"Me hice catedrática para no tener jefe"

A.G.
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Inés Praga, excatedrática de la UBU. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Blowin' in the wind Conversaciones sobre Burgos (XI) Inés Praga, excatedrática de la Universidad de Burgos (UBU)

Es una suerte para esta ciudad tener a Inés Praga. Quien fuera una de las primeras catedráticas que tuvo la Universidad de Burgos es una mujer llena de luz, de esas que sonríen con los ojos, que son divertidas sin proponérselo, sabias sin apabullar y sensibles sin cursilería. Es la compañera perfecta para salir a tomar una copa o a quemar la pista hasta que los pies no aguanten más ya que se confiesa noctámbula y bailonga. Trabajadora y rigurosa, ama la literatura y la música por encima de todo y adora escribir, actividad que sigue practicando con gusto en varias publicaciones on line desde que se jubiló -con una pena infinita- en 2017.  Asturiana de la cuenca minera (Sama de Langreo), estudió Filología Inglesa en la Universidad de Valladolid y tras acabar la carrera en 1969 pasó dos años en Inglaterra como lectora en un instituto y en la Universidad de East Anglia. Al cabo de ese tiempo volvió a Valladolid, donde fue profesora ayudante mientras preparaba su tesina. A Burgos llegó en 1973 con 26 años y un avanzado embarazo. Aquí nació su primera hija y de aquí -en concreto, de Barbadillo del Mercado- era Pepe, su marido, un químico "alto, guapo y elegante y con una arrogancia de castellano noble que me encantó", quien tras unos años fuera vino a trabajar a la empresa Ferroli: "En aquella época hubiera resultado inconcebible que cada uno hubiera estado en una ciudad, así que decidí venirme con él porque, además, sabía que iba a encontrar trabajo en la enseñanza, que siempre fue mi gran vocación"
Un par de años después entró en el Colegio Universitario Adscrito (CUA), germen de la actual UBU, tras haber sido profesora de inglés en el colegio de La Salle un curso: "La primera imagen que tengo de esta ciudad son grandes pandillas, dicho sea con todo el respeto, de curas con sotanas, algo que me llamó mucho la atención a pesar de que yo venía de Valladolid y no de la cuenca minera, donde las cosas eran muy distintas. Me sorprendió el despliegue eclesiástico y el militar, de sotanas y uniformes, y no hay ironía, de verdad, estoy objetivando lo que me encontré". Al día siguiente, añade, se olvidó de curas y soldados y se enamoró profundamente de Burgos, de la que dice que es la ciudad más hermosa que ha conocido en su vida.
Nada más llegar -cuenta- notó que había en aquel colegio universitario una gran vida, "sencillamente porque la había en el país": "Estábamos en las postrimerías del franquismo, en aquella espera paciente de que terminara la dictadura, y allí contacté con un profesorado tan joven, tan ilusionado y tan implicado en la situación política y social como yo. Recuerdo, por ejemplo, a Juanjo Laborda diciéndome en voz baja en el despacho que era socialista... La universidad era un punto de encuentro para el debate y para los inconfesados miembros del Partido Comunista y del PSOE. Tengo estos recuerdos pero no idealizo aquel tiempo porque a veces parece que fue el paraíso pero solo porque coincidieron  nuestra juventud y el inicio de nuestra vida académica y familiar -estábamos casi todos recién casados o esperando nuestros primeros hijos- con una nueva época para el país y eso, desde luego, es mucho coincidir. Yo, que había conocido la democracia en Inglaterra, siempre decía, ‘ay, si llegara algo de esto aquí’. No idealizo aquellos años, no fue todo perfecto, había mucho miedo y las cosas podrían haber salido mucho peor de lo que salieron". En este sentido, se estremece cuando llega a su memoria la noche del 27 de septiembre de 1975, en la que se produjeron los últimos fusilamientos del franquismo: "Aquel día yo estrenaba un abrigo y con lo presumida que soy no lo disfruté porque aquello fue tremendo. El ambiente estaba cargado de congoja por la proximidad hasta física, ya que en Burgos se produjo una de esas muertes".
Praga guarda en su corazón con un cariño especial a los primeros alumnos que tuvo. Tanto, que tiene presentes, dice, todos sus nombres y todas sus caras: "Había muy poca diferencia de edad entre ellos y yo -una de las cosas más apasionantes y a la vez difíciles de llevar en la enseñanza es la brecha generacional que se va abriendo entre profesores y alumnos- con lo cual era muy fácil la relación. Eran alumnos de Filología Inglesa -que luego con la UBU desapareció- y entre que yo había vivido en Inglaterra y que le echaba mucha imaginación y ellos estaban ansiosos por aprender llenábamos las clases de anécdotas".
Llegaron los 80 y con ellos, la luz y el color para el país. También para Burgos en el recuerdo de Inés Praga. "Me encantaba salir por la noche a charlar con amigos. Recuerdo las veladas en el Oliver, más tarde en el Mármedi, muchas de las cuales terminaban en la estación del tren, que no cerraba nunca. También iba a bailar a Armstrong o Pentágono, para mí salir a la pista era una locura... Cantábamos, nos sabíamos todos los discos... Yo siempre fui noctámbula porque la gente, de noche, habla de otras cosas y está más relajada". En aquella época comenzó su idilio con Irlanda, casi por casualidad: "Había un profesor de inglés en Burgos, Dermot McDermot, que dio algunas clases con nosotros y, de repente, se murió de un infarto. Entonces no había internet y a mí se me ocurrió ir a visitar a la familia. Y me enamoré del país, me dije ‘pero cómo no he venido antes’". En 1998 la Universidad Nacional de Irlanda le nombró doctora honoris causa. 
