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A golpe de flash y sin faltar a la primicia

S.F.L.
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El fotógrafo más popular de La Bureba continúa practicando su afición después de más de medio siglo con la cámara a cuestas. Se formó entre Madrid y Barcelona y también colaboró con Diario de Burgos

El talante abierto y divertido del fotógrafo de La Bureba Amando Montejo hace que sea recordado por todos. - Foto: S.F.L.

En La Bureba más profunda de los años 50 era común ver herramientas para cosechar, como la hoz o la guadaña, calles de pueblos repletas de niños que jugaban a indios y vaqueros o animales de granja. Sin embargo, resultaba bastante complicado conocer la tecnología más avanzada y muchos jóvenes se vieron obligado a emigrar a la ciudad en busca de un futuro.

Amando Montejo fue uno de aquellos valientes que se trasladó a Madrid, sin experiencia alguna, a ganarse la vida como constructor. Recuerda que no optaba a cargos buenos por el hecho de no haber ido a la mili. Fue en un local de copas del centro de la capital donde conoció a un fotógrafo que vivía en León, con el que sin apenas pensárselo se mudó para formarse en la profesión. Con él descubrió su verdadera vocación, la que le acompañó al Ejercito.

Cuando finalizó la formación militar tuvo claro que quería dedicarse al arte de plasmar con su cámara de fotos todo lo que veía. Primero se gastó 5.500 pesetas en una Petri, y años después, cuando disponía de «parné ahorrado», adquirió una Nikon en Logroño por 65.000. Se marchó a Barcelona a continuar con su formación y a aprender a revelar a mano en color. Con un buen trabajo en una empresa de construcción de carretes fotográficos y con opciones de ascender a encargado, abandonó el barco. «Allí tenía porvenir, pero fui profeta y vi lo que era Cataluña con los 'Jordis'. Enseguida entendí que aquel no era mi sitio», manifiesta.

Ya de vuelta y con el carnet de profesional, trabajó con un hombre de Burgos como fotógrafo de alumnos de colegios de todo el país, pero finalmente se lanzó al mundo del emprendedor. Su apellido, Montejo, comenzó a ganar fama en la comarca. No recuerda los cientos y cientos de celebraciones que ha fotografiado, entre bodas, bautizos o comuniones. Tampoco se ha perdido las fiestas de los pueblos. «Siempre he sido un poco 'candajo' y me encantaba ir de uno a otro captando los momentos en los que la gente tanto disfrutaba. Gracias a esos ratos ha conocido a alcaldes, vecinos, políticos y personajes muy ilustres», explica.

¿Quién no le recuerda con un tenderte montado allá donde pillaba con las fotografías de un desfile de peñas, encierros o juegos populares colgadas con pinzas? Y siempre rodeado de gente dispuesta a comprar esos bonitos recuerdos estampados en papel.

La vida le sonreía y abrió una tienda en Briviesca, además de ofrecer sus servicios en cualquier lugar de la provincia. Lo mismo hacía fotos de carnet, como reportajes o retratos. El señor Montejo siempre ha estado, y está dispuesto a todo. Poco a poco se ha ido adaptando a los nuevos tiempos y a pesar de que le ha costado un triunfo, «he logrado manejar las cámaras digitales. La verdad que es una maravilla poder almacenar en una tarjeta tan pequeña cientos de instantáneas con una calidad brillante y traspasarlas a un ordenador solo con un clic», afirma.

Su experiencia en el Diario de Burgos marcó su trayectoria profesional. Y si hasta entonces era reconocido en su territorio, desde que comenzó a trabajar en prensa su fama sobrepasó la provincia de Burgos. «Fue Fernando Trespasderne, fundador de la delegación de Briviesca, el que me ofreció trabajar para el periódico. Pasábamos muchas horas juntos y él me avisaba cuando teníamos que ir a algún pueblo», rememora.

A estas alturas confiesa que había días en los que no tenía tregua y conducía de aquí para allá, en busca de la noticia, para luego llevar las fotos en blanco y negro ya reveladas hasta la redacción de Burgos. «Un año conduje 65.000 kilómetros por trabajo. Eso sí, no existe nada que me haga más feliz que disparar una instantánea», apostilla con una sonrisa.