Generosidad y entrega en tiempos de pandemia

R.E.C.
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El comedor social de San Vicente de Paúl y el del seminario mayor no cesan estos días, bajo medidas de protección y seguridad excepcionales, en su cometido de acoger y atender a personas sin recursos

Cerca de una veintena de personas, entre residentes y eventuales, comen diariamente en la congregación de las Hijas de la Caridad. - Foto: Patricia González

La crisis sanitaria del coronavirus ha puesto de manifiesto las constantes y persistentes desigualdades que afectan principalmente a los colectivos más vulnerables de la ciudadanía. Por eso son más necesarias que nunca entidades sociales como la congregación de las Hijas de la Caridad que se encargan de que personas sin hogar, inmigrantes y refugiados tengan un plato caliente que llevarse a la boca diariamente.
El comedor social de San Vicente de Paúl, entidad dependiente de Cáritas, se ha tenido que adaptar a las medidas de seguridad para hacer frente a la pandemia del coronavirus, pero esto no ha impedido que sigan ejerciendo su labor de ayudar a los más necesitados. Gracias al amplio comedor del que disponen pueden mantener las medidas de distanciamiento requeridas para continuar dando alimento a las casi veinte personas, entre residentes y eventuales, que se congregan en la casa de acogida de la calle Saldaña cada día.
«Somos nosotras quienes elaboramos los menús que constan de un primer plato y un segundo acompañado de ensalada y lechuga, al que añadimos los días festivos un café y un dulce», señala sor Lourdes, responsable de la casa.
Desde que se habilitara hace un mes las instalaciones del seminario mayor por razones de seguridad no han dejado de tramitarse nuevos ingresos. Allí se han preparado habitaciones individuales que posibilitan el aislamiento y una sala comedor con capacidad para 55 personas que evita, de esta manera, el desplazamiento a la casa de acogida.
Unas medidas de seguridad a las que se ha sumado en ambas instituciones la realización de test, tanto a residentes como a los trabajadores, con el alivio de que no se ha registrado ningún positivo.
Expertos ya han alertado de una crisis económica que superará a la vivida en 2008 y que se reflejará en un aumento en la brecha de ingresos, riqueza y oportunidades entre las familias, provocado por la interrupción de la actividad empresarial e industrial. Es por ello, que las Hijas de la Caridad se están preparando para un repunte del uso de su servicio de comedor social. «Gente que viven en casa ocupas o en habitaciones compartidas o muchas familias que realmente no van a poder encontrar trabajo recurrirán a nosotras», detalla Sor Lourdes.
Ante la situación futura que se avecina, las hermanas y los trabajadores de la casa de acogida necesitarán la ayuda de los voluntarios que por el confinamiento no han podido acudir estos días. «Hay mucha gente entre los voluntarios que quisieran estar echando una mano pero por precaución para ellos y los que estamos han seguido con los consejos que nos han indicado». Lo mismo ocurre en el seminario, donde los voluntarios, mayores de sesenta años y perfiles de riesgo, limitan su actividad a llamadas telefónicas para amenizar el confinamiento de los residentes.
ola de solidaridad. En situaciones tan adversas como esta emergen valores tan humanos como el de la solidaridad, presente a través de diversas acciones de las que tanto las Hijas de la Caridad como en las instalaciones del Empecinado han sido testigos. 
Hoteles, bares, tiendas y grupos políticos han donado alimentos para que no les falte de nada durante el tiempo que dure la reclusión. «A lo largo del año tenemos donaciones continuas de comercios pero en el momento de empezar el confinamiento varios bares que tuvieron que cerrar trajeron los alimentos perecederos», admite Sor Lourdes. 
«Somos conscientes que en los momentos de dificultad la gente responde generosamente. Estamos muy agradecidos con las donaciones, que han ido desde unos atunes que nos regaló el cocinero Miguel Cobo, hasta corderos de ganaderos solidarios o huevos de las monjas del municipio de Palacios de Benaver», confiesa Fernando García, delegado de Cáritas y uno de los responsables del seminario mayor.