En su memoria sentimental hay un sitio muy relevante para los discos de Paco Ibáñez, Raimon y Aute y los libros de Gil de Biedma o Cernuda, piezas que le acompañaron durante aquellos años en los que el motor de su vida -como lo es ahora y como lo ha sido siempre- fue la pasión. Un gran número de estudiantes que pasaron por las aulas de Inés Praga la definen, sobre todo, como una persona apasionada y ella no lo niega y lo explica: "Yo he tenido ese don que solo los dioses otorgan -no es una virtud, es un don que no tiene mérito porque naces con él- y que te da las mayores alegrías y los peores disgustos de tu vida, es decir, nunca es neutral. La pasión es una cuestión de intensidad, un voltaje desproporcionado que recibes, que no controlas y que llega para bien y para mal. Para la enseñanza es buenísima pero en la vida a veces te provoca algún golpe".
Uno de los peores disgustos de su vida profesional se lo produjo la supresión de los estudios de Filología Inglesa cuando nació la UBU, una decisión que achaca a razones políticas más que académicas y a que "por decirlo de alguna manera, la Filología Inglesa, aunque tuviera muchos alumnos, era menos afín al espíritu de la ciudad, voy a dejarlo ahí": "Yo llegué a enfermar, estaba clínicamente deprimida, se me cayó el mundo encima, creí morirme porque para mí aquello era -junto con mi familia- mi corazón y esto, desde luego, es una reacción desproporcionada".
Tras recibir este palo, la profesora se rehace y encuentra su sitio enseñando a estudiantes de Humanidades y más tarde de Comunicación Audiovisual, de Español y de Educación. También dio clases en Ciencias: "Me lo monté muy bien. En Comunicación daba clases de cultura y cine británico, oíamos a los Beatles y les explicábamos, era una movida maravillosa; en Humanidades puse Literatura y Cultura de las islas británicas y luego pude dar literatura irlandesa... Siempre eran asignaturas optativas, en lo que yo encontraba un cierto morbillo por ver cuántos se matriculaban, algo que ahora me horrorizaría... ¡cómo se nota la edad! También en aquellos años le puse mucho más empeño a la investigación para que el nivel siguiera estando alto".
En 1998, Praga llega a ser catedrática: "¿Que qué supuso para mí? Te voy a ser sincera: Yo quería ser catedrática para no tener jefe porque yo quería hacer lo que me diera la gana y si yo era la catedrática podía seguir poniendo asignaturas, haciendo saraos... Ese fue el móvil principal porque nunca he pensado que por ser catedrática tengo más estatus que cualquier otra persona, incluso dentro de la universidad hay mucho catedrático inútil y mucha catedrática que no debería serlo. Yo lo que no quería -dada la jerarquía medieval que caracteriza a la universidad- es que viniera alguien diciéndome lo que tenía que hacer. Mira, yo para mandar soy muy mala pero lo que no quiero es que me manden a mí".
 Apenas cuatro años antes se había inaugurado la Universidad: "A pesar de que se hizo bien fue difícil. Teníamos que dar la talla porque éramos una universidad recién nacida y teníamos que demostrar más cosas, hicimos un esfuerzo tremendo para ganarnos el respeto, entre otros aspectos, porque estábamos al lado de Valladolid y Salamanca, unas hermanas  mayores, muy mayores y muy ilustres".
En la vida universitaria, Inés lo ha sido todo, incluso vicerrectora. Lo fue en el equipo que encabezó Alfonso Murillo: "Cuando me lo proponen no digo que sí a la primera. Acababa de morir mi marido y yo andaba muy sonada porque sufrió un cáncer que lo destrozó en poco tiempo, pero mis hijos me obligaron a hacerlo". Sonríe al evocar toda la ilusión que le puso al proyecto de ser la cabeza visible de las relaciones internacionales y la cooperación de la universidad: "Me encantó trabajar para que la UBU se abriera un poco más al mundo y puse toda mi energía al servicio no solo de ese ámbito sino de todo el proyecto". En el segundo mandato, Murillo no contó con ella: "Fue un dolor. Pero no porque no contara conmigo, por Dios, yo soy una más; fue un dolor por el tiempo en el que me lo avisó, justo cuando iban a empezar las elecciones. Me hubiera gustado saberlo antes de empezar la campaña".
Ahora lleva jubilada un año y está muy ocupada. Escribe, participa en un club de lectura, va a clases de zumba -"es una maravilla, nada que ver con el pilates, que no lo soporto, ponlo si quieres; con el zumba es distinto, te entra por aquí una cosa", dice, sonriendo y señalándose el estómago- y es espectadora de excepción del crecimiento de su nieta Brianda: "Es una maravilla verla aprender a andar, a hablar... cosas que yo me perdí con mis hijos porque andaba haciendo la revolución y creando cosas (es una de las socias fundadoras de la Asociación La Rueda)". Parte de su tiempo lo pasa fuera, lo cual, reconoce, le ha dado perspectiva: "Veo a Burgos muy cosmopolita, por la calle se ve una diversidad étnica que me agrada muchísimo; además, es una ciudad muy poco agresiva y tiene una oferta cultural más que notable, ¡con un cine en el centro de la ciudad, por Dios que nunca cierren los Van Golem!  Sigue teniendo algo de caspa pero se va  notando cada vez menos bajo el aluvión de las nuevas mareas que ha ido acogiendo".