Crespos, un pueblo de cuento

A.C.
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El esfuerzo de los vecinos por el cuidado de esta bella localidad ha merecido este año un premio del Concurso Provincial de Conservación del Patrimonio Urbano Rural

Crespos, un pueblo de cuento

En el Valle de Manzanedo, pero muy cerca de los vecinos valles de Valdebezana y Zamanzas, emerge la pequeña localidad de Crespos, donde solo se levantan doce casas -nunca fueron más de catorce- y una cantidad ingente de grandes nogales y otros frutales que reciben a quien se acerca a este pueblo de cuento haciendo un arco con sus frondosas ramas. El esmero, cuidado y gusto de los vecinos y propietarios de segundas residencias por mantener la arquitectura tradicional y las zonas verdes y espacios comunes gracias a la labor de concienciación que desde hace quince años ha desarrollado la Asociación de Amigos de Crespos ‘El Hayadal’ son parte del secreto de este rincón. Junto a ellos ha estado el Ayuntamiento del Valle de Manzanedo, que en 2015 aprobó las normas urbanísticas que protegen esta arquitectura tradicional.
Lupe y Eliseo, quienes hoy en día tienen 98 y 97 años, forman el último matrimonio que quedó en el pueblo viviendo solos. En 1988 dejaron de permanecer en su casa todo el año y comenzaron a pasar los inviernos en Villarcayo. Entonces Crespos quedaba en absoluta soledad durante los inviernos. Nadie circulaba  por el estrecho ramal de poco más de un kilómetro enredado entre bosques que lleva al pueblo hasta que en 1995 lo hicieron Javier Moyano e Isabel. Llegaron con su moto hasta la última curva. Buscaban una casona para crear su alojamiento de turismo rural y se detuvieron a mirar el paisaje antes de llegar a Crespos. Entonces supieron que habían llegado a su lugar en el mundo.
En 1997, el Hotel Rural La Gándara, de cuatro estrellas verdes y uno de los pioneros del turismo rural en Las Merindades, abrió sus puertas tras las obras de remodelación de una gran casa por la que pagaron "más de lo que valía". Allí se criaron sus hijas, ya universitarias, sin más niños con los que jugar más que los que llegaban algunos fines de semana, Semana Santa o verano. Respetaron la imponente solana y sus barrotes de madera típicos, que se pueden ver en otras casas de Crespos y localidades vecinas como Arreba o San Miguel de Cornezuelo. Pusieron teja árabe conservando el sabor rústico del tejado y Javier empezó a segar todo el pueblo, dado que nadie vivía allí todo el año además de su familia y quería que sus clientes lo vieran cuidado. Ahora lo hacen todos los vecinos y segundos residentes juntos.
Crespos, un pueblo de cuentoCrespos, un pueblo de cuento - Foto: Después de más de veinte años con el Centro de Salud donde recibir atención médica a 25 kilómetros de sinuosas carreteras y el colegio de sus hijas, a 14, después de más de dos décadas luchando contra los graves problemas de cobertura de telefonía móvil y de internet que sufre Crespos, si se le pregunta a Javier Moyano si recomendaría a una familia instalarse en Crespos responde: "Sí, ¿por qué no?". Tener que cambiar cada seis meses de compañía porque, de repente, su teléfono pierde toda la cobertura, no le hace arrepentirse de haber elegido este lugar idílico.
Su llegada animó las visitas a Crespos de quienes poseían una vivienda y también empujó a muchos a comenzar a arreglar sus casas, todas con bellos balcones orientados al sur. Después llegó la asociación ‘El Hayadal’, que preside Hipólito Delgado desde su fundación y que es el hilo que conecta Crespos con el Ayuntamiento de Manzanedo. Delgado y su pareja, clientes habituales del Hotel La Gándara, terminaron dejando Madrid para afincarse en Crespos, igual que otra pareja de ciudadanos alemanes que se enamoró de este lugar inmerso en el Parque Natural de las Hoces del Alto Ebro y Rudrón gracias al hotel. 
de par en par. Solo hay una vivienda que amenaza ruina junto a la diminuta iglesia, que conserva un ajedrezado de primer orden, canecillos y una cabecera del románico del siglo XII.  Sus puertas están abiertas todo el año, algo que agradecen quienes atraviesan su umbral y dejan muestras de cariño en el libro de visitas. Pocas, por no decir ninguna, de las iglesias de la comarca mantienen su puerta abierta de par en par como ésta. José María Saiz y su hermana Charo o Isabel se ocupan de atenderla.
Crespos, un pueblo de cuentoCrespos, un pueblo de cuento - Foto: José María Saiz, de 79 años, vive más tiempo en Crespos que en Bilbao. Sus padres, Emperatriz Vallejo y Manuel Saiz, emigraron en los años cuarenta cuando él solo tenía "dos o tres años". Al poco se lo llevaron, pero recuerda ir al colegio de Población de Arreba andando un kilómetro bajo intensas nevadas. En Crespos nunca hubo escuela. Siempre fue un pueblo pequeño.  A pesar de su temprana emigración, no ha perdido su arraigo y muestra orgulloso su pueblo y las casas de sus antepasados. En una de las casonas que visitamos una inscripción dice: "Hízose a costa de Ángel y Teresa Saiz. Año de 1857". Eran sus tíos abuelos por parte de padre. A pocos metros está la casa en la que nació su madre y que él ha recuperado. Su historia se remonta "entre 15 y 180 años atrás", cuenta José María orgulloso.
En Crespos parece haberse detenido el tiempo. Un director de cine cuando llegó para grabar estuvo a punto de no hacerlo porque el pueblo le parecía de mentira. Sin embargo, existe y está sobreviviendo a la catástrofe de la despoblación como lo hacen sus nogales. Durante los vendavales de 1941 que originaron el grave incendio de Santander  se vinieron abajo. Los vecinos los volvieron a plantar y hoy siguen creciendo.


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