Siempre junto a las mujeres heridas

Angélica González / Burgos
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Ana Almarza, que coordinó 13 años en Burgos el programa Betania de víctimas de prostitución y trata, se ocupa de dirigir el Proyecto Esperanza en Madrid. Las religiosas Adoratrices recibieron el Premio de Derechos Humanos Rey de España

Ana Almarza (dcha.), junto a la defensora del Pueblo, Soledad Becerril. - Foto: DB

«Me dijeron que tenía que ejercer la prostitución para poder devolverles el dinero. Me exigían 50.000 euros. Si me negaba, me amenazaban con matar a mi hija, así que comencé a prostituirme y a pagar el dinero. Me ponían a mi hija al teléfono llorando y si no aceptaba lo que me pedían me dijeron que le harían daño». Son las palabras de Ruth, una nigeriana de 22 años, que aparece  en un vídeo del Defensor del Pueblo, que se ha ocupado de este asunto en un extenso informe en el que destaca que no se conoce el número real de las víctimas de trata en este país. «Según los Fuerzas de Seguridad del Estado solo se identifica a 1 de cada 20 víctimas», afirma la institución.
Las mujeres que cuentan su realidad en unos minutos estremecedores que se pueden encontrar en  Youtube «se están recuperando ahora de su infierno», según dice esta entidad oficial, con el apoyo del Proyecto Esperanza-Adoratrices, al frente del cual se encuentra la religiosa Ana Almarza, que puso en marcha en Burgos en 1999 Betania, un programa contra la prostitución y la trata.
«Llegué a Burgos un 7 de enero de 1999 con la misión de dar continuidad a un proyecto que las hermanas tienen en Miranda de Ebro, que surge de una reunión de la diócesis donde se decide trabajar con mujeres en contextos de prostitución», recuerda esta adoratriz que ahora es la responsable del Proyecto Esperanza en Madrid, que se ocupa  de dar apoyo integral a las mujeres víctimas de la trata de seres humanos con fines de explotación,  principalmente en la prostitución. Almarza recuerda con mucho cariño su trabajo aquí: «Fue un momento muy bonito de mi vida, en el que aprendí mucho de las mujeres, de las instituciones y de la gente que conocí, que me enseñó a ver las cosas de otra manera. Sé que ayudé, además, a que se viera de otra manera a las mujeres que ejercen la prostitución desde Cáritas, que era donde entonces estaba enmarcado el proyecto».
Tanta inmersión tuvo en esta problemática que reconoce que varias de las dinámicas que se ejercieron aquí se las llevó a Madrid. Uno de los recuerdos que más impacto le produjo y que aún lleva con ella es el de una mujer llamada Estrella, ya fallecida, y en cuyo honor le puso su nombre a una de las iniciativas relacionadas con la ayuda a las mujeres. «Para mí fue eso, una estrella que me enseñó a caminar con ellas por las calles, a estar por las mañanas donde ellas estaban, a entrar en las cafetería que solían frecuentar, a hablar con la gente con la que ellas hablaban, a quitarme miedos y fantasmas sobre la prostitución de calle. Me enseñó cómo querían ellas que les ayudáramos».
Hace 17 años la prostitución en Burgos que se encontró Ana Almarza estaba en los clubes y pisos particulares: «Me encargaron hacer una valoración de dónde estaban estas mujeres y como comprenderás en enero en Burgos no había nadie en la calle ni ejerciendo la prostitución ni haciendo cualquier otra cosa -dice, entre risas-, así que enseguida nos dimos cuenta de que tenía que ver con los pisos y los clubes. Las localizamos y nos pusimos en contacto con otras entidades sociales porque muchas de ellas tenían problemas de adicciones y trabajamos muy coordinadamente».
Cuando en 2012 se marchó las cosas eran distintas. A su juicio, las mujeres estaban mucho menos estables y en plena crisis económica «tenían más movimiento, más miedo, estaban peor tratadas, habían bajado los precios y su situación, en general, era mucho más complicada». Ana Almarza se llevó este dolor pero también el recuerdo de muchas personas y el calor de amigas con las que aún permanece en contacto. «Recuerdo con un cariño especial a Nati Cabello, que entonces era presidenta de La Rueda, y a Chus Klett, que fue la concejala de la Mujer. La verdad es que aún echo de menos Burgos y estoy orgullosa del trabajo de Betania y que el carisma de las Adoratrices siga dando respuestas».
Estas religiosas -que recibieron el año pasado el VI Premio de Derechos Humanos Rey de España, concedido bienalmente por el Defensor del Pueblo y la Universidad de Alcalá- cuidan exquisitamente los términos con el que abordan un tema tan delicado como el de la prostitución y la trata. También el lenguaje inclusivo. ¿Son una monjas feministas? «No lo sé. Estamos encarnadas en el mundo en el que nos ha tocado vivir con el carisma que nos llegó de María Micaela en el siglo XIX, cuando, por cierto, ya andábamos por Burgos. Oyendo al Papa, que dice que tenemos que ser las entrañas de la misericordia en este mundo, queremos ser lo más fieles al carisma de Jesús de Nazaret». Betania atendió en Burgos el año pasado a 94 personas, en su mayor parte entre 31 y 35 años, el 11% de las cuales eran españolas. El 88% fueron mujeres; el 5%, hombre y el 7%, mujeres transexuales.
 
