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"Sin los donantes no podríamos hacer nuestro trabajo"

ANGÉLICA GONZÁLEZ
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Los burgaleses David Cantero, jefe de misión en Jordania, y César Pérez, que acaba de llegar de coordinar un proyecto en Sudán en plena covid, analizan la labor de Médicos sin Fronteras con motivo del reciente 50 cumpleaños de la ONG

César Pérez y David Cantero, de MSF, junto al peregrino que hay frente a la Catedral, el pasado 29 de diciembre. - Foto: Luis López Araico

La casualidad quiso que dos adolescentes, vecinos de toda la vida de un portal de Burgos, se encontraran años después a miles de kilómetros de su ciudad intentando aliviar un poco el sufrimiento de las personas víctimas de los conflictos más olvidados y sobre las que sigue cayendo, impenitente, una ola de enfermedad, sufrimiento e injusticia. El médico César Pérez (Burgos, 1980) sonríe cuando se recuerda en el cuarto de baño de la casa del economista David Cantero (Burgos, 1972) en Jordania adaptando su barba al contexto sociocultural del siguiente trabajo que le esperaba, en Palestina. Ahora, ese mismo azar ha hecho que estos dos cooperantes de Médicos sin Fronteras (MSF) coincidieran aquí en Navidad, por lo que era imprescindible convocarles para analizar la labor de su ONG, una de las más prestigiosas del mundo, que el año pasado celebró su 50 aniversario.

El curriculum de ambos es impresionante. Cantero, el más veterano, llegó a MSF en 1996 como responsable financiero en las misiones de Kenia, Georgia y Palestina; más tarde volvió a España para, desde Barcelona, coordinar las finanzas del África Subsahariana pero después retornó al terreno en Angola, India, Colombia, Marruecos y Venezuela. Durante seis años fue el director general de la entidad en Buenos Aires (Argentina) y ahora vive en Amán (Jordania) donde realiza tareas de jefe de misión. Curiosamente, todo empezó con un titular de Diario de Burgos.

"Yo soy economista de formación -explica- que no de corazón. Comencé haciendo voluntariado en la entidad Intercultura y eso fue lo que me enganchó al mundo de trabajar para los demás porque era lo que me apetecía y lo que tenía muy claro que quería hacer. Llegué a Económicas y enseguida vi que aquello no era lo mío, pero lo que me hizo un click muy grande fue un titular que vi en vuestro periódico que decía algo así como que Cruz Roja movía no sé cuántos cientos millones de pesetas y yo pensé, pues si las ONG mueven estas cantidades necesitarán alguien que sepa de dinero y que trabaje para ellos y ese voy a ser yo. Así que acabé la carrera, hice un posgrado en Ayuda Humanitaria y empecé a trabajar. Luego, en cuanto pude, dejé el ámbito financiero y comencé en la coordinación de equipos".

David Cantero, en Ammán. David Cantero, en Ammán. - Foto: Médicos Sin Fronteras

Cantero afirma que celebrar no es la palabra más adecuada para recordar que MSF acaba de cumplir 50 años. "No hay absolutamente nada que celebrar, al revés, tendríamos que 'descelebrar' año a año nuestra existencia pero de lo que sí podemos estar orgullosos es de lo que MSF es hoy: una gran multinacional -en el buen sentido- de la ayuda médica con siete millones de donantes y que en España, el país que está a la cabeza, hay más de medio millón de socios regulares, de los que tres mil y pico son burgaleses, eso sí que es conmemorable, que la gente nos siga apoyando porque recibimos muy poca contribución de las instituciones, la de la UE la rechazamos por su política migratoria y eso fue un palo muy grande".

