemiciclo vuelve a vivir un Pleno marcado por los reproches al Ejecutivo, que crean vínculos inesperados entre formaciones tan alejadas ideológicamente como Vox y ERC

Extraños compañeros de cama entre la tensión - Foto: J.J. Guillén

Sonaron ayer con fuerza los reproches y las críticas al Gobierno desde la tribuna del Congreso e, incluso, desde los escaños en las correspondientes réplicas de los portavoces. Solo PSOE y Unidas Podemos, como manda la lógica pues ellos forman el Ejecutivo de coalición, defendieron la gestión de la crisis sanitaria. Pero, a pesar de las palabras gruesas y del auge de la tensión, el Gabinete de Pedro Sánchez logró su objetivo: sacar adelante la cuarta prórroga del estado de alarma. Una votación que, como el propio Pleno, dejó extraños compañeros de cama: ERC y Vox defendiendo la misma postura; Cs sosteniendo al Gabinete mientras la socialista Adriana Lastra arremetía contra los naranjas; el PNV rascando lo suyo -como casi siempre- al alinearse con Sánchez e Iglesias; Casado compartiendo el grupo de la abstención con Bildu; Coalición Canaria sumándose in extremis al sí, tras haber rechazado en su día la investidura del ahora presidente... No es de extrañar, ante tanto movimiento, cambio y viraje inesperado, la defensa de los homosexuales que hizo el líder de Vox, Santiago Abascal, en uno de sus turnos. Cosas de la pandemia.
En una sesión que, de nuevo, arrancó con un minuto de silencio por las víctimas del coronavirus, dos mujeres se convirtieron en las protagonistas: Inés Arrimadas y Carmen Calvo. La imagen de la vicepresidenta segunda, recién incorporada al trabajo tras superar la COVID-19, recostada en su escaño, tapada con su enorme pañuelo a modo de mantita de avión y con la mascarilla perfectamente calada quedará como una de las estampas del Parlamento en estos meses de crisis. Igual que la de los ujieres bayeta en mano, desempeñando su labor de desinfección con profesionalidad y discreción. O la del propio Hemiciclo semivacío una vez más.
Arrimadas, que también volvía al Palacio de la madrileña Carrera de San Jerónimo, fue también el centro de las miradas. El cambio de su partido, que no fue tal puesto que apoyaron las tres prórrogas anteriores, dio aire a última hora del pasado martes a un Gobierno al que no le salían las cuentas. Preparaba ya Pablo Casado la puntilla para dar el golpe certero al Gabinete de coalición, a pesar de la resistencia de los barones populares que se oponían al no del PP, cuando el pañuelo naranja -que en los festejos taurinos se utiliza para anunciar los indultos, o sea, para salvar a los toros de la muerte en el ruedo- dio 15 días más de margen al Ejecutivo. De ahí que Ciudadanos tuviera casi más menciones desde la tribuna que el propio Gobierno.  Ese sí de Arrimadas no gustó ni a los suyos -Juan Carlos Girauta, uno de los históricos de la formación, anunció su baja del partido tras conocerse el acuerdo-; ni a los anteriores socios de Sánchez, temerosos de un giro a la derecha de Moncloa; ni a los partidos más cercanos a los naranjas, como el PP. No fue difícil para Arrimadas argumentar su posición frente a quienes la llaman traidora, y se afanó en repetir que su voto no respalda al Gobierno, sino que salva vidas y empleos.
Y, mientras, los populares, descolocados aún, intentaban aumentar la crispación como camino recto hacia el liderazgo de una oposición que Vox reclamó tirando de hits históricos, como Paracuellos o Venezuela.