De la ignorancia al compromiso
La labor de Proyecto Esperanza ha conseguido ahuyentar la indiferencia y que la trata entre en el Código Penal
 
El proyecto que ahora dirige Ana Almarza en Madrid comenzó su andadura en 1999, el mismo año en el que ella llegaba a Burgos. Ofrece a las mujeres víctimas de trata casas de cogida, atención jurídica y psicológica, información y asesoramiento personalizado de todo tipo. «Es difícil saber la magnitud del problema en España -explica Marta González, coordinadora de sensibilización e incidencia política de Proyecto Esperanza- pero dentro de los negocios ilícitos, entre los que se encuentran las armas y las drogas, la trata de personas puede mover al año unos 32.000 millones de euros».
En los 17 años que llevan trabajando reconoce que ha habido un singular avance con respecto a la percepción de la trata de personas tanto por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado como por la sociedad: «El punto de partida era de total desconocimiento, indiferencia y falta de sensibilidad; no había ni siquiera un artículo en el Código Penal que recogiera la trata como un delito y ahora sí. Tampoco había políticas públicas ni un plan nacional ni subvenciones para financiar apoyo a las víctimas ni grupos especializados en las Fuerzas de Seguridad del Estado ni formación ni campañas. Partimos de cero».
Así, el avance ha sido más que sustancial. Ahora existe un Plan Nacional de Trata de Personas, mucha formación en Policía y Guardia Civil, en la Fiscalía de Extranjería y una gran implicación del Defensor del Pueblo, que hizo, como ya se ha señalado, un informe monográfico. Además, se cuenta con líneas de financiación específica gestionadas por los ministerios de Sanidad y Empleo y grupos especializados en la Policía. España ha firmado el convenio del Consejo de Europa de Lucha contra la Trata que obliga al país a perseguir el delito y proteger a las víctimas.
Una de las preocupaciones que ahora tiene Proyecto Esperanza es la trata de niños y niñas, sobre todo adolescentes: «Hay mucho que mejorar en su atención, contar con centros especializados para ellos, formar a profesionales para que detecten estos casos y actuar desde la protección a la víctima y a los testigos», afirma Marta González. 
Las mujeres que llegan a Proyecto Esperanza lo hacen, según su coordinadora, con muchísimo miedo, desconfianza y sin saber que son víctimas de un delito y que tienen derechos y posibilidades de ayuda: «Sobre todo las extranjeras en situación irregular muchas veces desconocen qué derechos les asisten. Tienen miedo por lo que han vivido, porque muchas veces ha sido gente muy cercana a ellas las que las ha metido en la prostitución».
 
Un daño generalizado.
Las secuelas afectan a su salud integral, en lo físico, los psicológico, lo sexual y lo social. La persona entera queda dañada, según esta experta, «por lo que hay que hacer un trabajo muy lento, respetando sus ritmos, que tienen que ver con el grado de madurez que tengan, sus experiencias de vida o la forma de reaccionar ante la violencia y la explotación».
Físicamente tienen  problemas para conciliar el sueño y hacer una vida normal. Padecen un enorme grado de ansiedad y no son infrecuentes los síntomas depresivos. Las que han dejado a la familia en el país, viven con muchísima angustia porque son ellas las que proveen de dinero a su gente para sobrevivir y porque se ha truncado su sueño migratorio en el que esperaban encontrar una vida mejor. «Por eso hay que generarles mucha confianza, mucha información, mucho apoyo, acompañarlas en las decisiones que quieren tomar y estar a su lado», añade Marta González. 
A pesar de todo lo recorrido queda mucha labor de sensibilización. A los varones que utilizan la prostitución, Proyecto Esperanza quiere decirles que la mayoría de las mujeres no lo ha elegido libremente, que están siendo explotadas y son víctimas de trata. «Hay otras que están en ese mundo por su situación de vulnerabilidad y es muy importante que esto se entienda».