Exactamente son 3.107 socios los que en esta provincia pagan puntualmente su cuota. César Pérez cuenta que cuando da charlas o conferencias, antes de empezar pide al auditorio que levanten la mano los socios de MSF y cuando lo hacen les dice: "Gracias por pagarme el sueldo. Sin vosotros no podríamos hacer nuestro trabajo". Esta labor, que tiene detrás un prestigio ganado a pulso tras años de atención a los pacientes de cualquier punto del mundo "con imparcialidad y con la mejor evidencia científica disponible" está apuntalada, además, con las decisiones éticas que se toman con respecto a la financiación.

Pérez es especialista en Medicina de Familia y tras un tiempo trabajando en un centro de salud de Carabanchel (Madrid) y en el Hospital 12 de Octubre dio el salto a la cooperación -"que es lo que quería hacer desde que me matriculé en la facultad, ayudar a la gente"- en la que ha desempeñado labores clínicas y de gestión con MSF en Sudán del Sur, República Centroafricana, México, India, Turquía, Etiopía y Palestina. Su última misión fue en pleno estallido de la pandemia como coordinador de un proyecto en Sudán.

César Pérez, con sus compañeros en el hospital de Sudán donde pasó la primera parte de la pandemia. César Pérez, con sus compañeros en el hospital de Sudán donde pasó la primera parte de la pandemia. - Foto: Médicos Sin Fronteras

En todos estos lugares ha presenciado situaciones muy dramáticas, ha cosido heridas de bala o ha notado cada uno de los huesos de una niña que cogió en brazos, la más desnutrida que recuerda. ¿Vale todo el mundo para hacer un trabajo así? "No sé si todo el mundo vale, de lo que estoy seguro es de que hay que tener ciertas competencias -añade David Cantero- que es lo que se busca. Pero cualquiera que quiera debería poder trabajar con MSF. Yo no diría que es un trabajo que quema, sí que cansa y fatiga pero para eso descansamos, volvemos a casa, vemos a la familia y a los amigos, tomamos aliento y volvemos". César Pérez, que las ha visto de todos los colores en los puntos más peligrosos del mundo, no deja de acordarse y empatizar con la situación que tienen sus colegas de los centros de salud y de los hospitales españoles con la covid: "Pero, como dice David, siempre hay tiempo de descansar".

En su primera misión en Sudán del Sur, César se encontró en una tienda de campaña de un campo de refugiados "en medio de la nada" con un equipo humano mínimo y un teléfono en la mano y pensó que era exactamente el lugar en el que quería estar cuando veía los conflictos desde su sofá: "Tuve la sensación de que me habían enviado allí desde el otro lado de la tele pero fue una buena sensación porque yo cuando estaba mal era cuando estaba sentado en mi casa sin poder hacer nada".

Ambos reivindican que lo suyo es una profesión/pasión que se ha convertido en un modo de vida y se sienten privilegiados. "Te transformas en una persona que vuelve a casa no ya por Navidad sino cuando puede y tu vida se desarrolla fuera, te conviertes un poco en nómada, no acumulas cosas, es otra forma de vivir", dice David. "Es una maravilla saber que al otro lado hay un montón de donantes con los mismos ideales que tú. Sin ellos, sin su confianza, no podríamos hacer nada", añade.

Estos profesionales intentan coordinar, con más o menos éxito, en su cabeza y en su corazón las dos realidades que viven: la de los países en los que trabajan entre la violencia y la miseria y la de su casa, donde hay paz y sobra de todo: "Eso lo podemos ver con las vacunas, con lo que nos ha enseñado la pandemia en el sentido de que si no salimos adelante todos no lo hará ninguno, si no vacunamos a todos los países seguirá habiendo diferentes variantes. Mucha gente, aunque aún no la suficiente, ha entendido que esto es así, que no va de personas más o menos idealistas sino que es una realidad, que la solidaridad es importante para todos. Suplicar a los gobiernos el acceso a las vacunas para los países en los que trabajamos y a la vez ver que aquí hay gente que no se la quiere poner y que no valore ese privilegio es muy frustrante y por cosas así a veces nos cabreamos mucho, pero al final aprendemos a adaptarnos".