La mitad de los pacientes de Psiquiatría están afectados por una depresión

Angélica González / Burgos
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El jefe del servicio, Jesús de la Gándara, afirma que entre el 70 y el 80 por ciento de los casos van bien con un tratamiento «sencillo» y que al año la enfermedad puede estar en remisión

La depresión es una enfermedad muy invalidante, que acarrea muchos riesgos y a la que es necesario hacer frente con diferentes tratamientos. - Foto: Alberto Rodrigo

Todo el mundo ha dicho en algún momento sentirse ‘depre’ porque tiene un día tristón, porque algo no ha salido según lo había previsto o incluso porque su equipo ha perdido. Pero esa ‘depre’ nada tiene que ver con la depresión, una enfermedad de la que la Asociación Castellana y Leonesa de Psiquiatría asegura que «impacta de forma devastadora en la calidad de vida de los pacientes, su entorno familiar, laboral y social, suponiendo una elevada carga, no sólo sanitaria sino también social». Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de depresión? El jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario de Burgos (HUBU), Jesús de la Gándara, explica que las más graves son muy incapacitantes «con riesgo de deterioro vital, de incapacidad laboral y relacional y de suicidio».
De todos los pacientes que anualmente atiende el servicio de Psiquiatría que dirige, el 50% está aquejado de algún tipo de esta enfermedad, que en no pocos casos requiere ingreso hospitalario. De la Gándara divide en tres los orígenes de los fenómenos depresivos: el primero  está provocado por una enfermedad biológica (diabetes, cáncer, alteración de las hormonas tiroideas...) que genera un estado de ánimo depresivo; el segundo ahora se denomina trastorno de adaptación y tiene que ver con las circunstancias de la vida que hacen que la persona se desborde y sufra también de ansiedad, y, en tercer lugar, el experto habla de la depresión que aparece sin que haya un desencadenante externo «sino que se pone en marcha por una alteración neuroquímica cerebral que tiene que ver con cuestiones de tipo genético o por la constitución física y química de la persona». Esta última, a la que antes se llamaba depresión endógena, es, sin duda, la que menos se comprende: «El problema es que cuando no hay un desencadenante claro la gente de alrededor no entiende qué pasa e incluso al  paciente le cuesta explicar la tristeza porque entiende que forma parte de la vida: muchos se sienten tristes y no lo consideran anormal o patológico». Las que con más frecuencia pasan por el servicio de Psiquiatría son las denominadas trastornos adaptativos (22,8%), seguidas de las provocadas por causas biológicas (15,6%) y en tercer lugar, otros trastornos que cursan con depresión.
Existen una serie de síntomas clave ante los que la familia o amigos de las personas que los sufren deberían estar alerta para, si se producen, buscar ayuda profesional lo antes posible. La Asociación Castellana y Leonesa de Psiquiatría los divide en cuatro ámbitos: el afectivo, en el que aparece una tristeza vital, pérdida de ilusión, pesimismo, ansiedad, anhedonia (incapacidad para disfrutar de las cosas), irritabilidad, apatía y llanto fácil; el cognitivo, con enlentecimiento del pensamiento, déficit de atención y concentración, baja autoestima, ideas de culpa o preocupación constante por la salud; el volitivo, que tiene que ver con la voluntad, y se caracteriza por indiferencia, indecisión, pérdida de iniciativa, aislamiento y abandono de las actividades de la vida diaria y el somático, con falta de energía, alteraciones de sueño y del apetito, pérdida del interés sexual y dolores de cabeza o de espalda.
«Cuando yo me siento delante de un paciente tengo que decidir si su tristeza es normal o patológica, si requiere tratamiento y si soy yo el profesional adecuado o quizás necesita también ver a un psicólogo. Recientemente he visto a una persona que me reconoció haber llegado a la consulta por presiones de su entorno y no porque creyera realmente estar enferma; me va contando y veo una depresión por estrés crónico que le provoca síntomas patológicos y requiere un tratamiento que decidimos seguir de común acuerdo. ¿Por qué lo decido? Aplicando un criterio que tiene que ver con sus síntomas, con la incapacidad para hacer las cosas de la vida normal y con la necesidad que la ha hecho buscar soluciones como ir de vacaciones o salir con los amigos, soluciones que parecen no haber funcionado. Y ahí ya estamos hablando de una depresión», cuenta De la Gándara.
Frente a todo el sufrimiento que ven los psiquiatras -y también los médicos de Familia que, a juicio de De la Gándara, están magníficamente formados para abordar los casos y manejan hasta un 70% de ellos, derivando únicamente los más resistentes- existe un buen arsenal terapéutico. Y matiza que no son más complejas de manejar las depresiones que tienen un origen interno que las que están provocadas por circunstancias externas: «Es más fácil cambiar la bioquímica cerebral que las costumbres de la gente, tenemos buenas herramientas, psicofármacos que funcionan y técnicas de psicoterapia muy efectivas que, en muchos casos están indicadas al mismo nivel y con la misma eficacia que los fármacos».
Tal es así que, según sus datos, entre un 70% y un 80% de los pacientes consigue remontar una depresión grave «con un tratamiento sencillo» aunque reconoce que hay casos que se complican por circunstancias personales, sociales o físicas: «Pero, en general, hay muy buenos resultados».