"Hay más crispación y somos la excusa para descargarla"

L.M.
-

Los trabajadores de los supermercados viven días difíciles, con miedo al contagio y con situaciones de tensión con algunos ciudadanos

De las cuatro cajas solo funcionan dos y están equipadas con mamparas para evitar el contacto con los clientes, y viceversa. - Foto: Alberto Rodrigo

GALERÍA

Trabajar en el súper es para valientes

Ocho de la mañana de ayer jueves. En la calle Doctor José Luis Santamaría, entre El Carmen y la antigua estación de tren, estos días de confinamiento solo se escuchan las radiales o los martillos eléctricos de una obra. También suena el ruido de los coches que van a trabajar, aunque ni rastro de personas, en especial de niños, que son habituales a estas horas camino al instituto. La tranquilidad que se vive en las aceras, solo interrumpida por algún perro curioso olisqueando los jardines y su dueño, con cara de sueño, contrasta con la frenética actividad que se vive en el interior del supermercado Lupa.

Aunque en primera línea de batalla contra la pandemia del Covid-19 se encuentran los sanitarios, el resto de trabajadores de actividades tan esenciales como la alimentación, la seguridad o la logística siguen al pie del cañón sin apenas descanso. Los 15 trabajadores del turno de mañana de esta cadena cántabra entran unos minutos antes de las 8 para, además de ordenar todos los lineales o colocar los productos frescos que llegan puntualmente, limpiar a conciencia cada rincón del establecimiento, casi palmo a palmo, con el que puedan entrar en contacto los clientes. "Los carritos y carros de la compra son desinfectados continuamente, así como las barandillas de acceso, el ascensor, las escaleras, los tiradores para abrir las cámaras frigoríficas o cualquier otro punto que pueda ser susceptible de contacto humano", explica Marisa Jiménez, jefa de zona de Lupa Burgos.

En los cinco locales de la capital, que se suman a los situados en Medina de Pomar, Aranda de Duero y Lerma, se sigue una directriz similar, y por ejemplo se han suprimido las devoluciones -por razones de higiene- o se ha cancelado la venta de productos a granel como chucherías o bollería y panes. Estos últimos, ahora, se sacan a la venta en envases de plástico individuales. El nivel de facturación sigue siendo más alto de lo habitual, y pese a que pudiera parecer que el boom o psicosis que se vivió hace algo más de un mes, la afluencia de clientes sigue siendo alta. Han notado, además, la presencia de usuarios ‘no habituales’ dado que ahora estos acuden al Lupa al estar más próximo a sus casas, o evitando las colas del Mercadona. Es más, han tenido ‘incidentes’ con algún burgalés que trata de entrar al supermercado minutos antes de las 9, cuando abre sus puertas. 

"Notamos que la crispación de la gente por el confinamiento es cada día mayor. Lamentablemente nosotros somos la excusa perfecta para descargarla", indica Beatriz, jefa de la tienda, y que aunque asegura que se ha tratado de casos aislados, sí reporta casos de gente que no respeta las medidas de distanciamiento, se niega a colocarse los guantes o contesta de malas maneras. "Nos tiraron todo un lineal y nos dijeron que lo recogiéramos, que para eso nos pagaban", critica Beatriz. No obstante, también se han encontrado con casos mucho más dulces; un burgalés pagó una caja de bombones y seguidamente se la regaló a la cajera para que la compartiera con sus compañeros. Otros, más tradicionales, les requerían harina para traerles rosquillos caseros. "Tratamos de llevarlo como buenamente podemos. Estos momentos, a primera hora, son quizás los mejores, porque estamos a nuestro rollo, dando voces o riendo", admite.

Sus vecinos de arriba, ya que el establecimiento se encuentra situado en unos bajos, les aplauden cada día a las ocho de la tarde e incluso en ocasiones cuando salen a descansar, a almorzar o a fumar. "Un día quisimos devolverles el ánimo y aprovechando que hacía calor y estaban los niños en las terrazas, salimos con pistolas de agua. Lo pasamos muy bien", confiesa Beatriz.

Miedo a llevarlo a casa. Cosa distinta es cuando terminan su turno y vuelven a sus domicilios. Todos temen que el contacto con personas pueda derivar en contagios, por lo que se quitan el uniforme y las botas y las lavan a diario para eliminar cualquier posible resquicio del Covid-19. "Claro que tenemos miedo, pero es nuestro trabajo venir", indica Beatriz.

Para proteger lo máximo posible la salud de sus empleados, Lupa ha instalado en las cajas mamparas de plástico para evitar el contacto con los clientes, un dispensador de guantes de uso obligatorio dentro del recinto o marcado una serie de líneas amarillas en el suelo para mantener las distancias. En la pescadería y carnicería se han de guardar 2 metros como mínimo con los mostradores, y es el propio trabajador el que entrega la bolsa con los productos al usuario, evitando este tener que estirarse encima del género.

"La frutería es la sección más ‘conflictiva’ porque la gente te para, te pregunta, no se decide por una cosa u otra...", admite Meli, la encargada de este área. "No te respetan cuando estás reponiendo y se lanzan como locos", sentencia.